Renovación y poder de las tiniebleas – Documento Recomendado

Espíritu Santo_jmaDOCUMENTOS DE MALINAS
 Cardenal L.J. Suenens

RENOVACIÓN Y PODER DE LAS TINIEBLAS

Tradujeron: Rodolfo Puigdollers Noblom e Ignacio Puigdollers Llorens sobre el original francés Renouveau et Puissences des Ténébres.

CONTENIDO
Prefacio. Cardenal Joseph Ratzinger
Presentación

PRIMERA PARTE: IGLESIA Y «PODER DE LAS TINIEBLAS»
I. El demonio ¿mito o realidad?
II. La Iglesia, eco e intérprete de la Palabra de Dios
III. La Iglesia y la vida sacramental “liberadora”
IV. La Iglesia ante “el misterio de la iniquidad”
V. La Iglesia ante el pecado

SEGUNDA PARTE: RENOVACIÓN CARISMÁTICA Y «PODER DE LAS TINIEBLAS»
VI. La renovación carismática como “experiencia del E.S.”
VII. La renovación y el sentido reavivado del Mal

PREFACIO
VIII. La renovación y demonología subyacente
IX. Práctica de la “liberación” de demonios
X. La renovación y la expulsión de demonios: observaciones teológicas
XI. La renovación y la expulsión de demonios: observaciones psicológicas

TERCERA PARTE: LA RENOVACIÓN EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA
XII. Las armonizaciones necesarias
XIII. Perspectivas finales

Conclusión
Índice general

PREFACIO

Aunque el período postconciliar parece que responde poco a la esperanza del Papa Juan XXIII que deseaba «un Nuevo Pentecostés», sin embargo su oración no ha quedado sin continuación.

En el corazón de un mundo impregnado de un escepticismo racionalista, ha brotado una nueva experiencia del Espíritu Santo. Esta experiencia ha tomado, desde entonces, la amplitud de un movimiento de renovación a escala mundial.

Lo que el Nuevo Testamento dice con respecto a los carismas que aparecieron como signos visibles de la venida del Espíritu no es ya solamente historia antigua, sino que se hace plena actualidad. Pero allí donde el Espíritu de Dios se hace más cercano, se ve también aparecer, por contraste, una conciencia más aguda con respecto a lo que se le opone. Chesterton lo señalaba ya en una frase conocida: «Un santo es uno que sabe que es pecador».

Mientras una teología racionalista y reduccionista lleva al demonio y al mundo de los malos espíritus a no ser más que una etiqueta que recubre todo lo que amenaza al hombre en su subjetividad, se ve surgir, en el contexto de la Renovación, una nueva toma de conciencia concreta del Poder del Mal y de sus engaños que amenazan al hombre.

Esta toma de conciencia ha suscitado una «oración de liberación del demonio» que se ha desarrollado hasta el punto de parecer un rito de exorcismo y convertirse hoy en parte integrante de la vida de ciertos grupos carismáticos.

Salta a los ojos que esta práctica se presta a peligros considerables, pero que no se la aparta con una ironía fácil, en detrimento de los «carismáticos», ni por una crítica superficial de tipo más o menos racionalista.

Sólo un verdadero código de circulación, elaborado desde dentro y enraizado en el espacio mismo de los dones del Espíritu puede responder a las necesidades de discernimiento en la materia. Y entre estos dones, está el don de sabiduría y de equilibrio, inspirado él mismo por el Espíritu y que responde a la invitación de San Pablo: «No apaguéis el Espíritu…, examinadlo todo, conservad lo que es bueno» (1 Ts 5, 20).

El cardenal Suenens, en el libro que presentamos, ha asumido la labor -y se lo agradecemos- de obrar este discernimiento de espíritus y de indicar una conducta inspirada por el Espíritu. Este trabajo es igualmente importante para los movimientos de Renovación como para la Iglesia entera.

Pone en primer lugar la pregunta base, decisiva para la evolución fructuosa de la Renovación: ¿Cuál es la relación entre la experiencia personal y la fe común de la Iglesia? Los dos factores son importantes: una fe dogmática sin experiencia personal queda vacía, una simple experiencia sin lazos con la fe de la Iglesia queda ciega.

El aislamiento de la experiencia constituye una grave amenaza para el verdadero cristianismo, y esto aun fuera de los movimientos de Renovación. Aun cuando este aislamiento tenga un punto de partida «pneumático», es un tributo pagado al empirismo que domina nuestro tiempo.

Tal aislamiento de la experiencia está estrechamente ligado al fundamentalismo que separa la Biblia del conjunto de la historia de salvación y que la reduce a una experiencia del yo sin mediación alguna; lo que no responde ni a la realidad histórica, ni a la amplitud del misterio de Dios. Aquí también, la verdadera respuesta se encuentra en la comprensión de la Biblia en unión con toda la Iglesia, y no simplemente en una lectura historizante aislada.

Lo que muestra, una vez más, que carisma e institución se implican y que no es el «nosotros» del grupo lo que cuenta, sino el gran «nosotros» de la Iglesia de todos los tiempos. Sólo él puede dar el cuadro adecuado, necesario para «conservar» lo que es «bueno», como «discernir los espíritus».

Es partiendo de estas categorías básicas de la vida espiritual que el cardenal Suenens lleva a su verdadera dimensión el problema de los demonios y sitúa la oración de liberación.

El misterio de iniquidad se inserta así en la perspectiva cristiana fundamental, es decir, en la perspectiva de la Resurrección de Jesucristo y de su victoria sobre el Poder del Mal. En esta óptica, la libertad del cristiano y su tranquila confianza «que rechaza el miedo» (1 Jn 4, 18) toma toda su dimensión: la verdad excluye el miedo y así permite reconocer el poder del Maligno.

La ambigüedad es lo propio del fenómeno demoníaco: por consiguiente el centro del combate del cristiano contra el demonio será vivir día tras día a la luz de la fe.

No podemos sino recomendar de una forma insistente la lectura y el estudio atento de este libro para deducir, a partir de las perspectivas fundamentales abiertas, las directrices prácticas que se siguen para el uso de los grupos de Renovación y en particular para la práctica de la oración de liberación.

Se prestará atención también a la doble llamada del cardenal que merece la mayor consideración: por una parte, la llamada que dirige a los responsables del ministerio eclesial -desde los sacerdotes de parroquia hasta los obispos- para que no pasen de largo ante la Renovación, sino que la acojan plenamente; por otra parte, la llamada a los miembros de la Renovación para que busquen y conserven la unión con la Iglesia entera y con los carismas de los pastores.

Como Prefecto de la Congregación para la Doctrina y la Fe, no puedo sino saludar cordialmente la obra del cardenal Suenens: es una importante contribución al verdadero desarrollo de la vida espiritual en la Iglesia de hoy.
Espero que el libro será tomado en consideración, tanto dentro como fuera de la Renovación, y que será aceptado como hilo conductor en los problemas que ha tratado en estas páginas.

Roma, fiesta de Santiago 1982
Cardenal Joseph Ratzinger

PRESENTACIÓN

Este «Documento de Malinas – 4» trata de un tema especialmente delicado. Querría dar respuesta a esta pregunta: ¿cuál debe ser, teórica y prácticamente, la actitud cristiana frente a la realidad y a las influencias del Espíritu del Mal en el mundo? Problema difícil, por cuanto se trata, por definición, de un terreno tenebroso al que debemos acercarnos exentos de cualquier simplismo, ya sea de tipo fundamentalista o racionalista.

No es mi intención explorarlo en todas direcciones, sino limitarme a exponer cuál es, sobre este particular, el pensamiento y la práctica pastoral de la Iglesia y confrontarlos con determinados comportamientos en materia de liberación y de exorcismos, que podemos observar en grupos o comunidades de la Renovación carismática.

Pablo VI invitó muy explícitamente a estudiar de nuevo lo que hace referencia a la acción del Maligno, tan ajeno a nuestra mentalidad contemporánea. Nuestro trabajo se inscribe en esta perspectiva.

En lógica rigurosa hubiera sido preciso estudiar ante todo el «carisma de curación» -reactualizado por y en la Renovación-, con el que guarda alguna relación la práctica de la liberación y del exorcismo, sin identificarse no obstante con Él. Pero el tema hubiera resultado demasiado extenso y la urgencia de las necesarias clarificaciones ha impuesto la elección y la prioridad.

Querríamos ayudar a trazar un camino seguro entre este doble peligro:

– subestimar la presencia del Espíritu del Mal en el mundo; y

– combatirlo sin el discernimiento y las garantías eclesiales indispensables.

Quiérase o no, la Iglesia se halla enfrentada con un problema pastoral grave que afecta a la misma entraña de su misión en el mundo. No puede dejarlo de lado, a pesar de la complejidad y de la delicadeza del tema: se trata de su fidelidad al Evangelio y de su deber de hacer frente a la influencia del Mal en el mundo contemporáneo.

Ya de entrada, al escribir la palabra «Mal» con mayúscula, me encuentro obligado a hacer una opción. ¿Debo escribir la palabra con minúscula y designar con ella, globalmente, las influencias nocivas y destructoras que hoy día se ciernen sobre el hombre y la sociedad? ¿O se trata, además, de reconocer, por encima de estas fuerzas malignas y obscuras intrahumanas, un Poder del Mal, dotado de inteligencia y de voluntad, actuando en el mundo?

No podemos eludir la pregunta ni el dilema: o afirmamos la existencia del Demonio, con riesgo de parecer estar en desacuerdo con la mentalidad crítica moderna, o bien la rechazamos, con riesgo entonces de encontrarnos en desacuerdo con el Evangelio y la Tradición de la Iglesia.

En las páginas que siguen, querría ayudar a abrir un camino entre Escila y Caribdis, sin escamotear los datos del problema. No puedo menos de afirmar sin reservas la existencia del Espíritu del Mal, pero al mismo tiempo debo prevenir contra la tentación de aventurarse temerariamente por un camino poblado de asechanzas.

La seguridad en las carreteras se consigue mediante el empleo de señales verdes y rojas, alternando con otras intermitentes de color naranja. En el caso que nos ocupa, sería nuestra intención ofrecer un servicio similar.

Este «Documento de Malinas – 4» trata de un problema que nos preocupa a todos, por encima de las fronteras de la Renovación carismática y pretende dejar bien establecido el pensamiento auténtico del magisterio, a la vez que señalar algunas desviaciones. Con el fin de facilitar el estudio de estas páginas, se ha dividido el texto en números, para su discusión y análisis en grupos, en el transcurso de sesiones o de seminarios.

Cada capítulo termina con una oración, tomada de la liturgia de la Iglesia. Se trata de una invitación a leer estas páginas y también a rezarlas, en profunda comunión con la fe de la Iglesia que da a nuestra propia fe su plena dimensión, su fuerza y su seguridad. La Iglesia orante es ya por sí misma Iglesia docente.

Estas páginas se han escrito en la oración y en el sufrimiento, sabiendo que, de una parte, parecerán anticuadas a los que consideran al Demonio como un mito, y, de otra parte, poco o nada apoyadas en la experiencia pastoral a ojos de los que practican en gran escala la liberación, y que, por añadidura, temen que las llamadas de alerta podrían desacreditar a la Renovación. Por mi parte creo, por el contrario, que poner las cosas en su lugar sólo puede contribuir a asegurar mejor la credibilidad de la Renovación y sus inmensas virtualidades espirituales.

Por lo que se refiere a la experiencia, diré sencillamente que no puedo dudar de la influencia diabólica en acción en algunos casos concretos, y que he sido testigo o instrumento de exorcismos liberadores. Doy las gracias, por otra parte, a los dirigentes de la Renovación -sacerdotes y laicos- que me han permitido hacerme cargo sobre el terreno, en diversos países del mundo, de la manera como se practicaba la «liberación».

Querría que este trabajo pudiera ayudar a despejar obstáculos y a allanar los caminos del Señor. Más que nunca, el Espíritu Santo nos debe iluminar a todos: únicamente él nos puede introducir en la comprensión del misterio de la Redención y en la plenitud de la Verdad. Y ésta última es ya, por sí misma, liberación, según las palabras del Señor: «La verdad os hará libres» (Jn 8, 32).

¡Que María nos obtenga del Señor la gracia de penetrar, con humildad y disponibilidad, en el discernimiento y en la sabiduría maternal de la Iglesia!
Que ella nos ayude a cada uno de nosotros a abrirnos plenamente al Espíritu Santo y a enfrentarnos, con valor y discernimiento, a todo lo que entorpece y se opone al reino de Dios en este mundo que es el nuestro y que, según la expresión de Pablo VI, es a la vez «magnífico y dolorosamente trágico».

† Cardenal L. J. Suenens

PRIMERA PARTE

Iglesia y “poder de las tinieblas”

CAPÍTULO I.

EL DEMONIO, ¿MITO O REALIDAD?

1. LA FE DE LA IGLESIA

1 Es forzoso reconocer que entre los cristianos existe hoy día una cierta desazón a propósito de la existencia del o de demonios. ¿Mito o realidad? ¿Satanás debe ser relegado al reino de los fantasmas? ¿Se trata simplemente de la personificación simbólica del Mal, de un mal recuerdo de una época precientífica ya superada?

Un gran número de cristianos se deciden por el mito; los que aceptan la realidad se sienten cohibidos e incómodos para hablar del Demonio, por temor a parecer que se solidarizan con las representaciones de que le ha hecho objeto la fantasía popular, y que desconocen los progresos de la ciencia.

La catequesis, la predicación, la enseñanza teológica en las universidades y en los seminarios evitan generalmente el tema. E incluso en los lugares donde se discute la existencia del Demonio, apenas es objeto de examen su acción y su influencia en el mundo. El Demonio ha conseguido hacerse pasar por un anacronismo: es el colmo del éxito solapado.

En estas condiciones, hace falta valor al cristiano de hoy para desafiar la ironía fácil y la sonrisa conmiserativa de sus contemporáneos.

Y ello tanto más cuanto que reconocer la existencia del Demonio no se aviene demasiado con lo que Leo Moulin llama «el optimismo pelagiano de nuestra época».

Más que nunca el cristiano está invitado a tener confianza en la Iglesia, a dejarse conducir por ella, a hacer suya una vez más la humilde oración que ella pone en nuestros labios en el transcurso de cada Eucaristía:

«Señor, no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia».

Nuestra fe personal, pobre y vacilante, se fortifica y se alimenta de la fe eclesial que la conduce, la sostiene, y le da empuje y seguridad. Ello es especialmente verdadero en este terreno.

2 Con este espíritu filial debemos oír la voz del Papa Pablo VI, que nos invita a dominar la desazón, a romper el silencio y a reconocer que todavía hoy la presencia del Maligno no es, ¡por desgracia! , un anacronismo. He aquí el pasaje clave de su declaración:

Un ser vivo, espiritual, pervertido

«…El mal no es solamente una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o bien la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias…

…Es el homicida desde el principio… y padre de toda mentira como lo define Cristo (cf. Jn 8, 44-45); es el insidiador sofístico del equilibrio moral del hombre…

…No se ha dicho que todo pecado se deba directamente a la acción diabólica; pero es, sin embargo, cierto que quien no vigila con cierto rigor moral sobre sí mismo (cf. Mt 12, 45; Ef 6, 11) se expone a la influencia del ‘mysterium iniquitatis’, a que se refiere San Pablo (2 Ts 2, 3-12), y hace problemática la alternativa de su salvación» .(1)

3 Sobre el mismo tema, veamos a continuación las conclusiones de un autorizado estudio publicado por L’Osservatore Romano bajo el título «Fe cristiana y demonología», y recomendado por la Congregación para la Doctrina de la Fe como base segura para reafirmar la doctrina del Magisterio sobre esta materia. El autor empieza diciendo por qué la existencia de Satanás y de los demonios no ha sido nunca objeto de una declaración dogmática.

Fe constante y vivida

«En lo que concierne a la demonología, la posición de la Iglesia es clara y firme. Es cierto que en el transcurso de los siglos, la existencia de Satanás y de los demonios no ha sido nunca objeto de una afirmación explícita de su magisterio. La causa de ello es que la cuestión nunca se planteó en estos términos: tanto los herejes como los fieles, igualmente apoyados en la Escritura, estaban de acuerdo en reconocer su existencia y sus principales fechorías. Por este motivo, cuando hoy se pone en duda su realidad, debemos recurrir, como antes hemos recordado, a la fe constante y universal de la Iglesia, así como a su principal fuente, que es la enseñanza de Cristo. Y, efectivamente, en la enseñanza evangélica y en el corazón de la fe viva es donde se revela como un dato dogmático la existencia del mundo demoníaco» .(2)

A continuación nos muestra el autor -con una cita de Pablo VI en su apoyo- que no se trata de una afirmación secundaria de la que se puede fácilmente prescindir, como si no tuviese relación con lo que está en juego en el misterio de la redención.

«La desazón contemporánea que hemos denunciado al principio no pone, por tanto, en duda un elemento secundario del pensamiento cristiano: se trata de una fe constante de la Iglesia, de su concepción de la Redención y, en su punto de partida, de la conciencia misma de Jesús. Por este motivo, hablando recientemente de esta ‘realidad terrible, misteriosa y temible’ del Mal, el Papa Pablo VI podía afirmar con autoridad: “Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o bien quien hace de ella un principio que existe por sí y que no tiene como cualquier otra criatura, su origen en Dios”. Ni los exégetas ni los teólogos deberían dejar de tener en cuenta esta advertencia» .(3)

Afirmar la existencia del demonio no es caer en el maniqueísmo, ni disminuir por eso la responsabilidad y la libertad humana.

Responsabilidad y libertad del hombre

4 «Al subrayar actualmente la existencia demonológica, la Iglesia no se propone ni hacernos volver a las especulaciones dualistas y maniqueas de otros tiempos, ni presentarnos un sucedáneo racionalmente aceptable. Ella solamente quiere permanecer fiel al Evangelio y a sus exigencias. Es indudable que ella jamás ha permitido al hombre eludir su responsabilidad, mediante atribuir sus faltas a los demonios. Ante tal escapatoria, si llegaba el caso, la Iglesia no vacilaba en pronunciarse diciendo con San Juan Crisóstomo: “No es el diablo, sino la incuria propia de los hombres la causante de todas sus caídas y de todas las desgracias de que se lamentan”.

En este sentido, la enseñanza cristiana, por su vigor en asegurar la libertad y la grandeza del hombre, en poner a plena luz el poder y la bondad del Creador, no muestra la menor debilidad. Ha denunciado en el pasado y condenará siempre el recurso demasiado fácil a dar como pretexto una tentación demoníaca. Ha proscrito la superstición igual que la magia. Ha rechazado cualquier capitulación doctrinal ante el fatalismo, toda renuncia de la libertad ante el esfuerzo» (4)

El espíritu crítico y la prudencia son necesarios más que en otros puntos en un terreno en que el discernimiento es difícil y requiere él mismo garantías.

Exigencia crítica

«Además, desde el momento en que se habla de una intervención diabólica posible, la Iglesia deja siempre lugar, como por el milagro, a la exigencia crítica. Se requiere efectivamente reserva y prudencia. Es fácil engañarse con la imaginación, dejarse confundir con relatos inexactos, torpemente transmitidos o abusivamente interpretados. Aquí, como en otros campos, se debe utilizar el discernimiento. Hay que dejar campo abierto a la investigación y a sus resultados» .(5)

2. EL DEMONIO, ¿ANTAGONISTA DE DIOS?

5 La alusión, en la cita, a las especulaciones dualistas y maniqueas, es una puesta en guardia contra cualquier teoría que hiciera del Demonio una especie de Contra-Poder, de Antagonista directamente opuesto a Dios, en suma, como dos rivales en una misma línea de combate.

Se debe evitar, en efecto, imaginar a Satanás como una especie de anti-Dios, como si se tratara de dos absolutos enfrentados, como el Principio del Bien frente al Principio del Mal. Dios es el único Absoluto trascendente y soberano: el Demonio, criatura de Dios, originariamente buena en su realidad ontológica, desempeña en la creación un papel de parásito destructor, negativo y subalterno. Es el Padre de la mentira, de la perversión. Es una fuerza consciente que conoce, quiere, persigue un designio destructor y se coloca y obra así en el anti-reino, es decir, en la oposición al Reino mesiánico.

No debemos tener a Satanás como al Adversario que planta cara a Dios, le provoca y le mantiene en jaque.

Desde que Satanás, principio del mal, aparece en la Biblia bajo la figura de la «serpiente», se hace hincapié en que se trata de una criatura de Dios (Gn 3, 1). Pero ante todo es el enemigo del hombre (Sb 2, 24), el enemigo del designio de Dios sobre el hombre. En los Ejercicios Espirituales, San Ignacio le llama «el enemigo de la natura humana».

Justamente así es cómo le muestran los primeros capítulos del libro de Job. Satanás para llevar a cabo su malvado designio contra el hombre se adelanta entre «los Hijos de Dios que venían a presentarse ante el Señor» (Jn 1, 6; 2, 1).

El Antiguo Testamento se muestra prudente sobre el papel de Satanás, tal vez para evitar que Israel haga de él un segundo Dios. Más importancia cobrará en el judaísmo contemporáneo de Cristo, cuando para el judaísmo ya no existía el peligro, a causa de estar plenamente establecida la absoluta trascendencia de Dios.

Bajo el nombre de Satanás (el Adversario), o de Diablo (el Calumniador), la Biblia lo presenta como un ser personal, invisible por sí mismo, incorporal, dotado de conocimiento y de libertad.

En cuanto a los demonios, en el mundo pagano griego se los identifica con los espíritus de los muertos o con divinidades paganas. En la Biblia, por el contrario, designan diversos «espíritus del mal» que el Nuevo Testamento denomina «espíritus impuros».

3. JESÚS Y EL DEMONIO

6 No podemos leer el Evangelio sin sentirnos sorprendidos por la presencia del Maligno en su oposición a Jesús. El enfrentamiento es constante aunque no aparezca siempre en primer plano. Se le percibe claramente en el umbral de la vida pública del Salvador. El relato de la tentación de Jesús en el desierto es como el prefacio de la misión que el Salvador se disponía a cumplir y como la clave del drama que iba a desarrollarse en el Calvario.

Esta confrontación inevitable no es un simple episodio entre otros, sino una anticipación del drama final, como si se corriera el velo entreabriéndonos ya el misterio del Viernes Santo. Por su parte, San Lucas termina el relato de la tentación en el desierto con estas palabras: «Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno» (Lc 4, 13). Con ello se alude indudablemente a la confrontación final, que terminará en la hora de la pasión.

La referencia a «las tinieblas» se repite en el Evangelio como para hacernos palpar -entre líneas la hostilidad solapada del Enemigo.

Cuando Judas sale del Cenáculo, después que «entró en él Satanás» (Jn 13, 27), San Juan hace constar que «era de noche» (Jn 13, 30). El detalle no se consigna por puro prurito de precisión histórica.

La presencia hostil del Enemigo se adivina en filigrana, a cada paso, y cuando Jesús expira en la Cruz, el escritor inspirado hace constar, no por prurito de detalle sino a causa de su densidad teológica, que las tinieblas cubrían el cielo de Jerusalén.

Por lo demás, la lucha de Cristo contra el Tentador la encontramos varias veces a lo largo de su existencia. Jesús luchará contra aquellos de los que se vale el Demonio como instrumentos para hacerle desviar del camino del Padre: los judíos de su tiempo, y en algunas ocasiones, los mismos apóstoles, Pedro (Mt 16, 23), Santiago y Juan (Lc 9, 54-55).

Se trata de una constante en su vida: no tenemos el derecho de ponerla entre paréntesis y de pasarla en silencio.

PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO

1. Reconocer la existencia del mal (con minúscula) es una cosa; reconocer la existencia del Mal (con mayúscula) es otra. Analizar a este respecto las palabras del Papa Pablo VI (n. 2).

2. Sacar los puntos esenciales del Documento publicado por L’Osservatore Romano: ¿Por qué la existencia de Satanás no ha sido nunca objeto de una afirmación explícita del Magisterio? (n. 3).

3. ¿Cuáles son las exageraciones que hay que evitar sobre la naturaleza y la función del Demonio? (nn. 4 y S).

4. Señalar en el Evangelio la presencia del Maligno en su oposición a Jesús (n. 6).

Pidamos con la fe de la Iglesia entrar en toda la dimensión del misterio de la Redención:

“Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección”.

Oración del Miércoles de la Semana Santa

CAPÍTULO II
LA IGLESIA, ECO E INTERPRETE DE LA PALABRA DE DIOS

1. LA IGLESIA EN REFERENCIA VITAL A LA PALABRA

7 El Vaticano II, en la Constitución sobre la Revelación, ha marcado esta referencia vital en términos de rara densidad.

«El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca la que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer» (DV, n. 10).

La Palabra de Dios llega a nosotros de una forma única a través de la Escritura inspirada, pero nos llega también, a otro nivel, a través de la enseñanza auténtica del magisterio vivo que bebe constantemente de la Palabra como de una fuente perenne.

Y esta enseñanza misma se encarna y se expresa en imágenes en el mensaje de vida que los santos nos ofrecen y que son como un catecismo ilustrado, como una vidriera de catedral en la que nuestros antepasados leían la Biblia.

San Juan nos dice de Jesús que «su vida era luz» (Jn 1, 4). Debemos captar las irradiaciones de su Faz en el rostro de quienes llevan fielmente el reflejo. Nos hablan a través de sus escritos y de su vida, palabras de vida fragmentarias, sin duda, pero ecos de la Palabra única que hemos de captar en las diferentes longitudes de onda en que se dirige a nosotros.

2. LEER LA BIBLIA EN IGLESIA

8 En el terreno de la «liberación», del que estamos hablando, más que en otros terrenos, se nota la necesidad del Magisterio vivo de la Iglesia para guiar a los fieles en la lectura e interpretación de la Palabra de Dios, y prevenir interpretaciones arbitrarias y desviaciones. No es fácil distinguir en la Escritura los elementos simplemente culturales e históricos del Mensaje de Dios a la humanidad. ¿Cómo leer la Palabra de Dios en las múltiples palabras de los escritores bíblicos? El problema es complejo.

Uno no puede apoyarse en los textos bíblicos sin un examen serio del género literario propio de los pasajes citados. Como lo decía ya la encíclica Divino afflante Spiritu de Pío XII:

«El exégeta debe esforzarse, con el máximo cuidado, sin olvidar nada de las luces aportadas por las investigaciones recientes, en discernir cuál fue el carácter particular del escritor sagrado y sus condiciones de vida, la época en que vivió, las fuentes escritas u orales que empleó, en una palabra, su forma de escribir. Así podrá conocer bien quién ha sido el hagiógrafo y lo que ha querido expresar al escribir…

Pues en las parábolas y escritos de los autores antiguos orientales, muy a menudo el sentido literal no aparece con tanta evidencia como en los escritores de nuestro tiempo; y lo que han querido significar con sus palabras no puede determinarse por las solas leyes de la gramática o de la filología, ni por el solo contexto».

Nunca se insistirá suficientemente sobre la necesidad de una lectura «eclesial» de la Biblia, leída a la luz de la interpretación del Magisterio vivo de la Iglesia.

No conozco mejor exposición sobre este tema que el libro del Padre Georges H. Tavard, especialista en ecumenismo y, por lo tanto, muy sensible en este punto.

«La Escritura, escribe muy acertadamente, no puede ser Palabra de Dios si se la separa y se la aísla de la Iglesia, que es la esposa y el cuerpo de Cristo.

Y la Iglesia no podría ser la esposa del Señor si no hubiera recibido como don la inteligencia de la Palabra. Estas dos fases de la visita de Dios entre los hombres, son dos aspectos de un mismo misterio.

En último análisis, son uno en la dualidad. La Iglesia implica la Escritura, como la Escritura implica la Iglesia» .(6)

3. LAS EXPRESIONES DE LA FE ECLESIAL

9 La Iglesia, intérprete de la Palabra de Dios, expresa su fe de diversas formas.

Por su vida litúrgica y sacramental, que implica una inteligencia de la Palabra de Dios. Es conocido el dicho: Lex orandi, lex credendi, la fe de la Iglesia se revela en la oración de la Iglesia.

Por su Magisterio vivo ordinario, es decir, por la enseñanza común de la colegialidad de los obispos en unión con el Papa.

Por alguna declaración de su Magisterio extraordinario, por ejemplo, en Concilio, con motivo de una precisión motivada por algún peligro de herejía o de desviación.

Por una declaración «ex cathedra» del Papa, que expresa entonces y autentifica la fe de la Iglesia.

La Palabra inspirada llega a nosotros, sostenida y llevada por la Tradición viva de los doctores y de los santos, iluminada y autentificada por el Magisterio. Este es el contexto vital en el que está inmersa para nosotros la vida cristiana y la fe plena.

4. LA COMPLEMENTARIEDAD DE TEXTOS EN LA BIBLIA

10 Hay que acordarse de ella especialmente cuando uno lee cierta literatura que acumula los textos de la Escritura en función de las opciones del autor, sin citar jamás otros textos que equilibran la visión de conjunto. Jesús promete a los suyos una paz indecible y al mismo tiempo declara que no ha venido a traer la paz sino la espada. Recuerda el deber de honrar al padre y en otro lugar declara que hay que odiar al padre para seguirle a él y dejar a los muertos enterrar a los muertos. Estas son las paradojas, los contrastes, las complementariedades del Evangelio. Un diamante tiene múltiples caras que el sol ilumina una tras otra. «Me gustan, dice un personaje de Claudel, las cosas que existen juntas». Todo unilateralismo es peligroso.

5. ANTIGUO Y NUEVO TESTAMENTO

11 Hay que recordar que la Escritura misma se lee bajo luces diferentes. El Antiguo Testamento, aun siendo preparación y profecía del Nuevo Testamento, debe leerse a la luz de éste; el Evangelio mismo, desde el principio, se ha de leer a la luz de Pascua que pasa en filigrana a través de todas las páginas.

Estas claves de lectura han de ser particularmente respetadas en el terreno tenebroso que nos concierne so pena de olvidar que el Evangelio es Buena Nueva.

Es, pues, a través de múltiples vías convergentes que hemos de preguntarnos aquí sobre el pensamiento auténtico de la Iglesia con respecto a la presencia del Mal Espíritu y del Poder de las tinieblas en el mundo.

Como hilo conductor en la lectura de los textos, me parece útil también llamar la atención sobre la diferencia de épocas en que se sitúa un texto de la Escritura.

Lo hemos dicho ya, la óptica del judaísmo antiguo no es la óptica del judaísmo contemporáneo de Cristo: hay que acordarse de ello en la interpretación de los textos. Igualmente, y a fortiori, la economía de la redención no es la misma después de la Victoria pascual del Señor. Por su muerte y su Resurrección hemos sido introducidos en un mundo nuevo, hechos participantes del Poder del Espíritu que actúa en nosotros por la gracia bautismal. Y sólo el Espíritu puede penetrar en nosotros con profundidad, para cristianizarnos y permitirnos decir con San Pablo: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). El mismo San Pablo se reconocerá pecador y dirá que la causa es «el pecado que habita en mí» (Rm 7, 17), pero nunca dirá que el diablo habita en él. Para San Pablo, el pecado es esencialmente el rechazo del hombre a dejar actuar en él al Espíritu de Dios. La fórmula es muy clara en 1 Ts 4, 8: «Así, pues, el que esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os hace don de su Espíritu Santo».

Lo que ocupa el primer lugar para la Iglesia es la liberación del pecado, más que del diablo. Esto es lo que la Iglesia ha tenido siempre cuidado en afirmar.

6. LA IGLESIA, INTÉRPRETE DEL TEXTO DE SAN MARCOS: «EXPULSARÁN DEMONIOS».

12 Es la Iglesia también quien debe guiar en la lectura de los textos precisos y específicos, relativos a la promesa de Jesús a sus futuros discípulos con respecto al poder del Mal. Detengámonos en el final de San Marcos que, por ser un añadido al texto primitivo, no por ello es menos reconocido por la Iglesia como canónico e inspirado, y que representa un testimonio apostólico. ¿Cómo leer y entender estas palabras del Maestro que se encuentran de forma semejante en otros lugares:

«Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc 16, 17-18).

¿Quién dirá, en último análisis, sino el magisterio vivo de la Iglesia, lo que hay que tomar literalmente de estas palabras y lo que es una hipérbole e imagen que invita a la confianza en el Señor?

Sin hacer aquí la exégesis de este texto, indiquemos, a título de ejemplo, algunas consideraciones que se nos ocurren.

«Expulsaréis demonios», ha prometido Nuestro Señor a sus futuros discípulos. Sí, sin duda, pero hay muchas formas de triunfar del Maligno.

– Jesús no adoptó él mismo una forma estereotipada, uniforme. No dijo que hay que interpelar a los demonios, como lo hizo él mismo a veces -no siempre-, ni pedirles sus nombres, ni intentar determinar su «especialidad», y menos aún, confeccionar el inventario.

– Durante su ministerio público, reaccionó de múltiples formas cuando se encontró frente al Espíritu del Mal. Manifestó una libertad soberana al escoger los medios: a veces le vuelve la espalda y se dirige al enfermo; a veces le confunde, denuncia la impostura u ordena la liberación,

Jesús no dijo que este combate debía ser un duelo singular. No dio a sus discípulos la fórmula infalible para el discernimiento de espíritus, ni el método a seguir. Sino que suscitó el ministerio apostólico para guiarlos en el camino, esperando su vuelta gloriosa.

– Jesús no dijo que el afrontar directamente al demonio -el ataque directo por orden expresa o por adjuración- formaba parte integrante de nuestra vida cristiana y que convenía por lo tanto enseñar a todos «la liberación» concebida así. O hacer de ella un ejercicio de piedad de uso cotidiano. De igual modo que no ha recomendado animar a los cristianos a tomar «serpientes en sus manos», ni a beber «algún veneno mortal».

Se puede también resaltar útilmente que ningún demonio de lujuria fue expulsado de la mujer adúltera (Jn 8) o de la pecadora de que habla San Lucas (cap. 7), o de los incestuosos de Corinto (1 Co 5). Ningún demonio de avaricia fue expulsado de Zaqueo, ningún demonio de incredulidad fue expulsado de Pedro después de su triple negación. Ningún demonio de rivalidad fue expulsado de los corintios que Pablo tuvo que llamar al orden.

El Señor no dijo que el Demonio esté al origen de todo pecado de los hombres y que todas las faltas sean cometidas por instigación suya. Explicó una parábola que no va de ningún modo en este sentido. La parábola del sembrador, aparte del caso en que la simiente es arrebatada por el diablo, menciona otros en que la simiente muere porque ha caído en tierra sin profundidad -símbolo de la ligereza y de la inconstancia de los hombres; o también porque las espinas -figura de las preocupaciones que apartan de Dios- la ahogan (Mt 13, 19 ss.; Mc 4, 15; Lc 8,12 ss.).

Se combate al Demonio preventiva y positivamente con todo lo que alimenta y fortifica la vida cristiana y, por lo tanto, en primer lugar, con el recurso a los Sacramentos.

Y entre éstos, la Eucaristía que es su centro de convergencia, es para nosotros, por excelencia, fuente de curación y de liberación.

De igual modo que el sol, por medio de su ser de fuego y de luz, disipa y expulsa la noche, Cristo Jesús despliega en el misterio eucarístico -si sabemos (n. 12). acogerlo- todo su poder de vida y de victoria sobre el Mal.

En una palabra, para comprender un texto, hay que ponerlo en su contexto pleno y vital; y es al Magisterio vivo de la Iglesia que corresponde el discernimiento final, la interpretación fiel en su Espíritu y en su letra.

PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO

1. Muchas veces se oye decir: “Sí a Jesús, no a la Iglesia”. ¿Por qué la unión “Jesús-Iglesia” es indisoluble? (n. 7).

2. ¿Por qué y cómo leer la Escritura “en Iglesia” y no según su interpretación privada y olvidando la complementariedad de los textos? (nn. 8, 10 y 11).

3. ¿Dónde se encuentran las diversas expresiones de la fe de la Iglesia? (n. 9).

4. Analizar el comentario hecho de la palabra de Jesús “expulsarán demonios”. ¿Qué significa combatir al Demonio preventiva y positivamente? (n.12).

Pidamos por la oración de la Iglesia la gracia de no perdernos en solitario, en la interpretación de la Palabra de Dios:

“Señor, vela con amor continuo sobre tu Iglesia; y pues sin tu ayuda no puede sostenerse lo que se cimienta en la debilidad humana, proteje a tu Iglesia en el peligro y mantenla en el camino de la salvación”.

Oración del Martes de la 2.’ Semana de Cuaresma.

CAPÍTULO III
LA IGLESIA Y LA VIDA SACRAMENTAL «LIBERADORA»

A. EN GENERAL

1. PRESENCIA CONTINUADA DE JESUCRISTO

13 Si Cristo continúa actuando de una forma misteriosa por virtud de su Palabra siempre viva y actual, viene a nosotros también y actúa con poder por vía de los sacramentos.

Cada sacramento es una Palabra de Cristo, llevada a su grado supremo de eficacia en un gesto de la Iglesia. Esta presencia de Jesucristo es el corazón mismo del «misterio de la Iglesia». Es en este punto preciso de nuestra fe que los caminos se bifurcan: o se mira a la Iglesia con los ojos del sociólogo o del historiador, y se la coloca entre «las instituciones» de tipo puramente humano, o se la mira con los ojos de la fe, más allá de sus aspectos humanos, siempre deficientes, para ver en ella a Cristo obrando a través del ministerio de los hombres.

El Vaticano II ha consagrado el primer capítulo fundamental de la «Lumen Gentium», la constitución sobre la Iglesia, a destacar «la Iglesia como misterio de Dios». Este capítulo inicial que lo condiciona todo ha quedado casi desconocido a los cristianos, faltos de enseñanza por nuestra parte. Si se quiere «cristianizar» a los cristianos, hay que hacerles descubrir la presencia operante de Jesús en la Iglesia y la «virtud» sacramental que brota de él.

Como Jesús es el Sacramento del Padre -el que nos hace penetrar en su intimidad y le revela-, la Iglesia, a su nivel y de una manera análoga, ha podido ser llamada por el Concilio Vaticano II, «sacramento universal de salvación» (LG n. 48, 2) o también «en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG n. 1).

Ésta es la verdad primera de su ser, su identidad que condiciona su actuar. La Iglesia ha sido querida por Jesucristo para continuar, no ya su presencia histórica, sino su presencia espiritual de Señor resucitado. No ha llenado sólo de su presencia los treinta y tres años de su vida terrestre: su acción trasciende los siglos y permanecerá hasta el final de los tiempos. Es a través de y en la Palabra y los sacramentos que Jesús actúa actualmente entre nosotros.

Los Padres de la Iglesia lo han repetido sin cesar: no es el sacerdote quien bautiza, consagra, absuelve, cura, sino Cristo en y a través del ministerio sacerdotal.

Bajo la acción sacramental se esconde el actuar de Cristo, obrando por su Espíritu. Olvidar o minimizar nuestro contacto con el ministerio sacramental de la Iglesia, es privarnos de nuestras fuentes primeras y normales de vida.

2. PRESENCIA LIBERADORA

14 Quien dice fuente de vida, dice correlativamente, fuente de curación de todo lo que compromete la vida divina en nosotros, fuente de liberación de los ataques del pecado y del mal, fuente prioritaria de liberación del Maligno.

Por su actuar sacramental, la Iglesia es fundamentalmente misterio de salvación. Cada sacramento se nos da para que Jesús pueda acabar su obra en nosotros, aplicar los frutos de su pasión redentora, crear esta humanidad nueva que quiere ofrecer a su Padre y que se ha adquirido ya al precio de su sangre.

Se debería analizar, uno a uno, cada sacramento de la Iglesia para sacar el poder de vida que contiene, así como la gracia inmanente de inmunización y de curación contra la obra del Maligno.

Estamos aquí en el corazón de la Iglesia, sacramento de salvación y de liberación. Es aquí que encontraremos la gracia salvadora, si no exclusivamente, al menos en primer lugar y con la mayor profundidad de acción y de irradiación. No se insistirá nunca suficientemente sobre el sentido de los sacramentos como apertura y acogida de la acción vivificante y purificante de Dios.

3. NADA DE AUTOMATISMO

15 Pero si los sacramentos obran por su virtud intrínseca -ex opere operato-, esto no implica ningún automatismo y se puede pecar por sacramentalismo exagerado, es decir, olvidando o minimizando las condiciones de preparación y de acogida, como también las exigencias de vida que de ellos derivan.

Nos habituamos demasiado fácilmente a los instrumentos de gracias que están a nuestro alcance: la tentación de la facilidad y del formalismo nos acecha: hemos de revisar perpetuamente las condiciones en las que la vida sacramental se vive a nivel cotidiano. Hemos de rehacer periódicamente nuestro examen de conciencia a este respecto. A la pregunta ¿por qué los jóvenes se apartan tan frecuentemente de la Iglesia?, se puede contestar alegando una serie de causas extrínsecas a nosotros, debidas a la decadencia moral y a la descristianización del mundo que nos rodea. Estas causas son reales. Pero hay también causas intrínsecas que nacen de nosotros mismos, de modo particular de la forma cómo vivimos nuestras eucaristías y nuestros sacramentos. La rutina reina aún en ellas muy a menudo; demasiada rama muerta impide el florecimiento de los árboles.

La renovación litúrgica está aún inacabada: va mucho más allá de la adopción de la lengua viva o de algunas innovaciones de detalle. Hay que restaurar aún en profundidad el sentido de la adoración, de la acción de gracias, de la oración de perdón, de la comunión fraterna.

¿Por qué muchos de estos jóvenes buscan un alimento espiritual en otros lugares, en sectas o en el esoterismo? ¿No es una llamada velada a que la vida sacramental y la vida sin más se reencuentren?

La Renovación Carismática me parece, a este nivel también, una gracia de revitalización que no hay que dejar pasar.

En cuestión de liberación, que es lo que ahora nos ocupa, se tendría que separar y hacer resaltar la gracia liberadora ofrecida en lo más profundo de cada sacramento y mostrar cómo la lucha contra el Mal y su influencia forma parte integrante de la vida de la Iglesia sacramental.

Entre los sacramentos, limitémonos a analizar brevemente a este respecto la función del Bautismo, de la Eucaristía, de la Penitencia.

B. EN PARTICULAR

1. EL BAUTISMO

16 El Bautismo nos asocia radicalmente a la muerte y a la Resurrección del Salvador: es, por excelencia, sacramento de liberación. Comporta muy explícitamente la renuncia a Satanás y a sus obras, lo que, entre paréntesis, no significa que se presuponga una posesión diabólica, sino que implica que el cristiano que nace, va a hacer suya ya la victoria de Cristo sobre el Mal.

La Iglesia se expresa en el ritual del Bautismo de niños de la siguiente forma:
«Dios todopoderoso, tú has enviado al mundo a tu Hijo único para liberar al hombre, esclavo del pecado y devolverle la libertad propia de tus hijos; tú sabes que estos niños serán tentados por las mentiras de este mundo y deberán tener la fuerza de resistir a Satanás. Te suplicamos humildemente por ellos: por la Pasión y la Resurrección de tu Hijo, arráncalos del poder de las tinieblas; dales la fuerza de Cristo y guárdalos a lo largo de toda su vida».

En el ritual del Bautismo de adultos, por etapas, la fórmula de oración propuesta para el exorcismo del segundo escrutinio, se expresa así:

«Libra por el Espíritu de la verdad a todos los tiranizados bajo el yugo del padre de la mentira». Examinemos un instante, de paso, la liturgia del Sábado Santo, en el momento en que se realiza la renovación de las promesas del Bautismo.

El celebrante dirige a la asamblea una pregunta que invita a un compromiso. «¿Renunciáis a Satanás, al pecado, a todo lo que conduce al pecado?». La respuesta a semejante interpelación tiene sus consecuencias. Pero no tiene su sentido pleno, a no ser que Satanás sea percibido como una realidad, y la vida cristiana como un combate espiritual contra las fuerzas del Mal.

El pueblo fiel responderá «sí», pero ¿está suficientemente instruido por medio de la enseñanza ordinaria de todo lo que esto implica? ¿Le hemos dicho en nuestra predicación que el misterio pascual mismo es victoria sobre Satanás, sobre el pecado y sobre la muerte? Temo que no, y me acuso el primero. Nuestra catequesis ordinaria no prepara apenas al pueblo cristiano a captar la seriedad de este diálogo y sus implicaciones.

El próximo sínodo en Roma, consagrado a la Reconciliación y a la Penitencia, podría también, me parece, estudiar con gran utilidad cómo este diálogo del Sábado Santo podría ser preparado mejor, comprendido mejor, vivido mejor. La liturgia sale beneficiada cuando se hace concreta y realista.

2. LA EUCARISTÍA

17 La Eucaristía, «cumbre de la vida cristiana» (Vaticano II), fuente de donde todo brota y hacia la que todos los sacramentos convergen, es también, eminentemente, participación al misterio pascual de muerte y de resurrección, inmersión en el sacrificio redentor y por eso mismo fuente de nueva vida, de curación del alma y del cuerpo, sacramento de liberación.

Antes de comulgar, el sacerdote dirige al Señor esta oración: «Que tu Cuerpo y tu Sangre me liberen de mis pecados y de todo mal». Y este mal engloba todas las fuerzas vivas del Mal. La Eucaristía es el antídoto contra ellas: es «remedio de inmortalidad», prenda de nuestra resurrección futura, comunión por excelencia con nuestro Libertador.

En la Eucaristía, celebramos el poder de Jesús vencedor de todas las fuerzas del mal. En él se ha cumplido ya nuestra Pascua, nuestro paso de la muerte a la vida.

La Eucaristía es una celebración pascual en la que el acento recae en la victoria adquirida por la muerte del Salvador, en que se adora «por él, con él y en él» al Padre, en la alegría de saberse rescatados y liberados, aun si no se ha alcanzado todavía la etapa final. La conciencia viva del misterio eucarístico es incompatible con una visión pesimista de la creación y del mundo, como también con la afirmación de la perversión intrínseca del hombre, tan fuertemente señalada, como se sabe, en la tradición nacida de la reforma protestante. Volveremos en la tercera parte a la Eucaristía como victoria sobre el Poder del Mal.

3. LA PENITENCIA

18 El Sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación no es solamente el sacramento del perdón; no borra sólo el pecado, sino que es también gracia y poder de resistencia para la lucha futura. Nos aparta del pecado que da a las fuerzas del Mal su poder sobre nosotros.

El Sacramento de la Penitencia, que el Señor ha confiado a sus apóstoles, es un sacramento de curación, querido por el Señor para hacernos experimentar su misericordia y su amor; es un instrumento privilegiado para vencer el pecado y sus esclavitudes. Recibido en las disposiciones requeridas, realiza la conversión del pecador y su liberación interior. Es eminentemente ministerio de liberación.

Todo esto es doctrina básica para el fiel de la Iglesia. Por nuestra parte debemos valorizar todas las virtualidades de este sacramento y la experiencia de los cristianos podría ayudar grandemente a darle más realismo y una mayor repercusión vital. Un diálogo entre Iglesia docente e Iglesia discente sobre este punto sería sin duda enriquecedor y benéfico. Porque hemos de procurar constantemente integrar los sacramentos en la vida, y no marginarlos. Se comprende que las Iglesias, como las Free Churches (Iglesias libres), que no conocen los medios sacramentales de la liberación, hayan dado a la práctica de ésta, una autonomía y una extensión que exige sus reservas. Pero, por nuestra parte, debemos enriquecer y vivificar nuestra práctica pastoral sacramental, en particular lo que se refiere al Sacramento de la Reconciliación. Aquí de nuevo el próximo Sínodo podría ser instrumento de gracia.

4. LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Se debería hablar aquí también del Sacramento de la Unción de los enfermos, sacramento de curación, si no física, al menos espiritual. Y en cuanto tal, tiene sus virtualidades propias en lo que se refiere a nuestro tema. Esperamos volver a él un día en un próximo Documento de Malinas, que estará, si Dios lo quiere, dedicado al carisma y al ministerio de la curación.

C. LOS SACRAMENTALES

19 En la prolongación de los sacramentos, la Iglesia reconoce el empleo de los sacramentales, a condición de que se abstenga de todo uso y de toda interpretación abusiva.

El Vaticano II, en su Constitución litúrgica ha recordado la legitimidad del uso de los sacramentales, al mismo tiempo que invitaba a las adaptaciones requeridas por nuestro tiempo.

He aquí el texto que se refiere a ello:

«La santa Madre Iglesia instituyó, además, los sacramentales. Estos son signos sagrados creados según el modelo de los sacramentos, por medio de los cuales se expresan efectos, sobre todo, de carácter espiritual obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida» (SC n. 60).

El Concilio continúa señalando a este respecto el valor pastoral de la liturgia y su relación con el misterio pascual:

«Por tanto, la liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales reciben su poder, y hace también que el uso honesto de las cosas materiales pueda ordenarse a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios» (SC n. 61).

La Iglesia reconoce, pues, un lugar legítimo a los sacramentales, lugar subordinado sin duda y relativo, pero real.

En la lógica de la Encarnación del Hijo de Dios asumiendo nuestra naturaleza humana, es normal que su acción santificadora y liberadora se prolongue, no sólo a través del sacramento, sino también a través de los humildes símbolos humanos, santificados por la oración impetratoria de la Iglesia.

El uso de la señal de la Cruz, del agua bendita, del aceite bendito, de las palmas benditas, etc., no es un rito mágico. Servirse de ellos con espíritu de fe, como oración simbólica de liberación, forma parte del patrimonio espiritual que la Iglesia reconoce.

De modo particular, la señal de la Cruz es al mismo tiempo, expresión de nuestra fe trinitaria, y arma contra el Poder del Mal, en la línea de las recomendaciones de San Pablo:

«Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las asechanzas del Diablo… Embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno» (Ef 6, 11. 16).

PARA REFLEXIÓN E INTERCAMBIO

1. La presencia histórica de Jesús se continúa en su presencia sacramental hoy. Mostrar a Cristo obrando en lo más profundo de los sacramentos (n. 13).

2. ¿Cómo evitar que se haga de los sacramentos un uso automático, sin la preparación necesaria? (n. 15).

3. ¿Cómo puede contribuir la Renovación a la valorización de la vida sacramental? (nn. 16-19).

4. ¿Cómo resaltar la función y el lugar de la Eucaristía en su aspecto de liberación del Mal? (ver al mismo tiempo el n. 17 y los nn. 66-67).

En una oración de la Iglesia, pedimos al Señor que nos conduzca a la fuente de toda liberación:

“La comunión en tus sacramentos nos salve, Señor, y nos afiance en la luz de tu verdad”.

Postcomunión del 19.° Domingo del Tiempo Ordinario.

NOTAS:

(1) Cf. PABLO VI, Audiencia general del miércoles 15 de noviembre, en O. R., 1G-XI-1972; trad. en Ecclesia (1972) 1605-1606.
(2) Cf. Actes du Saint-Siége, Foi chretienne et démono¬logie, en Documentation catholique (1975) 700-749.
(3) Ib.
(4) Ib.
(5) Ib.
(6) 1. C. H. TAVARD, Holy Spirit or Holy Church, London, Burns and Oates, 1959, p, 246,
Esta entrada fue publicada en General. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s