La Armadura de Dios: La Fuente de la Fuerza

Vestíos de toda armadura de DiosNosotros, los miembros de la Iglesia militante aquí en la tierra, estamos implicados en un combate continuo. Estamos comprometidos en una batalla contra Satanás de quien Jesús dijo: “Desde el comienzo él fue homicida”, “y padre de la mentira” (Juan 8,44).

El Papa Juan Pablo II, durante su visita al Santuario de San Miguel Arcángel en mayo de 1987, declaró: “La batalla contra el diablo sigue hoy porque el diablo sigue estando activo en el mundo.” El Catecismo de la iglesia Católica, N° 409 afirma, “A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor”.

El Papa Benedicto XVI observa: “Digan lo que digan los teólogos, el diablo, en lo que respecta a la creencia cristiana, es una persona desconcertantes pero real y no meramente una presencia simbólica”.

Satanás y sus demonios desencadenan su ataque en el pueblo de Dios de diversas maneras. Su meta es infligir la muerte eterna en el alma humana, Jesús dice en Juan 10,10: Satanás “no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.” El maligno ataca la mente de la persona, porque sabe que asi controla a esa persona. La mente es un campo de batalla donde se libra el combate espiritual. También ataca el corazón y conciencia, que son campos de batalla para el combate espiritual. El enemigo apunta también a la voluntad porque sabe que una vez que, es fácil para él separar a esa persona de Dios. Ataca el cuerpo de una persona ya que está hecho a imagen y semejanza de Dios. Él es el autor del sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

Durante una velada de sanación que tuve el privilegio de dirigir recientemente, oré por una mujer joven que estaba atormentada por espíritus malignos con miedo y una depresión crónica, y tendencias suicidas. La mujer cayó hacia atrás en el suelo mientras oraba por ella. Pocos minutos después, su cuerpo comenzó a moverse alejándose de los pies del altar, como si fuera arrastrado por fuerzas invisibles, hacia la entrada de la iglesia. Ordené a esas fuerzas en el Nombre y por la Sangre de Jesús, que dejaran de arrastrar su cuerpo por el pasillo. Su cuerpo se detuvo a mitad de camino entre el altar y la entrada de la iglesia. Después de recitar oraciones de sanación y liberación sobre ella, se sintió mucho mejor y en paz. Jesús dice: “Os he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañaros” (Lc 10, 19). San Pablo, habiendo utilizado y experimentado este poder del Señor, escribe: “Porque aunque vivimos en la carne, las armas de nuestro combate no son carnales, y, por la fuerza de Dios, son suficientemente poderosas para derribar fortalezas” (2 Corl O, 3-4). En su deseo de impartir sobre los Efesios los modos de defenderse contra los ataques del enemigo, escribió sus instrucciones en Ef 6,11-17, “Revestíos con la armadura de Dios, para que podáis resistir las insidias del demonio. Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio. Por lo tanto, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y manteneos firmes después de haber superado todos los obstáculos. Permaneced de pie, ceñido con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza. Calzad en vuestros píes con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz. Tened siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podréis apagar todas las flechas encendidas del Maligno. Tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.”

Esta descripción de la armadura de Dios está basada en el libro de Isaías 59,17: “Él se puso la justicia por coraza y sobre su cabeza, el casco de la salvación; se vistió con la ropa de la venganza y se envolvió con el manto del celo.” La armadura de Dios es de suma importancia, porque, según San Pedro: “vuestro enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar”. (1 Pe 5, 8-9).

La armadura es un arma muy poderosa contra los enemigos de nuestra alma si la utilizamos bajo la dirección y poder del Espíritu Santo. “Ceñidos con el cinturón de la verdad” significa que nuestra lucha debe estar anclada en la verdad que es Jesucristo; “los zapatos de paz”, es la victoria de Cristo que nos da pasos seguros y firmes mientras combatimos al diablo; “el escudo de la fe”, significa nuestra fe en Jesucristo y en su sacrificio expiatorio en la Cruz, en el Calvario, “el yelmo de la salvación”, se refiere a la completa liberación, en Jesucristo, de todos los aspectos oscuros en nuestra vida, “la espada del Espíritu” representa la Palabra de Dios, según San Pablo. Cuando fue tentado por Satanás en el desierto, Jesús utilizó la Palabra de Dios para repudiarle. Por fe, tenemos que llevar la armadura completa de Dios todos los días, porque es la fuente de nuestra fuerza y protección: pero debemos recordar que Satanás ya ha sido derrotado. Jesús ya ha ganado la batalla por nosotros. Él dice: “Al vencedor lo haré sentar conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.” (Ap3, 21).

Bob Cantón
Boletín ICCRS
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