La armadura de Dios: El yelmo de la salvación y la espada del Espíritu

yelmoyespada_jma«Tomen, también, el yelmo de la salvación» (Ef. 6,17) Este versículo está tomado del pasaje de la Escritura conocido como «las armas de Dios» o «el combate espiritual», en el cual San Pablo nos enseña cómo hacernos fuertes en el Señor para poder resistir las acechanzas del Diablo, resistir en el día malo y mantenernos firmes como hijos de Dios que han sido redimidos por la sangre preciosa de nuestro Señor Jesucristo.

Dios es nuestra salvación. La certeza absoluta de que estamos «elegidos, según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre» (1P 1,2), es el yelmo que guarda nuestros pensamientos contra todo poder que nos engaña para que creamos lo que es falso. 

La salvación se vuelve nuestro yelmo cuando mantenemos a nuestros pensamientos en obediencia a Jesucristo y a sus enseñanzas, teniendo siempre en mente que todos nosotros, que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos enterrados con Él, por el bautismo, en la muerte y resucitados con Él a una vida nueva. Por medio de Él hemos muerto al pecado y resucitado para convertirnos en una nueva creación. La consciencia de nuestra nueva identidad en Cristo y de nuestra dignidad como hijos de Dios. Si sabemos quiénes somos en Jesucristo, en si creemos que hemos sido salvados por Él y si conducimos nuestras vidas confesando de las todas las maneras posibles con nuestras palabras, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras acciones que Jesucristo es nuestro Señor y Salvador, entonces no dejaremos que Satanás nos seduzca.

La fe en Jesucristo es nuestra salvación. Satanás está siempre intentando cegar nuestras mentes, pero según la Palabra de Dios, solo puede hacerlo con los no creyentes. No puede impedir que los que creen en Jesucristo vean brillar el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo (cf. 2 Co 4,3-4).

La fe en Jesucristo nos da la victoria sobre el enemigo. «Pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. Pues, ¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5,4-5) El arrepentimiento y la conversión son esenciales para dar testimonio de que Jesucristo es nuestro Señor. San Pablo explica de una manera muy clara cómo podemos dar testimonio de nuestro arrepentimiento y conversión a Jesucristo (Ef 4,25-32;5,1-2). Haciendo exactamente lo contrario a lo que el diablo espera que hagamos es cómo lo derrotamos. Si espera que nos enfademos, debemos perdonar; si hacemos algo mal -como robar o mentir- debemos hacer lo contrario: ser honrados y decir siempre la verdad; si nos hemos estado quejando demasiado o juzgando a otros, no debemos permitir que ninguna palabra negativa salga de nuestra boca de nuevo sino hacer un esfuerzo para decir solo palabras que edifiquen y den gracia a los que las escuchan; en vez de amargura e ira, debemos alabar al Señor y perdonarnos unos a otros y bendecirnos unos a otros.

De este modo estaremos luchando contra el mal, nos mantendremos firmes como hijos de Dios y afirmaremos fuerte y claro que Jesucristo, el yelmo de nuestra salvación, es nuestro Señor.

«Tomen la espada del Espíritu,que es la Palabra de Dios» (Ef 6,17) La espada del Espíritu, la Palabra de Dios, debe utilizarse como un arma poderosa contra Satanás y todos los poderes de la oscuridad. Dios es Su Palabra, y orar la Palabra de Dios es hablar de la salvación, la redención y el poder de Dios en nuestras vidas y en las situaciones por las que estamos orando. Cuando hablamos de la Palabra de Dios, estamos hablando de su verdad, de poder, ya que la presencia de la Palabra es presencia de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, que trae buenas nuevas a los afligidos, venda los corazones rotos, libera a los cautivos, consuela a los que lloran, derriba los baluartes, edifica, sana y busca salvar a los que están perdidos.

Por fe tomamos la espada del Espíritu para luchar contra los poderes de la oscuridad que están tratando de destruir nuestras familias, nuestro sistema de valores, nuestra salud, nuestras vidas. En momentos difíciles, podemos acudir a la Palabra, nuestra torre fuerte. «El nombre de Yahveh es torre fuerte, a ella corre el justo y no es alcanzado» (Pr 18, 10). Jesús es la Palabra y proclamar la Palabra es proclamar Su Señorío.

Cuando Jesús, la Palabra, es proclamado, la autoridad de su nombre, el nombre sobretodo nombre, es reafirmado y todos los seres en los cielos, en la tierra y en los abismos doblan las rodillas a su nombre. Cuando nos enfrentamos a las situaciones difíciles en nuestras vidas con la Palabra, la salvación de Jesucristo obrará y combatirá toda oscuridad y mal a nuestro alrededor. La oscuridad no puede soportar la luz. Jesús, la Palabra, es la luz verdadera.

Utilizando la Espada del Espíritu, la Palabra de Dios, nos hacemos «guerreros de la luz», luchando contra los poderes de La oscuridad y trayendo sanación y amor a nuestro mundo. Cuando proclamamos su Palabra sucederán signos y prodigios por medio del nombre de Jesús. Los principados y las potestades de la oscuridad saben que les queda poco tiempo y llenos de rabia quieren destruir a los hijos de Dios, pero nosotros podemos triunfar sobre el mal por la sangre del Cordero y por la Palabra de la que damos testimonio (ver Ap 12,11).

María Beatriz Spier
Boletín ICCRS
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