Experimentar el amor de Dios, que sana el alma y nos lleva a la salvación

enfermo_jma“Señor mío Jesucristo, pastor bueno, que te sirves de las penas y aflicciones corporales para comunicar tu misericordia a nosotros pecadores, concédeme a mí, tu ovejita, gracia y fortaleza para que ninguna enfermedad, ni aflicción, ni dolor me aparte de ti. Hecha esta oración, oyó una voz del cielo que le decía: Francisco, respóndeme: si toda la tierra fuese oro, y todos los mares, ríos y fuentes fuesen bálsamo, y todos los montes, colinas y rocas fuesen piedras preciosas, y tú hallases otro tesoro más noble aún que estas cosas, cuanto aventaja el oro a la tierra, el bálsamo al agua, las piedras preciosas a los montes y las rocas, y te fuese dado, por esta enfermedad, ese tesoro más noble, ¿no deberías mostrarte bien contento y alegre? Respondió San Francisco: ¡Señor, yo no merezco un tesoro tan precioso! Y la voz de Dios prosiguió: ¡Regocíjate, Francisco, porque ése es el tesoro de la vida eterna que yo te tengo preparado, y cuya posesión te entrego ya desde ahora; y esta enfermedad y aflicción es prenda de ese tesoro bienaventurado!” Florecillas de San Francisco.

A menudo escuchamos decir que las enfermedades y la muerte ocasionada por ellas, son castigos de Dios para nosotros. Debemos saber que tenemos un Dios que es Amor, cuya Misericordia lo lleva a perdonar, siempre que haya en tu corazón un verdadero arrepentimiento y propósito firme de enmendar la falta cometida, es decir, Dios no castiga, no quiere castigarnos, nos reprende, porque nos ama y quiere que seamos cada vez mejores ante sus ojos, que seamos justificados por nuestra aceptación del único y efectivo sacrificio de Jesucristo.

Cada vez que hablamos de castigo de Dios, eludimos nuestra propia responsabilidad sobre las consecuencias de nuestros actos. Ciertamente existen en el mundo la enfermedad, la muerte, el dolor, pero no son queridas por Dios, ni estuvieron nunca en el plan de Dios, son consecuencia del pecado “…por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron” (Rm 5, 12).

Sin embrago no podemos tampoco obviar esta realidad, pero como podemos leer en Rm 8, 28 Dios todo lo permite para el bien de los que le aman, lo cual tampoco significa que debemos recibir todo como si no pudiéramos luchar para cambiar la realidad, a la luz de la Palabra de Dios.

Efectivamente aun cuando no podamos cambiar la realidad de la enfermedad y la muerte, podemos cambiar nuestra posición ante estas situaciones, que verdaderamente nos afectan, pero que no deben pasar desapercibidas ni debemos desaprovechar la oportunidad de “Merecer” para la vida eterna, por nosotros mismos y por el prójimo a través de estas situaciones que, bajo la forma de muerte, inevitable y enfermedades incurables, para el hombre, se nos presentan como irremediables y causantes de aflicción y amargura.

Todo en nuestra vida debe ser entregado en las manos de Dios, dejarle actuar y mostrarnos su Santa Voluntad para nosotros, lo cual solo podremos reconocer si vivimos pegados a su Palabra y en actitud constante de oración. Entonces en estas situaciones, nada fáciles y que muchas veces, por nuestra condición humana, frágil y pecadora, nos hacen revelarnos contra la voluntad Divina, la mejor actitud siempre será, como San Francisco, suplicar a Dios que nada, ni siquiera una enfermedad incurable o la muerte inminente, nos aparten de Dios. Esta súplica debe ir acompañada también del ofrecimiento sincero de toda aflicción por la conversión de los pecadores, de nuestra familia, por la santificación de los sacerdotes, por la paz del mundo, por nuestros gobernantes, etc.

Es tanto el bien que se puede hacer a través de las penas que Dios no desea, pero que nosotros obtenemos e incluso, hasta merecemos, y que Él permite, como ocasión de purificación.

¡Cuanto habrían deseado tantas almas que se han condenado, por falta de fe y de tiempo para arrepentirse, el haber podido tener la oportunidad que puede dar una enfermedad o pena profunda para acercarse a Dios y recibir de su misericordia y experimentar el amor de Dios, que sana el alma y nos lleva a la salvación!

¿Cuántas almas en el Purgatorio experimentan el sufrimiento y la mortificación por no haber aprovechado estas ocasiones para expiar las culpas aquí en la tierra, o por no haberlas tenido debido a una muerte repentina?

Hermanos, ciertamente Dios, que es Amor y Misericordia, no desea el sufrimiento, pero si desea ardientemente que tu alma se salve y pueda encontrarse con Él, en la plenitud de su Gloria. La invitación no es a pedir ni desear la enfermedad, pero si a no desaprovechar ni despreciar la gracia que Dios puede derramar en tu vida para que al finalizar tú paso por la tierra puedas disfrutar plenamente de su glorioso y maravilloso amor.

Sin dejar de pedir, hasta el último momento de tu vida la sanación, porque Dios quiere y puede dártela, pide también la gracia de orar y merecer, a través de la enfermedad y el sufrimiento, por la vida eterna para ti y los tuyos, y para el mundo entero, también por los fieles difuntos que esperan de tu oración y de la mía, para alcanzar la patria definitiva.

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