El Ministerio de Liberación y la Autoliberación

liberacion_jmaEstá muy claro según la Biblia, que Satanás o el Diablo -palabras hebrea y griega para el Enemigo-, existe y aflige al hombre. Esta afirmación es la doctrina consecuente de la Iglesia Católica reflejada en su teología y en sus pronunciamientos oficiales. Incluso el Papa Pablo VI sintió la necesidad de recordar la doctrina de la Iglesia sobre esta materia, en la audiencia general del 15 de noviembre de 1972: “El mal no es ya solo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Quien rehúsa reconocer su existencia, se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica; como se sale también quien hace de ella un principio autónomo, algo que no tiene su origen, como toda criatura, en Dios; o quien la explica como una pseudo realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias”

Pero sobre todo, es un redescubrimiento de nuestro ministerio pastoral actual que nos ha demostrado que existen muchos problemas y males hoy que son resultado no sólo del propio pecado (la carne), o de las presiones y heridas causadas por el hombre pecador (el mundo), sino también del mal personificado preternatural y opresivo (el demonio), y que tales problemas y males no pueden tratarse adecuadamente sólo a través del arrepentimiento personal y la reconciliación interpersonal sino a través de lo que se llama “el acto de liberación” o rescate de esta fuerza o poder maligno espiritual (1Pe 5, 8-9).

El apóstol Pedro en su primera carta nos advierte de la influencia y vigilancia continua que el enemigo (el diablo), busca ejercer constantemente sobre el hombre. Y al mismo tiempo nos invita a resistirle firmes en la fe, fortalecidos con la gracia de Cristo para permanecer en su amor y confiados en el auxilio divino, nos mantendremos firmes y libres de toda asechanza maligna.

Esta realidad demoníaca es muy cierta, y aunque ignoremos su existencia no estamos exentos de vivir las consecuencias perversas propias del mal que hoy en día se experimenta con una intensidad muy considerable. Basta dar un paseo por el mundo que se nos ofrece hoy donde la sexualidad, el poder y el dinero, pasan a ser los dioses principales, por lo que es necesario estar atentos ante cualquier eventualidad que busca hundir al hombre a un estado donde se cierran las puertas a la gracia divina.

Cierto que nuestra condición humana es presa viva de la tentación y nos lleva en muchas ocasiones a caer en la principal fuente de destrucción: El Pecado. Pero como nos sugiere el Padre Gabriele Amorth, en su libro Habla un Exorcista: “Si nuestra debilidad nos lleva a veces a caer, debemos inmediatamente levantarnos ayudándonos de ese gran recurso que la misericordia divina nos ha concedido: el arrepentimiento y la confesión”. Estos medios son muy importantes pues en medio de cualquier necesidad de auto-liberación es perentorio tener la intención real de querer salir de la situación que nos afecta y el de reconciliarse sinceramente con Dios a través del sacramento de la confesión, no existe duda de que este es uno de los medios más eficaces de la liberación, así como lo es el participar del sacramento de la comunión en la Santa Misa siempre que se cumpla con las condiciones de la Iglesia.

En este campo, y en cualquier otro, no podemos dejar pasar por alto el poder inmenso que tiene La Oración.“estén despiertos y oren, para que no caigan en tentación ya que el espíritu es animoso pero la carne es débil” (Mc 14,38)nos dijo el Señor. Ese diálogo directo y personal que tenemos con Dios nos permite estar atentos y arraigados del poder de la misericordia del divino salvador unidos en un solo corazón, alejándonos de toda tentación y sellando nuestro ser de cualquier ventana que le dejemos abierta al mal, “sean sobrios, y estén vigilantes, porque su enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar” (1Pe 5,8). Sin embargo no tenemos por qué tener miedo, el mismo Jesús nos dió el poder de echar demonios: “en mi nombre echarán demonios” (Mc 16,17). Debemos tener muy presente que es Jesús quien libera y es hacia Él a quien deben ir dirigidas nuestras suplicas; por eso es importante que cuando elevemos nuestras oraciones confiemos en la promesa que Él nos dejó y así ningún mal prevalecerá en nosotros.

Es importante que pidamos discernimiento de espíritu, que no es más sino la gracia de diferenciar el bien del mal, para así en el nombre de Jesús Resucitado alejar todo el mal que nos afecta y nos asecha constantemente. Es el discernimiento el que nos permite ver el área o situación que nos afecta para así atacarla, desarraigarla y sellarla del maligno.

Así mismo el fruto de este discernimiento debe estar unido al deseo y esfuerzo de llevar una vida de gracia y conversión de corazón y real, creciendo en todo momento y afianzándonos en el amor que Cristo nos demostró y que aún hoy se ve reflejada en la misericordia que tiene a sus hijos.

Por supuesto todo esto debe apoyarse en el basamento fundamental de la fe, que debemos alimentar con el conocimiento de la Palabra de Dios. Es necesario realmente creer en el poder y la fuerza que Cristo nos dio, recordemos ese pasaje de la Sagrada Escritura cuando los Apóstoles no pudieron echar el demonio sordo y mudo del joven epiléptico, a lo que Jesús les respondió: ¡que generación tan incrédula! (Mc 9,19), así mismo sucedió con el padre del joven cuando le pide “si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos” Y Jesús le dijo: “¿por qué dices “si puedes”? Todo es posible para el que cree” (Mc 9,22-23). Así, para experimentar los frutos del arma (Carisma) de la liberación hemos de dar el paso en fe, de la misma manera que Cristo resistió el enemigo en el desierto, ahora nos encontramos en el desierto de la vida donde solo tenemos un arma poderosa que es el Santo Nombre de Jesús Resucitado. A través de su santo nombre nos llenamos de poder ante el enemigo, no en forma directa sino buscando refugio en la protección que Cristo nos da y de las promesas que nos ha hecho.

Poco se habla de la actuación especial de la Virgen María en las peticiones de liberación, y la fuerza que cobra el rezo del Santo Rosario diariamente, he aquí un arma eficiente para mantenernos en la gracia de Dios, no solo de manera personal sino en familia, pues como hemos escuchado mucho: “familia que reza unida permanece unida”. A Ella con su poder intercesor, podemos confiar nuestras vidas para que en su humildad interceda por nosotros y tomados de sus brazos entremos al Corazón su Hijo Jesús. El libro del Génesis nos habla de la autoridad que la mujer (la Virgen María, Madre de la Iglesia) tiene sobre el enemigo “Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza mientras tu herirás su talón” (Gen 3,15).

Son muchos los casos que hoy en día se observan de la influencia maligna en nuestros hermanos, ya sea por una herida del corazón, resentimientos, ataques de ira, maleficios, afección generacional, odio, falta de perdón, opresión tanto en la mente como en otras partes del cuerpo, obsesión, apego al dinero, suicidio, desesperación, desesperanza, etc. Todos estos signos visibles de la actuación directa del demonio, son los que debemos arrancar de nuestras vidas a través del poder infinito del Salvador, proclamando el poderoso nombre Jesús: “…por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que esta sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para la gloria de Dios Padre”(Fil 2,9-11).

No podemos cerrar este pequeño fragmento sin antes insistir en la importancia de la perseverancia en la oración, la participación en la vida sacramental, la lectura orante de la Palabra de Dios, el esfuerzo de llevar una vida de gracia conforme a la voluntad de Dios, el rezo del Santo Rosario, etc…, que nos permita llevar un camino lineal y firme hacía un verdadero Encuentro con Jesús.

Trino Moreno

Ministerio de Liberación
Grupo de Oración “El Jardín de María Auxiliadora”

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