DIRECTRICES PARA LAS “ORACIONES DE SANACIÓN” – Por la Comisión Doctrinal de ICCRS – 2da Entrega

ciego_jmaEL CONTEXTO BÍBLICO Y TEOLÓGICO

Mientras que algunos de los desarrollos descritos en el capítulo anterior, son causa de una profunda preocupación, otros representan una razón para estar agradecidos por la misericordia de Dios derramada en nuevas formas, para responder a las necesidades de nuestros tiempos. De igual manera, estos desarrollos representan un reto para la Iglesia a fin que revalúe el papel de la curación en la economía de la salvación y a una renovada apropiación de los datos de la Escritura y de la Tradición. Para leer los signos de los tiempos a la luz del evangelio (Ver Gaudium et Spes, 1), es necesario un proceso sostenido de reflexión teológica sobre la sanación y su lugar en la vida cristiana.

1. El Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento, mientras el pueblo de Dios intenta resolver el problema del sufrimiento, el Señor revela gradualmente la relación fundamental que existe entre el pecado, la enfermedad y la redención. “La experiencia de Israel es donde la enfermedad está misteriosamente ligada al pecado y al mal” (Catecismo, 1502). Aunque contrario a las intenciones de Dios para la humanidad, el sufrimiento del cuerpo es uno de los males que afligen a los seres humanos como consecuencia del pecado. En particular, la enfermedad es prominente entre los castigos de Dios por la infidelidad de su pueblo a la Alianza.

Existe una dimensión corporativa tanto del pecado como de la retribución, dado que cada persona es parte del pueblo que se relaciona con Dios como socio de la Alianza. El Antiguo Testamento a veces también reconoce una relación entre la enfermedad y la culpa individual; en los Salmos, la súplica de curación del hombre enfermo está frecuentemente asociada con la confesión de pecados. Sin embargo, la figura del hombre justo que sufre, reflejada en los Salmos y en el libro de Job, muestra que no es legítimo asumir que todas las enfermedades son atribuidas a faltas personales.

En el Antiguo Testamento, la experiencia de la enfermedad se convierte en una ocasión para acudir a Dios con profunda confianza en su compasión y en su habilidad para curar (Sal 6; 38; 39; 41; 88; 102; Is 38:1-20). En verdad, algo esencial del carácter de Dios se revela en su misericordia hacia las personas que sufren, aún cuando se reconoce el sufrimiento como un castigo por los pecados. Aunque en el Antiguo Testamento son raras las curaciones individuales , los Salmos dan frecuentemente testimonio de las curaciones de Dios concedidas a aquellos que se claman a Él y confían con esperanza (Sal 6; 41; 107; ver Ex 15-26; Sir 38:9).

La curación de enfermedades y de condiciones enfermizas se encuentra entre las señales prominentes de los futuros tiempos mesiánicos anunciados por los profetas, donde la misma muerte será superada (Isaías 35: 5-6; 61:1-3; 65: 19-20). La posibilidad de un designio trascendente del sufrimiento aparece en la profecía de Isaías 53, donde ocurre la expiación a través del sufrimiento vicario de parte de un hombre inocente, representante del pueblo.

2. El Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento, la sanación aparece como una dimensión integral del ministerio público de Jesús, inseparablemente ligado a la proclamación del evangelio. Sin duda, los evangelios resumen la actividad de Jesús bajo el doble aspecto de enseñanzas y de sanación: “Y recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y proclamando la Buena Nueva del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4: 23 ver 9:35; Le 9: 11). Jesús se identificó a sí mismo como un médico (Mt 9:12) y su misión como la de quien salva/sana a los perdidos (Le 19:10; ver Jn 3:17; 12:47).  La primera predicación apostólica según los Hechos de los Apóstoles, enfatiza sus obras de curación: “Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10:38; ver Herí 2:22). De hecho, “ninguna imagen… está tan profundamente grabada en la Tradición cristiana de los primeros días, como la de Jesús, el gran médico que obró milagros”

Con frecuencia el Nuevo Testamento se refiere a curaciones, al igual que liberaciones de espíritus diabólicos y otras obras milagrosas, como “señales y prodigios”. Esta frase significa dos aspectos relacionados. Primero, las curaciones son “señales” porque son una revelación de Jesús en su identidad y en su misión mesiánica. Apuntan hacia su poder divino, su amor y compasión por el sufrimiento humano, y su victoria definitiva sobre cualquier tipo de mal. Ellas son testigos tangibles de la verdad de las nuevas noticias que Él proclama. De este modo, las curaciones son una manifestación visible del Reino (Lucas 7:20-23), que se han vuelto una realidad presente en Jesús, aunque todavía no esté completamente realizado. “En los milagros de curación efectuados por el Señor y por los Doce, Dios nos muestra su poder misericordioso sobre el mundo. Son esencialmente “señales” que apuntan hacia Dios mismo y sirven para que el hombre se mueva hacia Dios”.

Segundo, las curaciones son “prodigios” porque conllevan una respuesta de asombro, admiración, alabanza y gratitud . En los Evangelios está claro que las curaciones no son un fin en si mismas; de hecho, el relato de los diez leprosos sugiere que la curación sólo es completa cuando quien la recibe es llevado a una relación con Jesús en la que se le reconoce y venera como lo que es (Le 17:11-19; Me 10:52).

En algunos casos el mismo Jesús toma la iniciativa para curar, aunque más a menudo las curaciones se llevan a cabo como respuesta a una solicitud tanto de la persona enferma como por un amigo o un pariente. Algunas veces, la curación se realiza sólo por su palabra; en otras ocasiones él utiliza un gesto simbólico o medios terapéuticos reconocidos en su tiempo como la saliva y el barro . Invariablemente, el Señor trata con compasión a los enfermos y dolientes que acuden a él adondequiera que él va (Mt 14:14). Como lo mencionan la Instrucción para Oraciones de sanación, “El Señor recibe con agrado sus solicitudes y los Evangelios no contienen una indicación de reproche por estas plegarias” . Más bien, lo único que Jesús pide es fe como la disposición que hace posible la curación al establecer una relación de confianza con él (Mt 9:2; 28; Me 2:5; 9:23; Le 5:20; Jn 4:48). Y al contrario, la falta de fe inhibe el ejercicio de su poder de curación (Me 6:5-6).

La predilección de Jesús para curar en el día de Sabbath (sábado), como se refleja en los Evangelios, no fue por un deseo de provocar a las autoridades religiosas, sino para hacer notar la nueva creación por la que se le restituía a la humanidad la plenitud de vida que Dios quiso desde el principio. Él vio la enfermedad tanto como la consecuencia del pecado, como una señal del poder de Satanás sobre los seres humanos, de quien Él vino a liberarlos

Tome en cuenta que todas las curaciones iniciadas por el propio Jesús, fueron realizadas en el Sábado: el hombre con la manos paralizada (Mateo 12:9-13); la mujer lisiada (Lucas 13:10-17); el hombre con hidropesía (Lucas 14:14); el hombre cojo en Bethesda (Juan 5:1-9); y el hombre que nació ciego (9:1- 14). También aparece un exorcismo en Sábado: Marcos 1:21-26. 13(Mt 12:22; Le 13:16; Jn 5:14). Por esta razón, con frecuencia los Evangelios mencionan sus curaciones junto con la liberación de aquellos oprimidos por demonios, sin hacer siempre una clara distinción entre los dos.

Las obras de sanación y liberación del Señor, como señales anticipadas de su obra completa de salvación, tuvieron lugar con el costo de su propio sacrificio corporal. San Mateo, después de darse cuenta que “le llevaron a muchos que estaban poseídos por demonios; y les quitaba estos espíritus con una palabra y sanaba a todos aquellos que estuviesen enfermos”, liga explícitamente esta actividad mesiánica con el sufrimiento que llevaba el Siervo del Señor: “Esto fue para cumplir lo que fue dicho por el profeta Isaías, ‘Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades'” (Mt 8:16-17).

Al igual que los malestares físicos simbolizan las diferentes formas de enfermedades espirituales que afligen a la humanidad decadente, tales como la ceguera, sordera o parálisis espirituales, así la curación física es una señal externa de la restauración interior que ocurre a través del perdón de los pecados (Me 2:1-12; Jn 5:14). Sin embargo, la conexión entre la redención y la salud del cuerpo no es absoluta, al igual que entre el pecado y la enfermedad (ver Jn 9:3). La sanación total (salvación) de la persona integral humana, cuerpo y espíritu, se dará sólo hasta la resurrección del cuerpo en el último día (Rm 8:18-23; 2 Cor 4:16-18). Hasta entonces, en la vida de la Iglesia, el reino mantiene un aspecto de ocultamiento. De este modo, es un error asumir que la voluntad de Dios es curar toda enfermedad y dolencia en esta vida.

Jesús instruye a sus seguidores que no sólo curen a los enfermos sino que también los “visiten” (Mt 25:36). De hecho, existen algunos casos en el Nuevo Testamento donde la enfermedad permanece, cuando menos por un tiempo, a pesar de los dones de sanación de los apóstoles (Gal 4.13; Flp 2:26-27; 2 Tm 4:20).

Al comisionar a los apóstoles a que continúen su misión de salvación, Jesús reafirma la relación intrínseca entre la curación y la proclamación del evangelio. Le da a los doce “autoridad sobre espíritus inmundos, para sacarlos de las personas afectadas y para curar toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 10:1), y les encarga: “Proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10:7-8). Él repite este encargo cuando envía a los setenta y dos. “Cuando entréis a un pueblo y éste os reciba… curad a los enfermos que ahí se encuentren y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros'” (Le 10:8-9). Después de su resurrección, Jesús amplía la autoridad para curar, diciendo dentro de las señales que acompañarán a los creyentes: “Ellos pondrán sus manos sobre los enfermos y ellos sanarán” (Me 16:18). Como la Instrucción hace notar, el poder de curar “es dado dentro de un contexto misionero, no para su propia exaltación sino para confirmar su misión”.

Lucas registra el cumplimiento de las palabras de Jesús en las numerosas curaciones que obraron los apóstoles (Hch 2:43; 3:1-8; 5:12) y otros discípulos como Esteban (Hch 6:8) y Felipe (Hch 8:6-7). Es a través de estas obras milagrosas, por las que el mismo Dios ofrece el testimonio (Hb 2:3-4) que confirma el poder del mensaje hablado y convence a los que escuchan su verdad (Hch 4:29-30; 8:6; 14:3; Rm 15:18-19). También Pablo se refiere a tales obras milagrosas como a “las señales de un verdadero apóstol” (2 Cor 12:12). En algunas ocasiones los apóstoles son obligados a soportar penas para aclarar que es Jesús resucitado quien cura, no ellos, que son simplemente sus instrumentos (Hch 3:12; 14:8-18).

En la Primera Epístola a los Corintios, San Pablo nos da una breve mirada a la experiencia de curaciones milagrosas de los primeros tiempos de la Iglesia. Ahí se refiere a las oraciones para lograr curaciones como un don particular otorgado en gran medida por el Espíritu, a ciertos individuos (1 Cor 12:9,28,30). Esto, evidentemente, es un don para obtener curación para otros a través de las oraciones, quizá acompañado por un gesto simbólico . La Carta de San Santiago alude a una situación algo diferente, donde las plegarias por los enfermos son una acción sacramental llevada a cabo por los ancianos de la Iglesia; sin embargo, en el mismo contexto el autor hace notar la eficacia de las oraciones por los enfermos, por parte de cualquier cristiano: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en nombre del Señor; y la oración de fe curará/salvará (sózein) al enfermo, y lo levantará el Señor; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Por tanto, confesaos unos a otros los pecados y orad unos por otros para que seáis sanados/salvados (sózein)” (Sant 5:14-16). Como observa la Instrucción, “Los verbos ‘salvará’ y ‘levantará’ no sugieren una acción encaminada exclusiva o predominantemente a la curación física, pero de cierta manera la incluyen” . Estos textos en la Primera Epístola a los Corintios y en la Carta del Apóstol Santiago, dejan en claro el carácter esencialmente gratuito de la curación como algo que viene de la libre iniciativa de Dios, y el contexto eclesial de la curación como una manifestación de “el poder del Espíritu que, a través de la Iglesia, hace que el misterio de Cristo esté presente en los diferentes ministerios”.

Aunque dice mucho sobre curación, el Nuevo Testamento también desarrolla con gran profundidad la teología del sufrimiento cuyas raíces radican en el Antiguo Testamento. Basándose en las palabras del mismo Cristo (Le 14:27), las dificultades y aflicciones de todo tipo, ahora son vistas como de un inestimable valor en la participación del misterio pascual de Cristo (Flp 3:10; 1 P 4:13). Son, tanto medios de santificación personal que preparan al individuo para la gloria eterna (Rm 5:3; 2 Cor 4:17; 2 Tes 1:4-5), como una fuente misteriosa de gracias para otros (2 Cor 1:6; 4:10-12). Debido a este designio trascendente, incluso podemos regocijarnos en el sufrimiento: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1:24; ver 1 P 5:9). En estos contextos, los sufrimientos aludidos son generalmente aquellos que resultaron de labores apostólicas o persecuciones, pero la Iglesia siempre los ha considerado como una extensión legítima de las enfermedades y dolencias del cuerpo y de cualquier otro tipo de sufrimiento.

3. Una Teología de la Sanación

En su libro, Jesús de Nazaret, el Papa Benedicto XVI escribe: “El curar es una dimensión esencial de la misión apostólica y de la fe Cristiana en general”. Incluso se puede decir que la cristiandad es: “una religión terapéutica, una religión de sanación. Cuando se le entiende a un nivel suficientemente profundo, esto expresa el contenido completo de la redención” . La salvación en Cristo es en última instancia la curación de la herida más profunda de la humanidad: la herida de nuestros pecados y de nuestro alejamiento de Dios. Por el contrario, la plenitud del curar es el perdón de nuestros pecados y la restauración de la comunión con Dios. “Quien verdaderamente desee curar al hombre, deberá verlo en su concepto integral y debe saber que su última curación sólo puede ser el amor de Dios”

Con el poder del Espíritu Santo, el Señor resucitado continúa manteniendo presentes en la Iglesia las obras de curación y salvación que Él realizó durante su vida en la tierra. El Catecismo enseña que al igual que Jesús tocó y sanó al enfermo durante su ministerio en la tierra, así en los sacramentos Cristo continúa “tocándonos” para sanarnos” (1504). La Iglesia “cree en la presencia dadora de vida de Cristo, el doctor de almas y cuerpos. Esta presencia está particularmente activa a través de los sacramentos, y en una forma especial y completa, a través de la Eucaristía, el pan que proporciona vida eterna y que San Pablo sugiere está conectado con la salud del cuerpo” (1509). Es por esto que, como destacó el Obispo de Monléon, ” la Renovación Carismática Católica siempre busca deliberadamente orar por sanación dentro de un marco sacramental… Esta relación entre las oraciones de sanación y los sacramentos… se debe principalmente al instinto de fe, que entre los Católicos busca integrar los carismas con la vida sacramental católica en su conjunto, la que a su vez se descubre a través de la gracia de la efusión del Espíritu Santo”. Un encuentro con el poder sanador de Cristo en un contexto sacramental, que muchos han experimentado en la Renovación Carismática, puede contribuir a una renovación de la fe sacramental, una conciencia más profunda de que el Señor resucitado está presente y actúa personalmente en los sacramentos para comunicar su gracia que da vida.

La doctrina católica sobre la Palabra y los Sacramentos le da expresión teológica al testimonio bíblico sobre la proclamación del Reino y los signos visibles de su advenimiento. En la teología renovada del Catecismo de la Iglesia Católica, la proclamación de la Palabra siempre precede a la celebración de los sacramentos. Cada sacramento es un sacramento de fe cuyo significado se da en la Palabra de Dios. Así como es un requisito de los servicios litúrgicos que éstos se inicien con una liturgia de la Palabra, así también es esencial que cualquier ministerio público de sanación empiece con la proclamación de la Palabra y su exposición. Es a través de la Palabra que el verdadero sanador, Jesucristo, es anunciado y se proclama el significado de toda curación, como señal de una salvación plena.

Aun cuando el ministerio de sanación se haga fuera del contexto litúrgico, nuestro marco de referencia para entender la obra de curación del Señor es siempre sacramental. Esto quiere decir que todo nuestro ministerio tiene lugar en el tiempo de la Iglesia, cuando la obra de salvación de Cristo se hace presente mediante señales perceptibles a través del poder del Espíritu Santo, mientras nosotros esperamos todavía la plenitud de la salvación con la resurrección de nuestro cuerpo (Catecismo, 1076). La Iglesia misma es el gran sacramento (signo e instrumento) a través del cual el Espíritu Santo comunica la gracia sanadora de Cristo (Catecismo 1111). De esta manera la economía sacramental proporciona el contexto adecuado para entender todo ministerio de sanación.

Al igual que cada sacramento actualiza las obras de Jesús en el presente y así prepara para la plenitud futura del Reino, así también cada curación debe entenderse como un signo de la victoria de Jesús, realizada de una vez para siempre en su cruz y en su resurrección, que se hace presente aquí y ahora como una garantía de la curación completa y de la gloria eterna en el Reino venidero.

4. Retos Teológicos puestos por la Experiencia Católica del Ministerio de Sanación.

Dado que el ministerio de sanación en la Renovación Carismática Católica es un redescubrimiento de tesoros ancestrales que no tiene un paralelo preciso en la historia moderna de la Iglesia, éste ha levantado inevitablemente nuevas preguntas, tanto para aquellos que ejercen tal ministerio como para las autoridades encargadas de discernir y ordenar la vida de la Iglesia. En tal situación, no es razonable esperar un discernimiento rápido y soluciones inmediatas, relacionadas con todos los problemas y dificultades. Sin embargo, en esta situación los fieles católicos respetarán la autoridad de la Iglesia y tendrán un espíritu de obediencia para aceptar el juicio pastoral de los dirigentes de la Iglesia. Al mismo tiempo, podrán compartir sus preocupaciones y darán a conocer a la autoridad las dificultades prácticas a las que se enfrentan (ver El Código del Derecho Canónico, canon 212).

Esta sección indicará las principales áreas de teología y práctica, en las que la inesperada obra del Espíritu Santo para restaurar el ministerio de sanación dentro de la Iglesia cuestiona muchas de nuestras ideas y actitudes aceptadas.

El lugar del Sufrimiento

Un área obvia es el lugar del sufrimiento en la vida cristiana. La espiritualidad católica, ilustrada en la vida de tantos santos, siempre ha entendido que el seguir a Jesús involucra sufrimiento. Las palabras de Jesús: “El que no cargue su cruz y me siga, no es digno de mí”, ha marcado firmemente la conciencia cristiana. El Papa Juan Pablo II enfatizó cómo la pasión de Jesús santificó el sufrimiento humano e hizo posible un sufrimiento de redención en unión con el Señor (Salvifici Doloris, 19).

El corolario de esta espiritualidad del sufrimiento fue que todo cristiano debe aceptar en la fe todos los sufrimientos que surjan en la vida. Aunque los enfermos hayan buscado a menudo su curación en la oración, y particularmente en los santuarios de Santos y en otros lugares sagrados, el ministerio explícito de sanación no era una respuesta acostumbrada. La experiencia de la gracia sanadora de Dios en la Renovación Carismática, y la abundancia de la misericordia divina demostrada a través de esta gracia, origina importantes preguntas sobre cómo nosotros, siendo cristianos que creemos en la victoria de Jesús, respondemos a la enfermedad, a la adversidad y a todos los esquemas del Maligno. Es un reto dejarse purificar de actitudes pasivas ante el mal; así, cuando no ocurra la curación, la aceptación positiva del sufrimiento será una postura activa de fe y no una simple resignación pasiva. Contrariamente a la creencia popular de que el gozo y el sufrimiento son incompatibles, los que aceptan tal sufrimiento en la fe descubren que puede estar acompañado por un profundo gozo en el Espíritu.

La Actividad de Espíritus Malignos

La experiencia de los que participan de la Renovación Carismática Católica es que, un nuevo nivel de conciencia del Espíritu Santo a menudo está acompañado de una nueva conciencia de los espíritus malos. Aunque de ninguna manera éste sea un importante descubrimiento, dado que la Iglesia nunca ha dejado de percibir la obra de Satanás (por ejemplo, la plegaria de León XII a San Miguel), la experiencia de los católicos carismáticos es que a menudo sienten que la obra de Satanás no es tomada en serio por mucha gente en la Iglesia. Hay poca predicación sobre este tema y muy poca instrucción en la mayoría de los seminarios; muy pocas diócesis tienen un exorcista . Ante esta situación, muchos católicos en la renovación carismática carecen de bases sólidas y son más vulnerables a enseñanzas fundamentalistas que atribuyen la obra de Dios y la obra de Satanás a una negligencia de las causas creadas y naturales. ¿Cómo podrán los fíeles católicos ser más concientes de la realidad e influencia de espíritus malignos, sin que les causen miedo o les den una atención desproporcionada?

Discernimiento sobre los Carismas de Sanación

La experiencia de las oraciones y del ministerio de sanación en la Renovación Carismática Católica ha llamado la atención sobre la distinción entre los carismas específicos de sanación, otorgados a miembros particulares de la Iglesia para el bien de todos (1 Cor 12:7,9), y las oraciones de sanación en el poder del Espíritu, hechas por cualquier cristiano. Esta diferencia se menciona al final de la Primera epístola a los Corintios 12, donde la pregunta retórica de San Pablo: ¿Tienen todos carismas de sanación? (1 Cor 12:30) claramente indica que, mientras todos los cristianos pueden ser vehículos de curación, sólo a personas específicas se les ha dado el carisma de sanación. El Catecismo también observa que el Espíritu Santo otorga a algunas personas carismas especiales de sanación (1508).

En esta situación, es importante reconocer que todos los carismas requieren discernimiento dentro del Cuerpo de Cristo y esta es la responsabilidad particular de la autoridad jerárquica. Para los que han recibido claros carismas de sanación y los ejercen públicamente más allá de la parroquia o de su comunidad local, es apropiado que estos carismas sean discernidos por el Obispo Ordinario del lugar local. ” La práctica regular de oraciones de sanación en las parroquias locales y en los grupos de oración, serán discernidas naturalmente por sus líderes, los cuales están bajo la autoridad del Ordinario del lugar.

Para muchos Obispos, el discernir sobre los carismas de sanación es también algo nuevo, y aquí es donde se necesita el compartir experiencias y sabiduría a todos los niveles dentro de la Iglesia. ¿Podrán encontrarse caminos para que los ministerios de sanación en la Iglesia, den mayor cuenta de su actividad a las autoridades de la Iglesia, con reportes regulares de su ministerio y con la discusión de las situaciones que se presenten?

Sanación y Evangelización

Muchos estudios sobre las curaciones obradas por Jesús durante su ministerio, enfatizan la relación entre sus enseñanzas (la proclamación de la Buena Nueva) y sus “obras”, las curaciones y milagros que realizó. Como lo reconoce la Instrucción, estas curaciones “corroboraban el poder de la proclamación del Evangelio”. Es importante tener presente la observación hecha por el Padre (ahora Cardenal) Albert Vanhoye: “Las curaciones [de Jesús] fueron no sólo una manifestación de poder, sino también y sobre todo, una expresión de amorosa bondad y misericordiosa, y por esa razón tienen una mayor e íntima conexión con el Reino de Dios” .

Esta observación puede proporcionar un suplemento y corrección que son necesarios para un ejercicio mayor del “poder evangelizador”, esto es, la evangelización acompañada de demostraciones sobrenaturales del poder de Dios.

Esta comprensión del ministerio de Jesús origina cuestiones importantes para nuestra práctica católica de evangelización. Mientras que en años recientes ha habido un esfuerzo mundial para que la Iglesia le dé importancia a una “nueva evangelización”, atendiendo el llamado del Papa Juan Pablo II, sin embargo, poca atención relativamente se le ha dado al lugar del ministerio de sanación, en la proclamación del evangelio. Más aún, salvo algunas notables excepciones, el ministerio de sanación en la Renovación Carismática Católica parece haberse dirigido en su mayor parte a los miembros de la Iglesia, más que a los que se encuentran fuera de ella. El testimonio bíblico subraya la importancia de proclamar el Evangelio a los no creyentes con una fe en que la predicación de la Palabra vaya acompañada y confirmada con señales y prodigios (ver Marcos 16:20). ¿Cómo podremos restaurar una integración adecuada de la predicación y de la sanación en la evangelización católica?

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