«La oración de intercesión es la más alta forma de solidaridad»

papa-francisco_JMA02/11/2013

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy quisiera hablar de una realidad muy bella de nuestra fe, es decir de la “comunión de los santos”. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que con esta expresión se entienden dos realidades: la comunión en las cosas santas y la comunión entre las personas santas (n.948). Me detengo en el segundo significado: se trata de una verdad de las más consoladoras de nuestra fe, ya que nos recuerda que no estamos solos sino que existe una comunión de vida entre todos los que pertenecen a Cristo. Una comunión que nace de la fe; de hecho, el término “santos” se refiere a los que creen en el Señor Jesús y se han incorporado a Él en la Iglesia mediante el Bautismo. Por Hcht 9,13.32.41; Rm 8,27; 1 Cor 6,1).

1. El Evangelio de Juan testifica que, antes de su Pasión, Jesús rezó al Padre por la comunión entre los discípulos, con estas palabras: “Para que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, estén también ellos en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (17,21). La Iglesia, en su verdad más profunda, está en comunión con Dios, comunión de amor con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo, que se prolonga en una comunión fraterna. Esta relación entre Jesús y el Padre es la “matriz” del vínculo entre nosotros los cristianos: si estamos íntimamente insertos en esta matriz, en este horno de amor ardiente que es la Trinidad, entonces podemos convertirnos verdaderamente en un solo corazón y una sola alma entre nosotros, porque el amor de Dios destruye nuestros egoísmos, nuestros prejuicios, nuestras divisiones internas y externas.

2. Si existe este enraizarnos en la fuente del Amor, que es Dios, entonces se verifica también el movimiento recíproco: de los hermanos a Dios; la experiencia de la comunión fraterna me conduce a la comunión con Dios. Este es el segundo aspecto de la comunión de los santos que quisiera destacar: nuestra fe necesita del apoyo de los demás, especialmente en los momentos difíciles. ¡Qué bello es sostenernos los unos a los otros en la aventura maravillosa de la fe! Digo esto, porque la tendencia de encerrarnos en lo privado ha influido también el ámbito religioso, así que muchas veces nos cuesta pedir ayuda espiritual de los que comparten con nosotros la experiencia cristiana. ¿Quién de nosotros no ha experimentado inseguridades, se ha perdido o ha tenido dudas en el camino de la fe? Todo esto no debe sorprendernos, porque somos seres humanos, marcados por la fragilidad y los límites. Sin embargo, en estos momentos difíciles es necesario confiar en la ayuda de Dios, mediante la oración filial y, al mismo tiempo, es importante encontrar el coraje y la humildad de abrirse a los demás. En la comunión de los santos somos una gran familia donde todos los componentes se ayudan y se apoyan entre ellos. Preguntémonos: ¿sabemos compartir con los demás, especialmente con los que forman parte de nuestra parroquia, asociación, movimiento o grupos, las experiencias de nuestro itinerario de fe, buscando la ayuda fraterna de la oración y del consuelo espiritual? Y por otro lado ¿estamos disponibles para escuchar y ayudar a los que se dirigen a nosotros?

3. Y vamos con otro aspecto: la comunión de los santos va más allá de la vida terrena, va más allá de la muerte y dura para siempre. La comunión espiritual que nace del Bautismo no se destruye con la muerte, sino que, gracias a la Resurrección de Cristo, está destinada a encontrar la plenitud en la vida eterna. Hay un vínculo profundo e indisoluble entre los que todavía son peregrinos en este mundo y los que han cruzado el umbral de la muerte para entrar en la eternidad. Todos los bautizados aquí en la tierra, las almas que son purificadas en el Purgatorio y los beatos que ya están en el Paraíso forman una única gran familia. Esta comunión entre la tierra y el cielo se da especialmente en la oración de intercesión que es la más alta forma de solidaridad y que es la base de la celebración litúrgica de Todos los Santos y de la Conmemoración de los fieles difuntos que viviremos en los próximos días. La memoria de los difuntos es muy sentida, pero deberíamos preguntarnos: ¿la vivimos de forma cristiana o pagana? ¿Se basa sobre la fe en un Cristo muerto y resucitado? ¿O en una mezcla de creencia y de miedo que poco tiene que ver con el Evangelio? ¿Confiamos a nuestros familiares, amigos y conocidos difuntos en la oración? ¿Los sentimos cercanos en la gran compañía espiritual de la Iglesia especialmente mediante la Eucaristía?

Queridos amigos, ¡redescubramos la belleza de la fe en la comunión de los santos! Una realidad que nos afecta mientras somos peregrinos en el tiempo, en la cual, con la gracia de Dios, viviremos para siempre.

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