El Espíritu Santo y la vida del alma

juanpabloyelespiritusantoParte de las catequesis de Juan Pablo II en las audiencias generales de 1991 sobre el Espíritu Santo

Sumario

1. El Espíritu Santo, Huésped divino del alma.- 2. El Espíritu Santo, principio de la vida nueva con la abundancia de sus dones.- 3. El Espíritu Santo, raíz de la vida interior.- 4. El Espíritu Santo, autor de nuestra oración.- 5. El Espíritu Santo, luz del alma.- 6. El Espíritu Santo, principio vital de la fe.- 7. El Espíritu Santo, principio vital del amor nuevo.- 8. El Espíritu Santo, fuente de la paz.- 9. El Espíritu Santo, fuente de la verdadera alegría.- 10. El Espíritu Santo, generador de fortaleza cristiana.- 11. El Espíritu Santo, prenda de la esperanza escatológica y fuente de perseverancia final.

72 El Espíritu Santo, Huésped divino del alma

20-III-1991

1. En una catequesis precedente había anunciado que volvería a tocar temas relacionados con la presencia y la acción del Espíritu Santo en el alma. Temas fundados teológicamente y ricos desde el punto de vista espiritual, que ejercen un atractivo e, incluso, una cierta fascinación sobrenatural sobre aquellas personas que desean profundizar en su vida interior, atentas y dóciles a la voz de Aquel que habita en ellas como en un templo y que, desde su interior, las ilumina y las sostiene por el camino de la coherencia evangélica. En estas almas pensaba mi predecesor León XIII cuando escribió la Encíclica Divinum illud acerca del Espíritu Santo (9 de mayo de 1897) y, luego, la carta Ad fovendum sobre la devoción del pueblo cristiano hacia su divina Persona (18 de abril de 1902), estableciendo en su honor la celebración de una novena especial dirigida de modo particular a obtener el bien de la unidad de los cristianos («ad maturandum christianae unitatis bonum). El Papa de la Rerum novarum era también el Papa de la devoción al Espíritu Santo, pues sabía a qué fuente era preciso acudir para obtener la energía a fin de realizar el bien verdadero, incluso en el ámbito social. Hacia esa misma fuente quise atraer la atención de los cristianos de nuestro tiempo con la Encíclica Dominum et vivifïcantem (16 de mayo de I 986), y a ella quiero dedicar la parte conclusiva de la catequesis pneumatológica.

2. Podemos decir que, en la base de una vida cristiana caracterizada por la interioridad, la oración y la unión con Dios, se encuentra una verdad que —como toda la teología y la catequesis pneumatológica— deriva de los textos de la Sagrada Escritura y de manera especial, de las palabras de Cristo y de los Apóstoles: la verdad sobre la inhabitación del Espíritu Santo, como Huésped divino, en el alma del justo.

El apóstol Pablo, en su Primera Carta a los Corintios (3,16), pregunta «¿No sabéis que… el Espíritu de Dios habita en vosotros?» Ciertamente, el Espíritu Santo está presente y actúa en toda la Iglesia, como hemos visto en las catequesis precedentes; pero la realización concreta de su presencia y acción tiene lugar en la relación con la persona humana, con el alma del justo en la que Él establece su morada e infunde el don obtenido por Cristo en la Redención. La acción del Espíritu Santo penetra en lo más íntimo del hombre, en el corazón de los fieles, y allí derrama la luz y la gracia que da vida. Es lo que pedimos en la Secuencia de la misa de Pentecostés: «Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo».

3. El apóstol Pedro, a su vez, en el discurso del día de Pentecostés, tras haber exhortado a los oyentes a la conversión y al bautismo, añade la promesa: «Recibiréis el don del Espíritu Santo» (Act 2,38). Por el contexto se ve que la promesa atañe personalmente a cada uno de los convertidos y bautizados. En efecto, Pedro se dirige expresamente a «cada uno de los presentes» (2,38). Más tarde, Simón el Mago pide a los Apóstoles que le hagan partícipe de su poder sacramental, diciendo: «Dadme a mí también este poder para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos» (Act 8,19). El don del Espíritu Santo se entiende como don concedido a cada una de las personas. La misma constatación tiene lugar en el episodio de la conversión de Cornelio y de su casa: mientras Pedro les explicaba el misterio de Cristo, «el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra» (Act 10,44). El Apóstol reconoce, luego: «Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros» (Act 11,17). Según Pedro, la venida del Espíritu Santo significa su presencia en aquellos a quienes se comunica.

4. A propósito de esta presencia del Espíritu Santo en el hombre, es preciso recordar los modos sucesivos de presencia divina en la historia de la salvación. En la Antigua Alianza, Dios se halla presente y manifiesta su presencia, al principio, en la «tienda» del desierto y, más tarde, en el «Santo de los Santos» del templo de Jerusalén. En la Nueva Alianza la presencia tiene lugar y se identifica con la encarnación del Verbo: Dios está presente en medio de los hombres en su Hijo eterno, mediante la humanidad que asumió en unidad de persona con su naturaleza divina. Con esta presencia visible en Cristo, Dios prepara por medio de él una nueva presencia, invisible, que se realiza con la venida del Espíritu Santo. Sí; la presencia de Cristo «en medio» de los hombres abre el camino a la presencia del Espíritu Santo, que es una presencia interior, una presencia en los corazones humanos. Así se cumple la profecía de Ezequiel (36, 26-27): «Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo… Infundiré mi espíritu en vosotros».

5. Jesús mismo, la víspera de su partida de este mundo para volver al Padre mediante la cruz y la ascensión al cielo, anuncia a los Apóstoles la venida del Espíritu Santo: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Ioh 14,16-17). Pero Él mismo dice que esa presencia del Espíritu Santo, su inhabitación en el corazón humano, que implica también la del Padre y del Hijo, está condicionada por el amor: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Ioh 14,23).

En el discurso de Jesús, la referencia al Padre y al Hijo incluye al Espíritu Santo, a quien San Pablo y la tradición patrística y teológica atribuyen la inhabitación trinitaria, porque es la Persona-Amor y, por otra parte, la presencia interior es necesariamente espiritual. La presencia del Padre y del Hijo se realiza mediante el Amor y, por tanto, en el Espíritu Santo. Precisamente en el Espíritu Santo, Dios, en su unidad trinitaria, se comunica al espíritu del hombre.

Santo Tomás de Aquino dirá que sólo en el espíritu del hombre (y del ángel) es posible esta clase de presencia divina —por inhabitación—, pues sólo la criatura racional es capaz de ser elevada al conocimiento, al amor consciente y al gozo de Dios como huésped interior; y esto tiene lugar por medio del Espíritu Santo que, por ello, es el primero y fundamental Don (S. Th., I, q. 38, a.1).

6. Pero, por esta inhabitación, los hombres se convierten en «templos de Dios», de Dios Trinidad, porque es el Espíritu Santo quien habita en ellos, como recuerda el Apóstol a los Corintios (cfr I Cor 3,16). Y Dios es santo y santificante. Más aún, el mismo Apóstol especifica un poco más adelante: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios?» (1 Cor 6,19). Por consiguiente, la inhabitación del Espíritu Santo implica una especial consagración de toda la persona humana (San Pablo subraya en ese texto su dimensión corpórea) a semejanza del templo. Esta consagración es santificadora, y constituye la esencia misma de la gracia salvífica, mediante la cual se accede a la participación trinitaria en Dios. Así, se abre en el hombre una fuente interior de santidad, de la que deriva la vida «según el Espíritu», como advierte Pablo en la carta a los Romanos (8,9): «Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros». Aquí se funda la esperanza de la resurrección de los cuerpos, porque «si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11).

7. Es preciso notar que la inhabitación del Espíritu Santo —que santifica a todo el hombre, alma y cuerpo confiere una dignidad superior a la persona humana, y da nuevo valor a las relaciones interpersonales, incluso corporales, como advierte San Pablo en el texto de la Primera Carta a los Corintios que acabamos de citar (1 Cor 6,19).

El cristiano, mediante la inhabitación del Espíritu Santo, llega a encontrarse en una relación particular con Dios, que se extiende también a todas las relaciones interpersonales, tanto en el ámbito familiar como en el social. Cuando el Apóstol recomienda «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios» (Eph 4,30), se basa en esta verdad revelada: la presencia personal de un Huésped interior, que puede ser «entristecido» a causa del pecado —mediante todo pecado—, ya que éste es siempre contrario al amor Él mismo, como Persona-Amor, morando en el hombre, crea en el alma una especie de exigencia interior de vivir en el amor. Lo sugiere San Pablo cuando escribe a los Romanos que el amor de Dios (es decir, la poderosa corriente de amor que viene de Dios) «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5).

73 El Espíritu Santo, principio de la vida nueva con la abundancia de sus dones

3-IV-1991

l. El Espíritu Santo, huésped del alma, es la fuente íntima de la vida nueva con la que Cristo vivifica a los que creen en Él: una vida según la «ley del Espíritu» que, en virtud de la Redención, prevalece sobre el poder del pecado y de la muerte, que actúa en el hombre después de la caída original. San Pablo mismo se sumerge en este drama del conflicto entre el sentimiento íntimo del bien y la atracción del mal, entre la tendencia de la «mente» a cumplir la ley de Dios y la tiranía de la «carne» que somete al pecado (cfr Rom 7,14-23). Y exclama: «Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom 7,24).

Pero aquí entra la nueva experiencia íntima que corresponde a la verdad revelada sobre la acción redentora de la gracia: «Ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte…» (Rom 8,1-2). Es un nuevo régimen de vida inaugurado en los corazones «por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5).

2. Toda la vida cristiana se desarrolla en la fe y en la caridad, en la práctica de todas las virtudes, según la acción íntima de este Espíritu renovador, del que procede la gracia que justifica, vivifica y santifica, y con la gracia proceden las nuevas virtudes que constituyen el entramado de la vida sobrenatural. Se trata de la vida que se desarrolla no sólo por las facultades naturales del hombre —entendimiento, voluntad, sensibilidad— sino también por las nuevas capacidades adquiridas (superadditae) mediante la gracia, como explica Santo Tomás de Aquino (S. Th., I-II, q. 62, aa. l, 3). Ellas dan a la inteligencia la posibilidad de adherirse a Dios-Verdad mediante la fe; al corazón, la posibilidad de amarlo mediante la caridad, que es en el hombre como «una participación del mismo amor divino, el Espíritu Santo» (II-II, q. 23, a. 3, ad 3); y a todas las potencias del alma y de algún modo también del cuerpo, la posibilidad de participar en la nueva vida con actos dignos de la condición de hombres elevados a la participación de la naturaleza y de la vida de Dios mediante la gracia: «consortes divinae naturae», como dice San Pedro (2 Pet l, 4).

Es como un nuevo organismo interior, en el que se manifiesta la ley de la gracia; ley escrita en los corazones, más que en tablas de piedra o en códices de papel; ley a la que San Pablo llama, como hemos visto, «ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rom 8,2; cfr San Agustín, De spiritu et littera, c. 24; PL 44, 225; Santo Tomás, S. Th. , I-II, q.106, a.1 ).

3. En las catequesis anteriores, dedicadas a la influencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, hemos subrayado la multiplicidad de los dones que Él concede para el desarrollo de toda la comunidad. La misma multiplicidad se realiza en la vida cristiana personal: todo hombre recibe los dones del Espíritu Santo en la condición existencial concreta en que se halla, en la medida del amor de Dios, del que derivan la vocación, el camino y la historia espiritual de cada uno.

Lo leemos en la narración de Pentecostés, en la que el Espíritu Santo llena a toda la comunidad, pero llena también a cada una de las personas presentes. Efectivamente, mientras del viento, que simboliza el Espíritu, se dice que «llenó toda la casa en la que se encontraban» (Act 2,2), de las lenguas de fuego, otro símbolo del Espíritu, se precisa que «se posaron sobre cada uno de ellos» (Act 2,3). Así, pues, «quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Act 2, 4). La plenitud se da a cada uno; y esta plenitud implica una multiplicidad de dones para todos los aspectos de la vida personal.

Entre estos dones, queremos recordar e ilustrar brevemente aquí los que en el catecismo, así como en la tradición teológica, suelen llamarse dones del Espíritu Santo. Es verdad que todo es don, tanto en el orden de la gracia como en el de la naturaleza y, más en general, en toda la creación. Pero el nombre de dones del Espíritu Santo, en el lenguaje teológico y catequético, se reserva a las energías exquisitamente divinas que el Espíritu Santo infunde en el alma para perfeccionamiento de las virtudes sobrenaturales, con el fin de dar al espíritu humano la capacidad de actuar de modo divino (cfr S. Th., I-II, q. 68, aa.1, 6).

4. Hay que decir que una primera descripción y enumeración de dones se halla en el Antiguo Testamento, y precisamente en el Libro de Isaías, en el que el profeta atribuye al rey mesiánico «espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor del Señor», y luego nombra dos veces el sexto don diciendo que el rey «le inspirará en el temor de Yahvéh» (Is 11,2-3).

En la versión egipcia de los Setenta y en la Vulgata latina de San Jerónimo se evita la repetición; en el sexto don se ha puesto «piedad» en vez de «temor de Dios», de forma que el oráculo termina con estas palabras: «Espíritu de ciencia y de piedad, y será lleno del espíritu de temor del Señor» (v. 2, 3). Pero se puede decir que el desdoblamiento del temor y de la piedad, cercano a la tradición bíblica sobre las virtudes de los grandes personajes del Antiguo Testamento, en la tradición teológica, litúrgica y catequética cristiana se convierte en una relectura más plena de la profecía, aplicada al Mesías, y en un enriquecimiento de su sentido literal. Jesús mismo, en la sinagoga de Nazaret, se aplica a sí mismo otro texto mesiánico de Isaías (61,1): «el Espíritu del Señor sobre mí…» (Lc 4,18), que corresponde al comienzo del oráculo que acabamos de citar inicio que dice así: «reposará sobre él el espíritu de Yahvéh» (Is 11,2). según la tradición recogida por Santo Tomás, los dones del Espíritu Santo «los nombra la Escritura como existieron en Cristo según el texto de Isaías», pero se hallan, por derivación de Cristo, en el alma cristiana (cfr I-II, q. 68, a.1).

Las referencias bíblicas que acabamos de hacer se compararon con las actitudes fundamentales del alma humana, consideradas a la luz de la elevación sobrenatural y de las mismas virtudes infusas. Así, se desarrolló la teología medieval de los siete dones, que aun sin presentar un carácter dogmático absoluto y, por tanto, sin pretender ofrecer un número limitado de los dones ni de las categorías específicas en las que se pueden distribuir, tuvo y sigue teniendo una gran utilidad, tanto para la comprensión de la multiplicidad de los mismos dones en Cristo y en los santos, como cauce para el buen ordenamiento de la vida espiritual.

5. Santo Tomás (cfr I-II, q. 68, a. 4, 7) y los demás teólogos y catequistas han sacado del mismo texto de Isaías la indicación para una distribución de los dones con miras a la vida espiritual, proponiendo una ilustración de ellos que aquí sólo podemos sintetizar:

1) Ante todo, está el Don de sabiduría, mediante el cual el Espíritu Santo ilumina la inteligencia, haciéndole conocer «las razones supremas» de la revelación y de la vida espiritual y formando en ella un juicio sano y recto sobre la fe y la conducta cristiana; de hombre «espiritual» (pneumaticós), diría San Pablo, y no sólo «natural» (psychicós) o incluso «carnal» (cfr 1 Cor 2,14-15; Rom 7,14).

2) Está también el Don de inteligencia, como agudeza especial, dada por el Espíritu para intuir la palabra de Dios en su profundidad y sublimidad.

3) El Don de ciencia es la capacidad sobrenatural de ver y determinar con exactitud el contenido de la revelación y de la distinción entre las cosas y Dios en el conocimiento del universo.

4) Con el Don del consejo el Espíritu Santo da una habilidad sobrenatural para regularse en la vida personal por lo que se refiere a la realización de acciones arduas y en las opciones difíciles que hay que tomar, así como en el gobierno y en la guía de los demás.

5) Con el Don de fortaleza el Espíritu Santo sostiene la voluntad y la hace pronta, activa y perseverante para afrontar las dificultades y sufrimientos, incluso extremos, como acontece sobre todo en el martirio: en el de sangre, pero también en el del corazón y en de la enfermedad o la debilidad.

6) Mediante el Don de piedad el Espíritu Santo orienta el corazón del hombre hacia Dios con sentimientos, afectos, pensamientos, oraciones que expresan la filiación con respecto al Padre que Cristo ha revelado. Hace penetrar y asimila el misterio del «Dios con nosotros», especialmente en la unión con Cristo, Verbo encarnado, en las relaciones filiales con la bienaventurada Virgen María, en la compañía de los ángeles y santos del cielo, y en la comunión con la Iglesia.

7) Con el Don del temor de Dios el Espíritu Santo infunde en el alma cristiana un sentido de profundo respeto por la ley de Dios y los imperativos que se derivan de ella para la conducta cristiana, liberándola de las tentaciones del temor servil y enriqueciéndola, por el contrario, con el «temor filial», empapado de amor.

6. Esta doctrina sobre los Dones del Espíritu Santo es para nosotros un magisterio de vida espiritual utilísimo para orientarnos a nosotros mismos y para educar a los hermanos —a quienes tenemos la responsabilidad de formar— en un diálogo incesante con el Espíritu Santo y en un abandono confiado y amoroso en su guía. Está vinculada y se puede referir siempre al texto mesiánico de Isaías que, aplicado a Jesús, habla de la grandeza de su perfección y, aplicada al alma cristiana, marca los momentos fundamentales del dinamismo de su vida interior: comprender (sabiduría, ciencia e inteligencia), decidir (consejo y fortaleza), permanecer y crecer en la relación personal con Dios, tanto en la vida de oración como en la buena conducta según el Evangelio (piedad, temor de Dios).

Por eso, es de fundamental importancia sintonizar con el eterno Espíritu Don, tal como nos lo da a conocer la revelación en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: un único infinito Amor, que se nos comunica mediante una multiplicidad y variedad de manifestaciones y donaciones, en armonía con la economía general de la creación.

74 El Espíritu Santo, raíz de la vida interior

10-IV-1991

l. San Pablo nos ha hablado en la catequesis anterior de la «ley del espíritu que da vida en Cristo Jesús» (Rom 8,2); una ley según la cual hay que vivir, si se quiere «caminar según el Espíritu» (cfr Gal 5,25), realizando las obras de Espíritu, no las de la «carne».

El Apóstol pone de relieve la contraposición entre «carne» y «Espíritu», y entre los dos tipos de obras, de pensamientos y de vida que dependen de ella: «Los que viven según la carne, desean lo carnal; mas los que viven según el Espíritu, lo espiritual. Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del Espíritu, vida y paz» (Rom 8,5-6).

El espectáculo de las «obras de la carne» y de las condiciones de decadencia espiritual y cultural a que llega el homo sapiens es desolador. Sin embargo, ello no debe hacer olvidar la realidad de la vida «según el Espíritu», que es muy diversa y que también está presente en el mundo y se opone a la expansión de las fuerzas del mal. San Pablo habla de ello en la Carta a los Gálatas poniendo de relieve el «fruto del Espíritu», que es «amor, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (cfr 5,19-22), en contraposición a las «obras de la carne», que excluyen del «reino de Dios». Estas cosas —también según San Pablo— se le dictan al creyente desde el interior, es decir, desde la «ley del Espíritu» (Rom 8,2), que está en él y lo guía en la vida interior (cfr Gal 5,18-25).

2. Por tanto, se trata de un principio de la vida espiritual y de la conducta cristiana, que es interior y al mismo tiempo transcendente, como se deduce ya de las palabras de Jesús a los discípulos: «el Espíritu de la verdad a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce… en vosotros está» (Ioh 14,17). El Espíritu Santo viene de lo alto, pero penetra y reside en nosotros para animar nuestra vida interior Jesús no dice sólo: «Él permanece junto a vosotros», lo cual puede sugerir la idea de una presencia que es solamente cercana, sino que añade que se trata de una presencia dentro de nosotros (cfr Ioh 14, 17). San Pablo, a su vez, desea a los efesios que el Padre les conceda que sean «fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Eph 3,16); es decir, en el hombre que no se contenta con una vida externa, a menudo superficial, sino que trata de vivir en las «profundidades de Dios», escrutadas por el Espíritu Santo (cfr 1 Cor 2,10).

La distinción que hace Pablo entre el hombre «psíquico» y el hombre «espiritual» (cfr 1 Cor 2,13-14) nos ayuda a comprender la diferencia y la distancia que existe entre la madurez connatural a las capacidades del alma humana y la madurez propiamente cristiana, que implica el desarrollo de la vida del Espíritu, la madurez de la fe, de la esperanza y de la caridad. La conciencia de esta raíz divina de la vida espiritual, que se expande desde lo íntimo del alma a todos los sectores de la existencia, incluso los externos y sociales, es un aspecto fundamental y sublime de la antropología cristiana. Fundamento de esa conciencia es la verdad de fe por la que creo que el Espíritu Santo habita en mí (cfr 1 Cor 3,16), ora en mí (cfr Rom 8,26; Gal 4,6), me guía (cfr Rom 8,14) y hace que Cristo viva en mí (cfr Gal 2,20).

3. También la comparación que Jesús utiliza en el coloquio con la samaritana junto al «pozo de Jacob» sobre el «agua viva» que Él dará a quien crea, agua que «se convertirá en Él en fuente de agua que brota para vida eterna» (Ioh 4,14), simboliza el manantial interior de la vida espiritual. Lo aclara Jesús mismo con ocasión de la «fiesta de las Tiendas» (cfr Ioh 7,2), cuando, «puesto en pie, gritó: “si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”; como dice la Escritura (cfr Is 55,1) de su seno correrán ríos de agua viva». Y el evangelista Juan comenta: «esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él» (Ioh 7,37-39).

El Espíritu Santo desarrolla en el creyente todo el dinamismo de la gracia que da la vida nueva, y de las virtudes que traducen esta vitalidad en frutos de bondad. El Espíritu Santo actúa también desde el «seno» del creyente como fuego, según otra semejanza que utiliza el Bautista a propósito del bautismo: «Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,1); y Jesús mismo sobre su misión mesiánica: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra» (Lc 12,49). Por ello, el Espíritu suscita una vida animada por aquel fervor que San Pablo recomendaba en la Carta a los Romanos: «sed fervorosos en el Espíritu» (12,11). Es la «llama viva de amor» que purifica, ilumina, abrasa y consume, como tan bien explicó San Juan de la Cruz.

4. De esta forma se desarrolla en el creyente, bajo la acción del Espíritu Santo, una santidad original, que asume, eleva y lleva a la perfección la personalidad de cada uno, sin destruirla. Así, cada santo tiene su fisonomía propia. Stella differt a stella, se puede decir con San Pablo: «una estrella difiere de otra en resplandor» (1 Cor 15,41); no sólo en la «resurrección futura» a la que se refiere el Apóstol, sino también en la condición actual del hombre, que no es ya sólo psíquico (dotado de vida natural), sino espiritual (animado por el Espíritu Santo) (cfr 1 Cor 15,44 ss.).

La santidad está en la perfección del amor Y sin embargo varía según la multiplicidad de aspectos que el amor adquiere en las diversas condiciones de la vida personal. Bajo la acción del Espíritu Santo, cada uno vence en el amor el instinto del egoísmo, y desarrolla las mejores fuerzas en su modo original de darse. Cuando la fuerza expresiva y expansiva de la originalidad es muy poderosa, el Espíritu Santo hace que en torno a esas personas (aunque a veces permanezcan escondidas) se formen grupos de discípulos y seguidores. De este modo nacen corrientes de vida espiritual, escuelas de espiritualidad, institutos religiosos, cuya variedad en la unidad es, pues, efecto de esa divina intervención. El Espíritu Santo valora las capacidades de todos en las personas y en los grupos, en las comunidades y en las instituciones, entre los sacerdotes y entre los laicos.

5. De la fuente interior del Espíritu deriva también el nuevo valor de libertad, que caracteriza la vida cristiana. Como dice San Pablo: «donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Cor 3,17). El Apóstol se refiere directamente a la libertad adquirida por los seguidores de Cristo respecto a la ley judaica, en sintonía con la enseñanza y la actitud de Jesús mismo. Pero el principio que él enuncia tiene un valor general. Efectivamente, él habla repetidas veces de la libertad como vocación del cristiano: «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad» (Gal 5,13). Y explica bien de qué se trata. Según el Apóstol, «el que camina según el Espíritu» (Gal 5,13) vive en la libertad, porque no se halla ya bajo el yugo opresor de la carne: «Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne» (Gal 5,16). «Las tendencias de la carne son muerte; mas las del Espíritu, vida y paz» (Rom 8,6).

Las «obras de la carne», de las que está libre el cristiano fiel al Espíritu, son las del egoísmo y las pasiones, que impiden el acceso al reino de Dios. En cambio, las obras del Espíritu son las del amor: «Contra tales cosas —observa San Pablo— no hay ley» (Gal 5,23).

Se deriva de aquí —según el Apóstol— que «si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley» (Gal 5,18). Al escribir a Timoteo, no duda en decir: «La ley no ha sido instituida para el justo» (1 Tm 1,9). Y Santo Tomás explica: «La ley no tiene fuerza coactiva sobre los justos, sino sobre los malos» (I-II, q. 96, a. 5, ad 1), puesto que los justos no hacen nada contrario a la ley. Más aún, guiados por el Espíritu Santo, hacen libremente más de lo que pide la ley (cfr Rom 8,4; Gal 5,13-16).

6. Ésta es la admirable conciliación de la libertad y de la ley, fruto del Espíritu Santo que actúa en el justo, como habían predicho Jeremías y Ezequiel al anunciar la interiorización de la ley en la Nueva Alianza (cfr Ier 31,31-34; Ez 36,26-27).

«Infundiré mi Espíritu en vosotros» (Ez 36,27). Esta profecía se ha verificado y sigue realizándose siempre en los fieles de Cristo y en el conjunto de la Iglesia. El Espíritu Santo da la posibilidad de ser, no meros observadores de la ley, sino libres, fervientes y fieles realizadores del designio de Dios. Se realiza así cuanto dice el Apóstol: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ;Abbá, Padre!» (Rom 8,14-15). Es la libertad de hijos que anunció Jesús como la verdadera libertad (cfr Ioh 8,36). Se trata de una libertad interior, fundamental, pero orientada siempre hacia el amor, que hace posible y casi espontáneo el acceso al Padre en el único Espíritu (cfr Eph 2, 18). Es la libertad guiada que resplandece en la vida de los santos.

75 El Espíritu Santo, autor de nuestra oración

17-IV-1991

l. La oración es la primera forma de vida interior y la más excelente. Los doctores y maestros del espíritu están tan convencidos de esta verdad, que con frecuencia presentan la vida interior como vida de oración. El autor principal de esta vida es el Espíritu Santo, que fue también el de la de Cristo. En efecto, leemos en el evangelio de San Lucas: «En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor de del cielo y de la tierra”» (Lc 10,21). Es una oración de alabanza y de acción de gracias que, según el evangelista, brota del gozo interior de Jesús «en el Espíritu Santo».

Sabemos que, durante su actividad mesiánica, el Maestro se retiraba frecuentemente a lugares solitarios para orar y que pasaba en oración noches enteras (cfr Lc 6,12). Para esta oración prefería los lugares desiertos, que se prestan mejor para la conversación con Dios, una conversación que responde tan bien a la necesidad y a la inclinación de todo espíritu sensible al misterio de la trascendencia divina (cfr Mc 1,35; Lc 5,16). De forma análoga actuaban Moisés y Elías, tal como nos lo refiere el Antiguo Testamento (cfr Ex 34,28; 1 Reg 19,8). El libro del profeta Oseas nos aclara que existe una inspiración particular a la oración en los lugares desiertos: Dios lleva al hombre al desierto para «hablar a su corazón» (cfr Os 2,16).

2. En nuestra vida, al igual que en la de Jesús, el Espíritu Santo se manifiesta como Espíritu de oración. Nos lo dice, de modo elocuente, el apóstol Pablo en un pasaje de la Carta a los Gálatas que ya hemos citado en otra ocasión: «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama; ¡Abbá, Padre!» (Gal 4,6). Por consiguiente, de algún modo, el Espíritu Santo traslada a nuestros corazones la oración del Hijo, que dirige ese grito al Padre. Así, pues, también en nuestra oración podemos expresar la «adopción de hijos» que se nos ha concedido en Cristo y por Cristo (cfr Rom 8,15). Por medio de la oración profesamos nuestra fe, conscientes de la verdad de que «somos hijos», «herederos de Dios» y «coherederos de Cristo». La oración nos permite vivir de esta realidad sobrenatural gracias a la acción del Espíritu Santo que «se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rom 8,16).

3. Los seguidores de Cristo han vivido desde el inicio de la Iglesia esta misma fe, manifestada a la hora de la muerte. Conocemos la oración del protomártir Esteban, un hombre «lleno del Espíritu Santo», que durante la lapidación demostró su unión particular con Cristo al exclamar como su Maestro crucificado, aludiendo a sus asesinos: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y luego, siempre en oración, contemplando la gloria de Cristo elevado «a la diestra de Dios», gritó: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Act 7,55-60). Esta oración era fruto de la acción del Espíritu Santo en el corazón del mártir

También en las actas del martirio de otros confesores de Cristo se halla la misma inspiración interior de la oración. En aquellas páginas se manifiesta la conciencia cristiana formada en la escuela del Evangelio y de las cartas de los Apóstoles, que luego se convirtió en conciencia de la Iglesia misma.

4. En realidad, sobre todo en la enseñanza de San Pablo, el Espíritu Santo se presenta como el autor de la oración cristiana. En primer lugar, porque estimula a la oración. Es Él quien engendra la necesidad y el deseo de obedecer el consejo de Cristo, especialmente para la hora de la tentación: «Velad y orad…; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41). Un eco de esa exhortación resuena en aquella recomendación de la Carta a los Efesios que dice: «orad en toda oración en el Espíritu, velando juntos con perseverancia (…) para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio» (Eph 6,18-19). Pablo se reconoce en la condición de los hombres que tienen necesidad de orar para resistir a la tentación y no caer víctimas de su debilidad humana, y para llevar a cabo la misión a la que son llamados. En efecto, siempre tiene presente, y a veces siente de modo casi dramático, la consigna que recibió de ser en el mundo, especialmente en medio de los paganos, el testigo de Cristo y del Evangelio. Pablo sabe que lo que está llamado a hacer y a decir es también, y sobre todo, obra del Espíritu de verdad, del que Jesús dijo: «Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Ioh 16,14).

Dado que se trata de una «cosa de Cristo», que el Espíritu toma para «glorificarlo» mediante el anuncio misionero, sólo entrando en el circuito de esa relación entre Cristo y su Espíritu, en el misterio de la unidad con el Padre, el hombre puede llevar a cabo esa misión; el camino de ingreso en dicha comunión es la oración, inspirada en nosotros por el Espíritu.

5. En la Carta a los Romanos el Apóstol muestra, con palabras sumamente penetrantes, que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26). Pablo nota que, de algún modo, unos gemidos semejantes brotan también de lo más íntimo de la creación, que «deseando vivamente la revelación de los hijos de Dios (…) gime hasta el presente y sufre dolores de parto con la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción» (cfr Rom 8,19.21-22). En este escenario, histórico y espiritual, actúa el Espíritu Santo: «El que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios» (Rom 8, 27).

Nos encontramos en la raíz más íntima y profunda de la oración. Pablo nos lo asegura y, por tanto, nos ayuda a entender que además de impulsarnos el Espíritu Santo a la oración, Él mismo ora en nosotros.

6. El Espíritu Santo está en el origen de la oración que refleja del modo más perfecto la relación existente entre las Personas divinas de la Trinidad: la oración de glorificación y de acción de gracias, con que se honra al Padre y con Él, al Hijo y al Espíritu Santo. Esta oración estaba en boca de los Apóstoles el día de Pentecostés, cuando anunciaban «las maravillas de Dios» (Act 2, 11). Lo mismo acaeció en la casa del centurión Cornelio cuando, durante el discurso de Pedro, los presentes recibieron «el don del Espíritu Santo» y «glorificaban a Dios» (Act 10,45-47).

San Pablo interpreta esta primera experiencia cristiana, que se convirtió en patrimonio común de la Iglesia de los orígenes, cuando en la Carta a los Colosenses, tras haberles deseado: «La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza» (Col 3,16), exhorta a los cristianos a permanecer en la oración, cantando a Dios de corazón y con gratitud himnos y cánticos inspirados, instruyéndose y amonestándose con toda sabiduría, y les pide que este estilo de vida de oración sea aplicado a todo lo que hagan: «Todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre» (Col 3,17). La misma recomendación aparece en la Carta a los Efesios: «Llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Eph 5,18-20).

Aquí resalta la dimensión trinitaria de la oración cristiana, según la enseñanza y la exhortación del Apóstol. Se ve asimismo que, según el Apóstol, es el Espíritu Santo quien impulsa a esa oración y la forma en el corazón del hombre. La «vida de oración» de los santos, de los místicos, de las escuelas y corrientes de espiritualidad, que se desarrolló en el cristianismo durante los siglos siguientes, sigue la línea de la experiencia de las comunidades primitivas. Y en esa misma línea se mantiene la liturgia de la Iglesia, como se manifiesta, por ejemplo, en el Gloria in excelsis Deo, cuando decimos: «Por tu inmensa gloria…, te damos gracias»; de igual forma, en el Te Deum, alabamos a Dios y lo proclamamos Señor. En los Prefacios también vuelve la invitación invariable: «Demos gracias al Señor, nuestro Dios», y a los fieles se les invita a dar su respuesta de asentimiento y participación: «Es justo y necesario». Es hermoso repetir con la Iglesia orante, al final de cada salmo y en muchas otras ocasiones, la breve, densa y espléndida doxología del Gloria Patri: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo… ».

7. La glorificación de Dios, Uno y Trino, bajo la acción del Espíritu Santo que ora en nosotros y por nosotros, tiene lugar principalmente en el corazón, pero se traduce también en las alabanzas orales por una necesidad de expresión personal y de asociación comunitaria en la celebración de las maravillas de Dios. El alma que ama a Dios se expresa a sí misma en las palabras y, fácilmente, también en el canto, como ha sucedido siempre en la Iglesia, desde las primeras comunidades cristianas. San Agustín nos informa de que «San Ambrosio introdujo el canto en la Iglesia de Milán» (cfr Confesiones, 9, c. 7; PL 32,770) y recuerda que lloró escuchando «los himnos y cánticos que se elevaban en tu Iglesia, lleno de una profunda emoción» (cfr Confesiones, 9, c. 6; PL 32,769). También el sonido puede ayudar en la alabanza a Dios, cuando los instrumentos sirven para transportar a las alturas (rapere in celsitudinem) los afectos humanos» (Santo Tomás de Aquino, Expositio in psalmos, 32,2). Así se explica el valor de los cantos y de los sonidos en la liturgia de la Iglesia, pues «sirven para excitar el afecto con relación a Dios … (también) con las diversas modulaciones de los sonidos» (Santo Tomás, S. Th., II-II, q. 92, a. 2; cfr San Agustín, Confesiones, 10, c. 22; PL 32,800). Si se observan las normas litúrgicas, se puede experimentar también hoy lo que San Agustín recordaba en aquel otro pasaje de sus Confesiones (9, c. 4, n. 8): «¡Qué voces elevé, Dios mío, hasta ti al leer los salmos de David, cánticos de fe, música de piedad! (…) ¡Qué voces elevaba hasta ti al leer aquellos salmos! ¡Cómo me inflamaba de amor a ti y de deseo de recitarlos, si hubiera podido, delante de toda la tierra…!» Eso acontece cuando, tanto los individuos como las comunidades, secundan la acción íntima del Espíritu Santo.

76 El Espíritu Santo, luz del alma

24-IV-1991

1. La vida espiritual tiene necesidad de iluminación y de guía. Por eso Jesús, al fundar la Iglesia y al mandar los Apóstoles al mundo, les confió la tarea de hacer discípulos a todas las gentes, como leemos en el evangelio según San Mateo (28,19-20), pero también la de «proclamar la Buena Nueva a toda la creación», como dice el texto canónico del evangelio de San Marcos (16,15). También San Pablo habla del apostolado como de una iluminación para todos (cfr Eph 3,9).

Pero esta obra de la Iglesia evangelizadora y maestra pertenece al ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores y, de manera diversa, a todos los miembros de la Iglesia, para continuar para siempre la obra de Cristo, el «único Maestro» (Mt 23,8), que ha traído a la humanidad la plenitud de la revelación de Dios. Permanece la necesidad de un Maestro interior que haga penetrar en el espíritu y en el corazón de los hombres la enseñanza de Jesús. Es el Espíritu Santo, a quien Jesús mismo llama «Espíritu de verdad» y que, según nos promete, guiará hacia toda la verdad (cfr Ioh 14,17; 16,13). Si Jesús ha dicho de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Ioh 14,6), es esta verdad de Cristo la que el Espíritu Santo hace conocer y difunde: «No hablará por su cuenta, sino que hablará de lo que oiga…, recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Ioh 16,13-14). El Espíritu es luz del alma: Lumen cordium, como lo invocamos en la secuencia de Pentecostés.

2. El Espíritu Santo fue Luz y Maestro interior para los Apóstoles que debían conocer a Cristo en profundidad, a fin de poder llevar a cabo la tarea de ser sus evangelizadores. Lo ha sido y lo es para la Iglesia y, en la Iglesia, para los creyentes de todas las generaciones; de modo particular para los teólogos y los maestros del espíritu, para los catequistas y los responsables de comunidades cristianas. Lo ha sido y lo es también para todos aquellos que, dentro y fuera de los límites visibles de la Iglesia, quieren seguir los caminos de Dios con corazón sincero y, sin culpa, no encuentran quien los ayude a descifrar los enigmas del alma y a descubrir la verdad revelada. Ojalá que el Señor conceda a todos nuestros hermanos —millones, es más, millares de millones— la gracia del recogimiento y de la docilidad al Espíritu Santo en los momentos que pueden ser decisivos en su vida.

Para nosotros, los cristianos, el magisterio íntimo del Espíritu Santo es una certeza gozosa, fundada en la palabra de Cristo sobre la venida del «otro Paráclito» que, según decía, «el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Ioh 14,26). «Os guiará hasta la verdad completa» (Ioh 16,13).

3. Como resulta de este texto, no confía su palabra sólo a la memoria de sus oyentes; esta memoria será auxiliada por el Espíritu Santo, que reavivará continuamente en los Apóstoles el recuerdo de los acontecimientos y el sentido de los misterios evangélicos.

De hecho, el Espíritu Santo guió a los Apóstoles en la transmisión de la palabra y de la vida de Jesús, inspirando ya sea su predicación oral y sus escritos, ya la redacción de los evangelios, como hemos visto en su momento en la catequesis sobre el Espíritu Santo y la revelación.

Pero sigue siendo Él mismo el que ayuda a los lectores de la Escritura para que comprendan el significado divino que encierra el texto, del que es inspirador y autor principal: sólo Él puede hacer conocer «las profundidades de Dios» (1 Cor 2,10), tal como están contenidas en el texto sagrado; Él es quien ha sido enviado para instruir a los discípulos sobre las enseñanzas de su Maestro (cfr Ioh 16,13).

4. De este magisterio íntimo del Espíritu Santo nos hablan los mismos Apóstoles, los primeros transmisores de la palabra de Cristo. Escribe San Juan: «En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo [Cristo) y todos vosotros lo sabéis. Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis y porque ninguna mentira viene de la verdad» (1 Ioh 2,20-21). Según los Padres de la Iglesia y la mayoría de los exégetas modernos, esta «unción» (chrisma) designa al Espíritu Santo. Más aún, San Juan afirma que aquellos que viven según el Espíritu no tienen necesidad de otros maestros: «En cuanto a nosotros —escribe—, la unción que de Él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa— según os enseñó, permaneced en Él» (1 Ioh 2,27).

También el apóstol Pablo habla de una comprensión según el Espíritu, que no es fruto de sabiduría humana, sino de iluminación divina: «El hombre naturalmente (psichicòs) no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente (pneumaticòs) pueden ser juzgadas. En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarlo» (1 Cor 2,14-15).

Por tanto, los cristianos, habiendo recibido el Espíritu Santo, unción de Cristo, poseen en sí mismos una fuente de conocimiento de la verdad, y el Espíritu Santo es el Maestro soberano que los ilumina y guía.

5. Si son dóciles y fieles a su magisterio divino, el Espíritu Santo los preserva del error, y los hace vencedores en el conflicto continuo entre el «espíritu de la verdad» y el «espíritu del error» (cfr 1 Ioh 4,6). El espíritu del error que no reconoce a Cristo (cfr 1 Ioh 4,3), es esparcido por los «falsos profetas», siempre presentes en el mundo, también en medio del pueblo cristiano, con una acción a veces descubierta e incluso clamorosa, y a veces engañosa y servil. Como Satanás, también ellos se visten a menudo como «ángeles de luz» (cfr 2 Cor 11,14) y se presentan con carismas de aparente inspiración profética y apocalíptica. Esto ya sucedía en los tiempos apostólicos. Por eso San Juan advierte: «Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo» (1 Ioh 4,1). El Espíritu Santo, como ha recordado el Concilio Vaticano II (cfr Lumen gentium, 12), protege al cristiano del error, haciéndole discernir lo que es genuino de lo que es falso. El cristiano, por su parte, siempre necesita buenos criterios de discernimiento acerca de las cosas que escucha o lee en materia de religión, de Sagrada Escritura, de manifestaciones de lo sobrenatural, etc. Tales criterios son: la conformidad con el Evangelio, pues el Espíritu Santo no puede menos de «recibir de Cristo»; la sintonía con la enseñanza de la Iglesia, fundada y mandada por Cristo a predicar su verdad; la rectitud de la vida de quien habla o escribe; y los frutos de santidad que derivan de lo que se presenta o se propone.

6. El Espíritu Santo enseña al cristiano la verdad como principio de vida y le muestra la aplicación concreta de las palabras de Jesús en su vida. Además, hace descubrir la actualidad del Evangelio y su valor para todas las situaciones humanas, adapta la inteligencia de la verdad a todas las circunstancias, a fin de que esta verdad no permanezca sólo como abstracta y especulativa, y libera al cristiano de los peligros de la doblez y de la hipocresía.

Por eso, el Espíritu Santo ilumina a cada uno personalmente, para guiarlo en su comportamiento, indicándole el camino que tiene que seguir y abriéndole por lo menos alguna perspectiva en relación con el proyecto del Padre acerca de su vida. Es la gran gracia de luz que San Pablo pedía para los Colosenses: «La inteligencia espiritual», capaz de hacer que ellos comprendan la voluntad divina. En efecto, los tranquilizaba: Por eso, tampoco nosotros dejamos de rogar por vosotros desde el día que lo oímos, y de pedir que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad [de Dios] con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena…» (Col 1,9-10). Para todos nosotros es necesaria esta gracia de luz, a fin de que conozcamos bien la voluntad de Dios sobre nosotros y podamos vivir plenamente nuestra vocación personal.

No faltan nunca problemas que a veces parecen insolubles. Pero el Espíritu Santo socorre en las dificultades e ilumina. Puede revelar la solución divina, como en el momento de la Anunciación para el problema de la conciliación de la maternidad con el deseo de conservar la virginidad. Aunque no se trate de un misterio único, como el de la intervención de María en la Encarnación del Verbo, puede decirse que el Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de la mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables.

7. El Espíritu Santo concede y obra todo esto en el alma mediante sus dones, gracias a los cuales es posible practicar un buen discernimiento, no según los criterios de la sabiduría humana, que es necedad ante Dios, sino de la divina, que puede parecer necedad a los ojos de los hombres (cfr 1 Cor 1,18-25). En realidad, sólo el Espíritu «todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (cfr 1 Cor 2,10-11). Y si hay oposición entre el espíritu del mundo y el Espíritu de Dios, Pablo recuerda a los cristianos: «Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado» (1 Cor 2,12). A diferencia del «hombre natural», el hombre «espiritual» (pneumaticòs), está abierto sinceramente al Espíritu Santo y es dócil y fiel a sus inspiraciones (cfr 1 Cor 2,14-16). Por eso tiene habitualmente la capacidad de un juicio recto, bajo la guía de la sabiduría divina.

8. Un signo del contacto real con el Espíritu Santo en el discernimiento es y será siempre la adhesión a la verdad revelada como la propone el Magisterio de la Iglesia. El Maestro interior no inspira el disentimiento, la desobediencia y ni siquiera la resistencia injustificada frente a los pastores y maestros establecidos por Él mismo en la Iglesia (cfr Act 20,29). A la autoridad de la Iglesia, como dice el Concilio en la Constitución Lumen gentium (n.12), compete «ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cfr 1 Thes 5,12 y 19-21)». Esta línea de sabiduría eclesial y pastoral viene también del Espíritu Santo.

77 El Espíritu Santo, principio vital de la fe

8-V-1991

1. La fe es el don fundamental que concede el Espíritu Santo para la vida sobrenatural. El autor de la Carta a los Hebreos insiste mucho en este don, cuando escribe a los cristianos atribulados por las persecuciones: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba (o convencimiento) de las realidades que no se ven» (Heb 11,1). En ese texto de la Carta a los Hebreos se ha visto una especie de definición teológica de la fe, que, como explica Santo Tomás, citándolo, no tiene como objeto las realidades vistas con el intelecto o experimentadas con los sentidos, sino la verdad trascendente de Dios (Veritas Prima), que la revelación nos propone (cfr II-II, q.1, a. 4; y a.1 ).

Para animar a los cristianos, el autor de la Carta a los Hebreos aduce el ejemplo de los creyentes del Antiguo Testamento, casi resumiendo la hagiografía del Libro del Eclesiástico (capítulos 44-50), para decir que todos ellos se movieron hacia el Dios invisible porque estaban sostenidos por la fe. La Carta cita diecisiete ejemplos: «Por la fe, Abel… Por la fe, Noé… Por la fe, Abraham… Por la fe, Moisés…». Y nosotros podemos añadir: Por la fe, María… Por la fe, José… Por la fe, Simeón y Ana… Por la fe, los Apóstoles, los mártires, los confesores, las vírgenes; y los obispos, los presbíteros, los religiosos y los laicos cristianos de todos los siglos… Por la fe, la Iglesia ha caminado a lo largo de los siglos y sigue caminando hoy hacia el Dios invisible, bajo el impulso y la guía del Espíritu Santo.

2. La virtud sobrenatural de la fe puede asumir una forma carismática, como don extraordinario reservado sólo a algunos (cfr 1 Cor 12,9). Pero, en sí misma, es una virtud que el Espíritu ofrece a todos. Como tal, por tanto, la fe no es un carisma, es decir, uno de los dones especiales que el Espíritu «distribuye a cada uno en particular según su voluntad» (1 Cor 12,11; cfr Rom 12,6); sino que es uno de los dones espirituales necesarios a todos los cristianos, el máximo de los cuales es la caridad: «Ahora la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad» (1 Cor 13,13).

Queda claro que la fe, según la doctrina de San Pablo, aun siendo una virtud, es ante todo un don: «A vosotros se os ha concedido la gracia de que (…) creáis en Cristo» (Phil 1,29); y es suscitada en el alma por el Espíritu Santo (cfr 1 Cor 12,3). Más aún, es una virtud por ser un don «espiritual», don del Espíritu Santo que hace al hombre capaz de creer Y lo es ya desde su inicio, como definió el Concilio de Orange (529), al afirmar: «También el inicio de la fe, más aún, la misma disposición a creer .. tiene lugar en nosotros por un don de la gracia, es decir, de la inspiración del Espíritu Santo, quien lleva nuestra voluntad de la incredulidad a la fe» (can. 5; DS 375). Dicho don tiene un valor definitivo, como dice San Pablo: «subsiste». Y está destinado a influir en toda la vida del hombre, hasta el momento de la muerte, cuando la fe encuentra su maduración con el paso a la visión beatífica.

3. San Pablo en su Carta a los Corintios afirma la relación entre la fe y el Espíritu Santo, cuando les recuerda que su acceso al Evangelio tuvo lugar mediante la predicación, en la que obraba el Espíritu Santo: «Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder» (1 Cor 2,4). El Apóstol no se refiere sólo a los milagros que acompañaron su predicación (cfr 2 Cor 12, 12), sino también a las demás efusiones y manifestaciones del Espíritu Santo, que Jesús había prometido antes de la Ascensión (cfr Act 1,8). A Pablo el Espíritu le concedió, de modo especial en su predicación, no saber nada entre los corintios «sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2,2). El Espíritu Santo impulsó a Pablo a proponer a Cristo como objeto esencial de la fe, según el principio enunciado por Jesús en el discurso del Cenáculo: «Él me dará gloria» (Ioh 16,14). El Espíritu Santo es, pues, el inspirador de la predicación apostólica. Lo dice claramente San Pedro en su carta: «Predican el Evangelio en el Espíritu Santo enviado desde el cielo» (1 Pet 1,12).

El Espíritu Santo es también quien la confirma, como nos lo atestiguan los Hechos de los Apóstoles cuando nos refieren la predicación de Pedro a Cornelio y a sus compañeros: «El Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra» (Act 10,44). Y Pedro aduce ese hecho como una aprobación de su acción al admitir a personas no judías a la Iglesia. El Espíritu mismo suscitó en aquellos paganos el deseo de acoger la predicación y los introdujo en la fe de la comunidad cristiana. Y también Él, como hizo en el caso de Pablo, impulsa a Pedro a poner a Jesucristo en el centro de la predicación. Pedro declara sintéticamente: «Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder .. y nosotros somos testigos de todo lo que hizo» (Act 10,38-39). Jesucristo es propuesto como aquel que, consagrado en el Espíritu, exige la fe.

4. El Espíritu Santo anima la profesión de la fe en Cristo. Según San Pablo, antes y por encima de todos los «carismas» particulares está el acto de la fe, del que dice: Nadie puede decir: «¡Jesús es Señor! sino con el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). Reconocer a Cristo y, por tanto, seguirlo y dar testimonio de Él, es obra del Espíritu Santo. Esta doctrina se encuentra en el Concilio de Orante, que hemos citado, y en el Concilio Vaticano I (1869-1870), según el cual nadie puede acoger la predicación evangélica «sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo, que da a todos la docilidad necesaria para aceptar y creer en la verdad» (Const. Dei Filias, c. 3; DS 3010).

Santo Tomás, citando el Concilio de Orante, explica que la fe desde su inicio es don de Dios (cfr Eph 2,8-9), porque «el hombre, al dar su asentimiento a las verdades de fe, es elevado por encima de su naturaleza… y eso no puede realizarse si no es en virtud de un principio sobrenatural que lo mueve desde dentro, es decir, Dios. Por ello, la fe viene de Dios, que obra en el interior por medio de la gracia» (II-II, q. 6, a.1).

5. Después del inicio de la fe, todo su desarrollo posterior se realiza bajo la acción del Espíritu Santo. De manera especial, la continua profundización de la fe, que lleva a conocer cada vez mejor las verdades que se creen, es obra del Espíritu Santo, quien da al alma una luz siempre nueva para penetrar el misterio (cfr Summa Theologiae, II-II, q. 8, aa. l, 5). Lo escribe San Pablo a propósito de la «sabiduría que no es de este mundo», concedida a quienes caminan de acuerdo con las exigencias del Evangelio. Citando algunos textos del Antiguo Testamento (cfr Is 64,3; Sir l,8), quiere mostrar que la revelación recibida por él y por los Corintios supera incluso las más altas aspiraciones humanas: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Cor 2,9-10). «Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado» (1 Cor 2,12). Por tanto, entre los maduros en la fe, «hablamos de sabiduría» (1 Cor 2,6), bajo la acción del Espíritu Santo, que lleva a un descubrimiento siempre nuevo de las verdades contenidas en el misterio de Dios.

6. La fe requiere una vida que esté de acuerdo con la verdad reconocida y profesada. Según San Pablo, esa fe «actúa por la caridad» (Gal 5,6). Santo Tomás refiriéndose a este texto de San Pablo, explica que «la caridad es la forma de la fe» (II-II, q. 4, a. 3), o sea, el principio vital, animador, vivificante. De Él depende que la fe sea una virtud (Ibid., a. 5) y que dure en una adhesión creciente a Dios y en las aplicaciones al comportamiento y a las relaciones humanas, bajo la guía del Espíritu.

Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II, que escribe: «Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe… y penetra más profundamente en ella con juicio certero, y le da más plena aplicación en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio» (Lumen gentium, 12). Se comprende, por ello, la exhortación de San Pablo: «Caminad según el Espíritu» (Gal 5,16). Se comprende también la necesidad de la oración al Espíritu Santo para pedirle que nos de la gracia del conocimiento y de la conformidad de la vida con la verdad conocida. Así, en el himno «veni, Creator Spiritus» le pedimos, por una parte: «Per te sciamus da Patrem»… «Danos a conocer al Padre, y también al Hijo… ; pero, por otra, le suplicamos: «infunde lumen sensibus»… Ilumina nuestros sentidos; penetra de amor nuestros corazones; refuerza nuestros cuerpos débiles con tu fuerza. Aleja a nuestro enemigo; danos la paz del alma; haz que, bajo tu guía, evitemos todos los peligros». Y en la Secuencia de Pentecostés, le confesamos: «Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro»; para luego pedirle: «Lava lo que está manchado; riega lo que es árido; sana lo que está herido; doblega lo que es rígido; infunde calor a lo que está frío; endereza lo que está torcido…». En la fe ponemos bajo la acción del Espíritu Santo toda nuestra vida.

78 El Espíritu Santo, principio vital del amor nuevo

22-V-1991

l. En el alma del cristiano hay un amor nuevo, por el cual participa en el amor mismo de Dios: «El amor de Dios —afirma San Pablo— ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Es un amor de naturaleza divina, por eso muy superior a las capacidades connaturales al alma humana. En el lenguaje teológico, recibe el nombre de caridad. Este amor sobrenatural tiene un papel fundamental en la vida cristiana, como hace notar por ejemplo, Santo Tomás, quien subraya con claridad que la caridad no es sólo «la más noble de todas las virtudes» (excellentissima omnium virtutum), sino también «la forma de todas las virtudes, porque gracias a ella sus actos se ordenan al fin último y debido» (II-II, q. 23, aa. 6 y 8).

La caridad es, por tanto, el valor central del hombre nuevo, «creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Eph 4,24; cfr Gal 3,27; Rom 13,14). Si se compara la vida cristiana a un edificio en construcción, es fácil reconocer en la fe el fundamento de todas las virtudes que lo componen. Es la doctrina del Concilio de Trento, según el cual «la fe es el comienzo de la salvación humana, fundamento y raíz de toda justificación» (cfr DS 2532). Pero la unión con Dios mediante la fe tiene por finalidad la unión con Él en el amor de caridad, amor divino del que participa el alma humana como fuerza operante y unificadora.

2. El Espíritu Santo, al comunicar su impulso vital al alma, la hace apta para observar, en virtud de la caridad sobrenatural, el doble mandamiento del amor dado por Jesucristo: amor a Dios y al prójimo.

«Amarás al Señor, tu Dios, con toda tu mente…» (Mc 12,30; cfr Dt 6,4-5). El Espíritu Santo hace participar al alma del impulso filial de Jesús hacia el Padre, de manera que —como dice San Pablo— «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rom 8,14). Hace amar al Padre como el Hijo lo ha amado, a saber, con un amor filial que se manifiesta en el grito «Abbá» (cfr Gal 4,6; Rom 8,15), pero que se extiende a todo el comportamiento de quienes, en el Espíritu, son hijos de Dios. Bajo el influjo del Espíritu, toda la vida se transforma en un homenaje al Padre, lleno de reverencia y de amor filial.

3. Del Espíritu Santo deriva también la observancia del otro mandamiento: el amor al prójimo. «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado», ordena Jesús a los Apóstoles y a todos sus seguidores. En estas palabras: «como yo os he amado», reside el nuevo valor del amor sobrenatural, que es participación en el amor de Cristo hacia los hombres y, por consiguiente, en la caridad eterna, en la que tiene su primer origen la virtud de la caridad. Como escribió Santo Tomás de Aquino, «la esencia divina es por sí misma caridad, como es sabiduría y bondad. Por eso, así como puede decirse que somos buenos con la bondad que es Dios, y sabios con la sabiduría que es Dios, pues la bondad que nos hace formalmente buenos es la bondad de Dios, y la sabiduría que nos hace formalmente sabios es una participación de la sabiduría divina; así también la caridad con la que formalmente amamos al prójimo es una participación de la caridad divina» (S. Th., II-II, q. 23, a. 2, ad 1). Y esa participación se realiza por obra del Espíritu Santo, que así nos hace capaces de amar no sólo a Dios, sino también al prójimo, como Jesucristo lo amó. Sí, también al prójimo, porque habiéndose derramado el amor de Dios en nuestros corazones, podemos amar a los hombres e incluso, de algún modo, a las mismas criaturas irracionales (cfr S. Th., II-II, q. 25, a. 3) como los ama Dios.

4. La experiencia histórica nos enseña cuán difícil es la realización concreta de este precepto. Y sin embargo, es el centro de la ética cristiana, como un don que viene del Espíritu y que es necesario pedirle. Lo afirma San Pablo, que en la Carta a los Gálatas los exhorta a vivir en la libertad que da la nueva ley del amor, con tal que «no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Gal 5,13). «Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gal 5,14). Y después de haber recomendado: «Por mi parte os digo: si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne» (Gal 5,16), indica el amor de caridad (ágape) como primer «fruto del Espíritu Santo» (Gal 5,22). Por consiguiente, el Espíritu Santo es el que nos hace caminar en el amor y nos hace capaces de superar todos los obstáculos hacia la caridad.

5. En la Primera Carta a los Corintios, San Pablo parece querer complacerse en la enumeración y descripción de las dotes de la caridad hacia el prójimo. En efecto, tras haber recomendado aspirar a los «carismas superiores» (1 Cor 12,13), hace el elogio de la caridad como de algo muy superior a todos los dones extraordinarios que puede conceder el Espíritu Santo, y muy fundamental para la vida cristiana. Brota así de su boca y de su corazón el himno a la caridad, que puede considerarse un himno a la influencia del Espíritu Santo en el comportamiento humano. En él la caridad se configura en una dimensión ética con caracteres de concreción operativa: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa; no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Cor 13, 4-7).

Se diría que San Pablo, al enumerar «los frutos del Espíritu» (Gal 5,22), quisiera indicar, en correlación con el himno, algunos comportamientos esenciales de la caridad. Entre estos:

1) Ante todo, la «paciencia» (cfr el himno: «La caridad, es paciente», 1 Cor 13,4). Se podría observar que el Espíritu mismo da ejemplo de paciencia con los pecadores y con su comportamiento imperfecto, como se lee en los evangelios, en los que Jesús es llamado «amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19; Lc 7,34). Es un reflejo de la misma caridad de Dios, observó Santo Tomás, «que usa misericordia por amor, porque nos ama como algo propio» (II-II, q. 30, a. 2, ad 1).

2) Fruto del Espíritu es la «benevolencia» (cfr el himno: «la caridad es servicial», 1 Cor 13,4). También ella es un reflejo de la benevolencia divina hacia los demás, vistos y tratados con simpatía y comprensión.

3) Está luego la «bondad» (cfr el himno: La caridad «no busca su interés», 1 Cor 13, 5). Se trata de un amor dispuesto a dar generosamente, como el del Espíritu Santo, que multiplica sus dones y hace partícipes de la caridad del Padre a los creyentes.

4) En fin, la «mansedumbre» (cfr el himno: la caridad «no se irrita», 1 Cor 13,5). El Espíritu Santo ayuda a los cristianos a reproducir las disposiciones del «corazón manso y humilde» (Mt 11,29) de Cristo y a poner en práctica la bienaventuranza de la mansedumbre que Él proclamó (cfr Mt 5,4).

6. Con la enumeración de las «obras de la carne» (cfr Gal 5,19-21 ), San Pablo aclara las exigencias de la caridad, de la que derivan deberes bien concretos, en oposición a las tendencias del homo animalis, es decir, víctima de sus propias pasiones. En particular: evitar los celos y las envidias, deseando el bien del prójimo; evitar las enemistades, las discordias, las divisiones y las rencillas, promoviendo todo lo que lleve a la unidad. A esto alude el versículo del himno paulino, en el que se dice que la caridad «no toma en cuenta el mal» (1 Cor 13,5). El Espíritu Santo inspira la generosidad del perdón por las ofensas recibidas y por los daños sufridos; y capacita para ello a los fieles a quienes, como Espíritu de luz y de amor, hace descubrir las exigencias ilimitadas de la caridad.

7. La historia confirma la verdad de lo expuesto: la caridad resplandece en la vida de los santos y de la Iglesia, desde el día de Pentecostés hasta hoy. Todos los santos y todas las épocas de la Iglesia llevan consigo los signos de la caridad y del Espíritu Santo. Se diría que en algunos períodos históricos la caridad, bajo la inspiración y la guía del Espíritu, ha asumido formas caracterizadas particularmente por la acción auxiliadora y organizadora de las ayudas para vencer el hambre, las enfermedades y las epidemias de tipo antiguo y nuevo. Hubo así «santos de la caridad», como fueron llamados especialmente en el siglo XIX y en el nuestro. Son obispos, presbíteros, religiosos y religiosas y laicos cristianos; todos diáconos de la caridad. Muchos han sido glorificados por la Iglesia; muchos otros por los biógrafos y los historiadores, que logran ver con sus ojos o descubrir en los documentos la verdadera grandeza de estos seguidores de Cristo y siervos de Dios. Y, no obstante, la mayoría permanece en aquel anonimato de la caridad que, sin cesar y eficazmente colma de bien al mundo. ¡Que la gloria esté también con estos soldados desconocidos, con estos testigos silenciosos de la caridad! ¡Dios los conoce, Dios los glorifica verdaderamente! Tenemos que estarles agradecidos, pues son la prueba histórica del «amor de Dios derramado en los corazones humanos» por el Espíritu Santo, primer artífice y principio vital del amor cristiano.

79 El Espíritu Santo, fuente de la paz

29-V-1991

1. La paz es el gran deseo de la humanidad de nuestro tiempo. Lo es de dos formas fundamentales: la exclusión de la guerra como medio de solución de las diferencias entre los pueblos —o entre los Estados— y la superación de los conflictos sociales mediante la realización de la justicia. ¿Cómo negar que la difusión de estos sentimientos representa ya un progreso de la psicología social, de la mentalidad política y de la misma organización de la convivencia nacional e internacional? La Iglesia que —especialmente frente a las recientes experiencias dramáticas— no hace sino predicar e invocar la paz, no puede menos de alegrarse cuando constata los nuevos logros del derecho, de las instituciones sociales y políticas y, más a fondo, de la misma conciencia humana acerca de la paz.

Sin embargo, persisten también en nuestro mundo conflictos profundos que son el origen de muchas disputas étnicas y culturales, además de económicas y políticas. Para ser realistas y leales, no se puede menos de reconocer la dificultad, es más, la imposibilidad de conservar la paz sin un principio más elevado que actúe profundamente en los ánimos con fuerza divina.

2. Según la doctrina revelada, este principio es el Espíritu Santo, que comunica a los hombres la paz espiritual, la paz íntima, que se expande como paz en la sociedad.

Es Jesús mismo, hablando a los discípulos con el don del Espíritu Santo, que establece en los corazones dicha paz. En efecto, en el texto de Juan la promesa de la paz sigue a la promesa de la venida del Paráclito (cfr Ioh 14,26). La obra pacificadora de Cristo se realizará por medio del Espíritu Santo, enviado para llevar a pleno cumplimiento la misión del Salvador.

3. Hay que notar que la paz de Cristo se anuncia y se ofrece con el perdón de los pecados, como se observa en las palabras de Jesús resucitado a los discípulos: «La paz con vosotros (…) Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados» (Ioh 20,21-23). Se trata de la paz que es el efecto del sacrificio redentor, consumado en la cruz, que alcanza su cumplimiento en la glorificación de Cristo.

Ésta es la primera forma de la paz que los hombres necesitan: la paz conseguida con la superación del obstáculo del pecado. Es una paz que sólo puede venir de Dios, con el perdón de los pecados mediante el sacrificio de Cristo. El Espíritu Santo, que realiza este perdón en los individuos, es para los hombres principio operativo de la paz fundamental que reconcilia con Dios.

4. Según san Pablo, la paz es «fruto del Espíritu Santo», relacionado con el amor: «Fruto del Espíritu es amor; alegría, paz…» (Gal 5,22). Se contrapone a las obras de la carne, entre las cuales —según el Apóstol— figuran «discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias,…» (Gal 5,20). Se trata de un conjunto de obstáculos que son, ante todo, interiores, y que impiden la paz del alma y la paz social. Precisamente porque transforma las disposiciones íntimas, el Espíritu Santo suscita un comportamiento fundamental de paz también en el mundo. Pablo dice de Cristo que es «nuestra paz» (Eph 2,14), y explica que Cristo hizo la paz y reconcilió a todos los hombres con Dios por medio de su sacrificio, del que nació un solo hombre nuevo, sobre las cenizas de las divisiones y las enemistades entre los hombres. Pero el mismo Apóstol agrega que esta paz se realiza en el Espíritu Santo: «Por medio de Cristo, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Eph 2,18). Se trata siempre de la única paz verdadera de Cristo, pero infundida y vivida en los corazones bajo el impulso del Espíritu Santo.

5. En la carta a los Filipenses, el Apóstol habla de la paz como de un don concedido a quienes aun en medio de las angustias de la vida, se dirigen a Dios «mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias…», y asegura: «La paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Phil 4,6-7).

La vida de los santos es un testimonio y una prueba de este origen divino de la paz. Se muestran únicamente serenos en medio de las pruebas más dolorosas y de las tormentas que parecen abatirlos. Algo —o mejor, Alguien— está presente y obra en ellos para protegerlos del oleaje de las vicisitudes externas y de su misma debilidad y miedo. Es el Espíritu Santo el autor de esa paz que es fruto del amor, que Él infunde en los corazones (cfr S. Th., II-II, q. 29, aa. 3-4).

6. Según san Pablo, «el Reino de Dios (…) es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rom 14,17). El Apóstol formula este principio cuando recomienda a los cristianos que no juzguen con malevolencia a los más débiles de entre ellos, quienes no lograban liberarse de ciertas imposiciones de prácticas ascéticas fundadas en una idea falsa de la pureza, como por ejemplo la prohibición de comer carne y de beber vino, costumbre de algunos paganos —como los pitagóricos— y también de algunos judíos —como los esenios—. Pablo invita a seguir la regla de una conciencia iluminada y cierta (cfr Rom 14,5-6.23), pero, sobre todo, la inspiración de la caridad, que debe regular la conducta de los fuertes: «Nada hay de suyo impuro (…). Ahora bien, si por un alimento tu hermano se entristece, tú no procedes ya según la caridad. ¡Que por tu comida no destruyas a aquel por quien murió Cristo!» (Rom 14,14-15).

Por consiguiente, Pablo recomienda no crear perturbaciones en la comunidad, no suscitar conflictos y no escandalizar a los demás: «Procuremos (…) lo que fomente la paz y la mutua edificación» (Rom 14,19), exhorta. Cada cual debe preocuparse por conservar la armonía, evitando usar la libertad del cristiano de manera tendenciosa que hiera y perjudique al prójimo. El principio que enuncia el Apóstol es éste: la caridad debe regular y disciplinar a la libertad. Al tratar un problema particular, Pablo enuncia el principio general: «El reino de Dios es paz en el Espíritu Santo».

7. El cristiano debe empeñarse, por tanto, en secundar la acción del Espíritu Santo, alimentando en el alma las «tendencias del espíritu, que son vida y paz» (Rom 8,6). De aquí las repetidas exhortaciones del Apóstol a los fieles, para «conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Eph 4,3), para comportarse «con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor» (Eph 4,3) y para abandonar cada vez más las tendencias de la carne que llevan el odio a Dios y que están en conflicto con las del espíritu, que «son paz» (Rom 8,6-7). Sólo si están unidos en «el vínculo de la paz», los cristianos se muestran «unidos en el Espíritu» y son seguidores auténticos de aquel que vino al mundo para traer la paz.

El deseo del Apóstol es que reciban de Dios el gran don, que es un elemento esencial de la vida en el Espíritu: «El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe (…) por la fuerza del Espíritu Santo» (Rom 15,13).

8. Al concluir esta catequesis, quiero desear también yo a todos los cristianos, a todos los hombres, la paz en el Espíritu Santo. Y recordar una vez más que, según la enseñanza de Pablo y el testimonio de las almas santas, el Espíritu Santo hace reconocer sus inspiraciones mediante la paz íntima que ellos llevan en el corazón. Las sugerencias del Espíritu Santo van en el sentido de la paz, no en el de la turbación, la discordia, la disensión y la hostilidad frente al bien. Puede haber una legítima diversidad de opiniones sobre puntos particulares y sobre los medios para alcanzar un fin común; pero la caridad, participación en el Espíritu Santo, impulsa hacia la concordia y la unión profunda en el bien que quiere el Señor San Pablo es categórico: «Dios no es un Dios de confusión, sino de paz» (1 Cor 14,33).

Esto vale, obviamente, para la paz de los ánimos y de los corazones en el seno de las comunidades cristianas. Pero cuando el Espíritu Santo reina en los corazones, los estimula a hacer todos los esfuerzos por establecer la paz en las relaciones con los demás, en todos los niveles: familiar, cívico, social, político, étnico, nacional e internacional (cfr Rom 12,18; Heb 12,14). En particular, estimula a los cristianos a una obra de mediación sabia en la búsqueda de la reconciliación entre las gentes en conflicto y de la adopción del diálogo como medio que hay que emplear contra las tentaciones y las amenazas de la guerra.

Oremos a fin de que los cristianos, la Iglesia, y todos los hombres de buena voluntad, ¡se empeñen cada vez más en la obediencia fiel al Espíritu de la paz!

80 El Espíritu Santo, fuente de la verdadera alegría

19-VI-1991

l. San Pablo afirma en diversas ocasiones que «el fruto del Espíritu es alegría» (Gal 5, 22), como lo son el amor y la paz, de los que hemos tratado en las catequesis anteriores. Está claro que el Apóstol habla de la alegría verdadera, esa que colma el corazón humano, no de una alegría superficial y transitoria, como es a menudo la alegría mundana.

No es difícil, incluso para un observador que se mueva sólo en la línea de la psicología y la experiencia, descubrir que la degradación en el campo del placer y del amor es proporcional al vacío que dejan en el hombre las alegrías que engañan y defraudan, buscadas en lo que San Pablo llamaba las «obras de la carne»: «Fornicación, impureza, libertinaje, (…), embriagueces, orgías y cosas semejantes» (Gal 5,19.21). A estas alegrías falsas se pueden agregar y a veces van unidas, las que se buscan en la posesión y en el uso desenfrenado de la riqueza, el lujo y la ambición del poder, en suma, en esa pasión y casi frenesí hacia los bienes terrenos que fácilmente produce ceguera de mente, como advierte San Pablo (cfr Eph 4,18-19), y que Jesús lamenta (cfr Mc 4,19).

2. Pablo, para exhortar a los convertidos a guardarse de las maldades, se refería a la situación del mundo pagano: «Pero no es éste el Cristo que vosotros habéis aprendido, si es que habéis oído hablar de Él y en Él habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y revestiros del hombre nuevo, creado según Dios “en la justicia y santidad de la verdad”» (Eph 4,20-24). Es la «nueva criatura» (cfr 2 Cor 5,17), obra del Espíritu Santo, presente en el alma y en la Iglesia. Por eso, el Apóstol concluye así su exhortación a la buena conducta y a la paz: «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención» (Eph 4, 30).

Si el cristiano «entristece» al Espíritu Santo, que vive en el alma, ciertamente no puede esperar poseer la alegría verdadera, que proviene de Él: «Fruto del Espíritu es amor, alegría, paz …» (Gal 5,22). Sólo el Espíritu Santo da la alegría profunda, plena, duradera, a la que aspira todo corazón humano. El hombre es un ser hecho para la alegría, no para la tristeza. Pablo VI recordó esto a los cristianos y a todos los hombres de nuestro tiempo en la exhortación apostólica Gaudete in Domino. Y la alegría verdadera es don del Espíritu Santo.

3. En el texto de la Carta a los Gálatas, Pablo nos ha dicho que la alegría está vinculada a la caridad (cfr Gal 5,22). No puede ser por tanto, una experiencia egoísta, fruto de un amor desordenado. La alegría verdadera incluye la justicia del reino de Dios, del que San Pablo dice que es «justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rom 14,17).

Se trata de la justicia evangélica, que consiste en la conformidad con la voluntad de Dios, en la obediencia a sus leyes y en la amistad personal con Él. Fuera de esta amistad, no hay alegría verdadera. Es más, «la tristeza como mal y vicio —explica Santo Tomás— es causada por el amor desordenado hacia sí mismo, que (…) es la raíz general de los vicios» (II-II, q. 28, a. 4, ad l; cfr I-II, q. 72, a. 4). El pecado es fuente de tristeza, sobre todo porque es una desviación y casi una separación del alma del justo orden de Dios, que da consistencia a la vida. El Espíritu Santo, que obra en el hombre la nueva justicia en la caridad, elimina la tristeza y da la alegría; esa alegría que vemos florecer en el Evangelio.

4. El Evangelio es una invitación a la alegría y una experiencia de alegría verdadera y profunda. Así, en la Anunciación, María es invitada a la alegría: «Alégrate (Xaire), llena de gracia» (Lc 1,28). Es el coronamiento de toda una serie de invitaciones formuladas por los profetas en el Antiguo Testamento (cfr Zach 9,9; Soph 3,14-17; Ioel 2,21-27; Is 54,1). La alegría de María se realizará con la venida del Espíritu Santo, que le fue anunciada como motivo del «alégrate».

En la Visitación, Isabel se llena del Espíritu Santo y de alegría, con una participación natural y sobrenatural en el regocijo del hijo que aún está en su seno: «Saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44). Isabel percibe la alegría de su hijo y la exterioriza, pero es el Espíritu Santo el que, según el evangelista, llena de tal alegría a ambas mujeres. María, a su vez, siente brotar del corazón el canto de alegría precisamente en ese momento; canto que expresa la alegría humilde, límpida y profunda que la llena como si fuera la realización del «alégrate» del ángel: «Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador» (Lc 1,47). También en estas palabras de María resuena la voz de la alegría de los profetas, así como resuena en el Libro de Habacuc: «¡Yo en el Señor exultaré, jubilaré en el Dios de mi salvación!» (3,18).

Una prolongación de este regocijo se produce durante la presentación del niño Jesús en el templo, cuando Simeón, al encontrarse con Él, se alegra bajo la moción del Espíritu Santo, que le había inspirado el deseo de ver al Mesías y que lo había impulsado a ir al templo (cfr Lc 2,26-32). A su vez, la profetisa Ana, así llamada por el evangelista que, por tanto, la presenta como mujer entregada a Dios e intérprete de sus pensamientos y mandamientos, según la tradición de Israel (cfr Ex 15,20; Iud 4,9; 2 Reg 22,14), expresa mediante la alabanza a Dios la alegría íntima que también en ella tiene origen en el Espíritu Santo (cfr Lc 2,36-38).

5. En las páginas evangélicas relacionadas con la vida pública de Jesús leemos que, en cierto momento, Él mismo «se llenó de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Jesús muestra alegría y gratitud en una oración que celebra la benevolencia del Padre; «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado esta cosa a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Ibid.). En Jesús, la alegría asume toda su fuerza en el impulso hacia el Padre. Así sucede con las alegrías estimuladas y sostenidas por el Espíritu Santo en la vida de los hombres; su carga de vitalidad secreta los orienta en el sentido de un amor pleno de gratitud hacia el Padre. Toda alegría verdadera tiene como fin último al Padre.

Jesús dirige a sus discípulos la invitación a alegrarse, a vencer la tentación de la tristeza por la partida del Maestro, porque esta partida es condición establecida en el designio divino para la venida del Espíritu Santo: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré» (Ioh 16,7). Será el don del Espíritu el que procurará a los discípulos una alegría inmensa, es más, la plenitud de la alegría, según la intención expresada por Jesús. El Salvador en efecto, después de haber invitado a los discípulos a permanecer en su amor había dicho: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Ioh 15,11; cfr 17,13). Es el Espíritu Santo el que pone en el corazón de los discípulos la misma alegría de Jesús, alegría de la fidelidad al amor que viene del Padre.

San Lucas atestigua que los discípulos, que en el momento de la Ascensión habían recibido la promesa del don del Espíritu Santo, «se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (Lc 24,52-53). En los Hechos de los Apóstoles se narra que, después de Pentecostés, se había creado un clima de alegría profunda entre los Apóstoles, que se transmitía a la comunidad en forma de júbilo y entusiasmo al abrazar la fe, al recibir el bautismo y al vivir juntos, como demuestra el hecho de que «tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo» (2,46-47). El libro de los Hechos anota: «Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo» (13,52).

6. Muy pronto llegarían las tribulaciones y las persecuciones que Jesús había predicho precisamente al anunciar la venida del Paráclito-Consolador (cfr Ioh 16,1 ss.). Pero según los Hechos, la alegría perdura incluso en la prueba. En efecto, se lee que los Apóstoles, llevados a la presencia del Sanedrín, azotados, amonestados y mandados a casa, se marcharon «contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús. Y no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas» (5,41-42).

Por lo demás, ésta es la condición y el destino de los cristianos, como recuerda San Pablo a los Tesalonicenses: «Os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones» (1 Thes 1,6). Los cristianos, según San Pablo, repiten en sí mismos el misterio pascual de Cristo, cuyo gozne es la cruz. Pero su coronamiento es la «alegría del Espíritu Santo» para quienes perseveran en las pruebas. Es la alegría de las bienaventuranzas y, más particularmente, de las bienaventuranzas de los afligidos y los perseguidos (cfr Mt 5,4.10-12). ¿Acaso no afirmaba el apóstol Pablo, «me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros» (Col 1,24)? Pedro, por su parte, exhortaba: «Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria» (1 Pet 4,13). ¡Pidamos al Espíritu Santo que encienda cada vez más en nosotros el deseo de los bienes celestiales y que un día gocemos de su plenitud. «Danos virtud y premio, danos una muerte santa, danos la alegría eterna». Amén.

81 El Espíritu Santo,generador de la fortaleza cristiana

26-VI-1991

l. Los hombres de hoy, particularmente expuestos a los asaltos, insidias y seducciones del mundo, tienen especial necesidad del don de la fortaleza; es decir, del don del valor y la constancia en la lucha contra el espíritu del mal que asedia a quien vive en la tierra, para desviarlo del camino del cielo. Especialmente en los momentos de tentación y de sufrimiento, muchos corren el riesgo de vacilar o de ceder. También los cristianos corren siempre el riesgo de caer desde la altura de su vocación y de desviarse de la lógica de la gracia bautismal que les ha sido concedida como un germen de vida eterna. Precisamente por esto, Jesús nos ha revelado y prometido el Espíritu Santo como consolador y defensor (cfr Ioh 16, 5-15). Por medio de Él se nos concede el don de la fortaleza sobrenatural, que es una participación en nosotros de la misma potencia y firmeza del Ser divino (cfr S. Th., I-II, q. 61, a. 5; q. 68, a. 4).

2. Ya en el Antiguo Testamento encontramos muchos testimonios de la acción del Espíritu divino que sostenía a cada uno de los personajes, pero también a todo el pueblo, en las diversas peripecias de su historia. Sin embargo, es sobre todo en el Nuevo Testamento donde se revela la potencia del Espíritu Santo y se promete a los creyentes su presencia y acción en todas las luchas, hasta la victoria final. Muchas veces nos hemos referido a ello en las catequesis anteriores. Aquí me limito a recordar que, en la Anunciación, el Espíritu Santo se revela y se concede a María como «poder del Altísimo», que demuestra que «ninguna cosa es imposible a Dios» (Lc 1, 5-37).

Y, en Pentecostés, el Espíritu Santo, que manifiesta su poder con el signo simbólico del viento impetuoso (cfr Act 2,2), comunica a los Apóstoles y a cuantos se encuentran con ellos en ese «mismo lugar» (Act 2,1), la nueva fortaleza prometida por Jesús en su discurso de despedida (cfr Ioh 16,8-11) y poco antes de la Ascensión: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros…» (Act 1,8; cfr Lc 24,49).

3. Se trata de una fuerza interior, arraigada en el amor (cfr Eph 3,17), como escribe San Pablo a los efesios: el Padre «os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Eph 3,16). Pablo pide al Padre que dé a los destinatarios de su carta esta fuerza superior, que la tradición cristiana incluye entre los «dones del Espíritu Santo», tomándolos del texto de Isaías, quien los enumera como propiedades del Mesías (cfr Is 11,2 ss.). El Espíritu Santo comunica también a los seguidores de Cristo, de entre los dones que colman su alma santísima, la fortaleza de la que Él fue modelo en su vida y en su muerte. Se puede decir que al cristiano empeñado en la «batalla espiritual», se le comunica la fortaleza de la cruz.

El Espíritu interviene con una acción profunda y continua en todos los momentos y bajo todos los aspectos de la vida cristiana, con el fin de orientar los deseos humanos en la dirección justa, que es la del amor generoso a Dios y al prójimo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Con este fin, el Espíritu Santo robustece la voluntad, haciendo que el hombre sea capaz de resistir a las tentaciones, vencer en las luchas interiores y exteriores, derrotar el poder del mal y, en particular, a Satanás, como Jesús, a quien el Espíritu llevó al desierto (cfr Lc 4,1), y realizar la empresa de una vida de acuerdo con el Evangelio.

4. El Espíritu Santo otorga al cristiano la fuerza de la fidelidad, de la paciencia y de la perseverancia en el camino del bien y en la lucha contra el mal. Ya en el Antiguo Testamento el profeta Ezequiel anunciaba al pueblo la promesa de Dios: «Pondré en ellos mi Espíritu», que tenía como objetivo obtener la fidelidad del pueblo de la nueva alianza (cfr Eph 36,27). San Pablo en la Carta a los Gálatas enumera entre los «frutos del Espíritu Santo» la «paciencia», la «fidelidad» y el «dominio de sí» (5,22). Son virtudes necesarias para una vida cristiana coherente. Entre ellas, se distingue la «paciencia», que es una propiedad de la caridad (cfr 1 Cor 13,4) y es infundida en el alma por el Espíritu Santo junto con las misma caridad (cfr Rom 5,5), como parte de la fortaleza que es preciso ejercitar para afrontar los males y las tribulaciones de la vida y de la muerte. Unida a ella va la «perseverancia», que es la continuidad en el ejercicio de las obras buenas con la victoria sobre la dificultad que implica la larga duración del camino que hay que recorrer; semejante a ésta es la «constancia», que hace persistir en el bien a pesar de todos los obstáculos externos; ambas son fruto de la gracia, que permite que el hombre llegue al final de la vida humana por el camino del bien (cfr San Agustín, De Perseverantia, c.1; PL 45, 993; De corrept. et gratia, c.12; PL 44, 937).

Este ejercicio valeroso de la virtud se exige a todo cristiano que, incluso bajo el régimen de la gracia, conserva la fragilidad de la libertad, como hacía notar San Agustín en la controversia con los seguidores de Pelagio (cfr De corrept. et gratia, c. 12, cita); pero es el Espíritu Santo el que da la fuerza sobrenatural para poner en práctica la voluntad divina y conformar la existencia a los mandamientos promulgados por Cristo. Escribe San Pablo: «La ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte». Así, los cristianos tienen la posibilidad de «vivir según el espíritu» y de cumplir «la justicia de la ley», esto es, de cumplir la voluntad divina (cfr Eph 8,2-4).

5. El Espíritu Santo da también la fuerza para cumplir la misión apostólica, confiada a quienes fueron designados propagadores del Evangelio. Por eso, en el momento de enviar a sus discípulos a la misión, Jesús les pide que esperen el día de Pentecostés, a fin de recibir la fuerza del Espíritu Santo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros» (Act 1,8). Sólo con esta fuerza podrán ser testigos del Evangelio hasta los confines de la tierra, según el mandato de Jesús.

En todos los tiempos, hasta hoy, es el Espíritu Santo el que permite empeñar todas las facultades y recursos, emplear todos los talentos, gastar y, si fuera necesario, consumir toda la vida en la misión recibida. Es el Espíritu Santo el que obra maravillas en la acción apostólica de los hombres de Dios y de la Iglesia, a los que Él elige e impulsa. Es, sobre todo, el Espíritu Santo el que asegura la eficacia de semejante acción, cualquiera que sea la medida de la capacidad humana de los llamados. San Pablo lo decía en la Primera Carta a los Corintios, hablando de su misma predicación como de una «demostración del Espíritu y del poder» (1 Cor 2,4) de un apostolado realizado, por tanto, «de palabra y de obra, en virtud de señales y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios» (Rom 15,18-19). Pablo atribuye el valor de su obra de evangelización a este poder del Espíritu.

Incluso entre las dificultades, a veces enormes, que se encuentran en el apostolado, es el Espíritu Santo el que da la fuerza para perseverar, renovando el valor y socorriendo a quienes sienten la tentación de renunciar al cumplimiento de su misión. Es la experiencia ya realizada en la primera comunidad cristiana, en la que los hermanos, sometidos a las persecuciones de los adversarios de la fe, suplicaban: «Y ahora, Señor, ten en cuenta sus amenazas y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía» (Act 4,29). Y «acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía» (Act 4,31).

6. Es el Espíritu Santo el que sostiene a los que sufren persecución, a quienes Jesús mismo promete: «El Espíritu de vuestro Padre hablará en vosotros» (Mt 10,20). Sobre todo el martirio, que el Concilio Vaticano II define «don eximio y la suprema prueba de amor», es un acto heroico de fortaleza, inspirado por el Espíritu Santo (cfr Lumen gentium, 42). Lo demuestran los santos y santas mártires de todas las épocas, que fueron al encuentro de la muerte por la abundancia de la caridad que ardía en sus corazones. Santo Tomás, que examina un buen número de casos de mártires antiguos —incluso de niñas de tierna edad— y los textos de los Padres que guardan relación con ellos, concluye que el martirio es «el acto humano más perfecto», porque nace del amor de caridad, cuya perfección destaca en sumo grado (cfr II-II, q. 124, a. 3). Es lo que afirma Jesús mismo en el evangelio: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Ioh 15,13).

Para concluir, es un deber mencionar la confirmación, sacramento en el que el don del Espíritu Santo se confiere ad robur: para la fortaleza. Tiene como finalidad comunicar la fortaleza que será necesaria en la vida cristiana y en el apostolado del testimonio y de la acción, al que todos los cristianos están llamados. Es significativo que el rito de bendición del santo crisma aluda a la unción que el Espíritu Santo concedió a los mártires. El martirio es la forma suprema de testimonio. La Iglesia lo sabe, y encomienda al Espíritu la misión de sostener si fuera necesario, el testimonio de los fieles hasta el heroísmo.

82 El Espíritu Santo, prenda de la esperanza escatológica y fuente de la perseverancia final

3-VII-1991

1. Entre los dones mayores, que según escribe San Pablo en la Carta a los Corintios son permanentes, está la esperanza (cfr 1 Cor 12,31). Desempeña un papel fundamental en la vida cristiana, al igual que la fe y la caridad, aunque «la mayor de todas ellas es la caridad» (cfr 1 Cor 13,13). Es evidente que no se ha de entender la esperanza en el sentido restrictivo de don particular o extraordinario, concedido a algunos para el bien de la comunidad, sino como don del Espíritu Santo ofrecido a todo hombre que en la fe se abre a Cristo. A este don hay que prestarle una atención particular, sobre todo en nuestro tiempo, en el que muchos hombres, y no poco cristianos, se debaten entre la ilusión y el mito de una capacidad infinita de auto-redención y de realización de sí mismos, y la tentación del pesimismo al sufrir frecuentes decepciones y derrotas.

La esperanza cristiana, aunque incluye el movimiento psicológico del alma que tiende al bien arduo, se coloca en el nivel sobrenatural de las virtudes que derivan de la gracia (cfr S. Th., III, q. 7, a. 2), como don que Dios hace al creyente para la vida eterna. Es, por tanto, una virtud típica del homo viator, el hombre peregrino que, aunque conoce a Dios y la vocación eterna por medio de la fe, no ha llegado aún a la visión. La esperanza, en cierto modo, lo hace «penetrar más allá del velo», como dice la Carta a los Hebreos (cfr 6,19).

2. De aquí que la dimensión escatológica sea esencial en esta virtud. El Espíritu Santo vino en Pentecostés para cumplir las promesas contenidas en el anuncio de la salvación, como leemos en los Hechos de los Apóstoles: «Y exaltado [Jesús) por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís» (2,33). Pero este cumplimiento de la promesa se proyecta hacia toda la historia, hasta los últimos tiempos. Para quienes tienen fe en la palabra de Dios que Cristo reveló y predicaron los Apóstoles, la escatología ha comenzado a realizarse, es más, puede decirse que ya se ha realizado en su aspecto fundamental: la presencia del Espíritu Santo en la historia humana, cuyo significado e impulso vital brotan del acontecimiento de Pentecostés, con vistas a la meta divina de cada hombre y de toda la humanidad. En el Antiguo Testamento la enseñanza tenía como fundamento la promesa de la presencia permanente y providencial de Dios, que se manifestaría en el Mesías; en el Nuevo Testamento, la esperanza, por la gracia del Espíritu Santo, que es su origen, implica ya una posesión anticipada de la gloria futura.

En esta perspectiva, San Pablo afirma que el don del Espíritu Santo es como prenda de la felicidad futura: «Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria» (Eph 1,13-14; cfr 4,30; 2 Cor 1,22).

Se puede decir que la vida cristiana en la tierra es como una iniciación en la participación plena en la gloria de Dios; y el Espíritu Santo es la garantía de alcanzar la plenitud de la vida eterna cuando, por efecto de la redención, sean vencidos también los restos del pecado, como el dolor y la muerte. Así, la esperanza cristiana no sólo es garantía, sino también anticipación de la realidad futura.

3. La esperanza que el Espíritu Santo enciende en el cristiano tiene, asimismo, una dimensión que se podría llamar cósmica, pues incluye la tierra y el cielo, lo experimentable y lo inaccesible, lo conocido y lo desconocido. «La ansiosa espera de la creación —escribe San Pablo— desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo» (Rom 8,19-23). El cristiano, consciente de la vocación del hombre y del destino del universo, capta el sentido de esa gestación universal y descubre que se trata de la adopción divina para todos los hombres, llamados a participar en la gloria de Dios que se refleja en toda la creación. El cristiano sabe que ya posee las primicias de esta adopción en el Espíritu Santo y, por eso, mira con esperanza serena el destino del mundo, aun en medio de las tribulaciones del tiempo.

Iluminado por la fe, comprende el significado y casi experimenta la verdad del pasaje sucesivo de la Carta a los Romanos, en el que el Apóstol nos asegura que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios. Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que lo aman; de aquellos que han sido llamados según su designio» (Rom 8,26-28).

4. Como se puede ver, el Espíritu Santo vive, ora y obra en el sagrario del alma, y nos hace entrar cada vez más en la perspectiva del fin último, que es Dios, conformando toda nuestra vida a su plan salvífico. Por eso, Él mismo, orando en nosotros, nos hace orar con sentimientos y palabras de hijos de Dios (cfr Rom 8,15.26-27; Gal 4,6; Eph 6,18), en íntima relación espiritual y escatológica con Cristo, quien está sentado a la diestra de Dios, desde donde intercede por nosotros (cfr Rom 8,34; Heb 7,25; 1 Ioh 2,1). Así, nos salva de las ilusiones y de los falsos caminos de salvación; moviendo nuestro corazón hacia el objetivo auténtico de nuestra vida, nos libera del pesimismo y del nihilismo, tentaciones particularmente insidiosas para quien no parte de premisas de fe o, por lo menos, de una búsqueda sincera de Dios.

Es necesario añadir que también el cuerpo está implicado en esta dimensión de esperanza que el Espíritu Santo da a la persona humana. Nos lo dice, una vez más, San Pablo: «Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesucristo de entre los muertos habita en vosotros, aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11; cfr 2 Cor 5,5). Por ahora contentémonos con haber presentado este aspecto de la esperanza en su dimensión antropológica y personal, pero también cósmica y escatológica; volveremos a abordarla en la catequesis que, si Dios quiere, dedicaremos, a su debido tiempo, a estos artículos fascinantes y fundamentales del Credo cristiano: la resurrección de los muertos y la vida eterna de todo el hombre, alma y cuerpo.

5. Una última observación: el itinerario terreno de la vida tiene un término que, si se llega a él en la amistad con Dios, coincide con el primer momento de la vida bienaventurada. Aunque en su paso al cielo el alma tenga que sufrir la purificación de sus últimas escorias mediante el purgatorio, ya está llena de luz, de certeza y de gozo, puesto que sabe que pertenece para siempre a su Dios. En este punto culminante, el alma es guiada por el Espíritu Santo, autor y dador no sólo de la «primera gracia» justificante y de la gracia santificante a lo largo de toda nuestra vida, sino también de la gracia glorificante in hora mortis. Es la gracia de la perseverancia final, según la doctrina del Concilio de Orange (cfr Denz. 183, 199) y del Concilio de Trento (cfr Denz. 806, 809 y 832), fundada en la enseñanza del Apóstol, según el cual Dios es quien concede «el querer y el obrar» el bien (Phil 2,13), y el hombre debe orar para obtener la gracia de hacer el bien hasta el final (cfr Rom 14,4; 1 Cor 10,12; Mt 10,22; 24,13).

6. Las palabras del apóstol Pablo nos enseñan a ver en el don de la Tercera Persona divina la garantía del cumplimiento de nuestra aspiración a la salvación: «La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Y por eso: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?». La respuesta es segura: nada «podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom 8, 35-39). Por tanto, el deseo de Pablo es que rebosemos «de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rom 15,13). Aquí reside el optimismo cristiano: optimismo frente al destino del mundo, frente a la posibilidad de salvación del hombre en todos los tiempos, incluso en los más difíciles y duros, y frente al desarrollo de la historia hacia la glorificación perfecta de Cristo («Él me dará gloria» (Ioh 16,14) y la participación plena de los creyentes en la gloria de los hijos de Dios.

Con esta perspectiva, el cristiano puede tener la cabeza erguida y asociarse a la invocación que, según el Apocalipsis, es el suspiro más profundo que el Espíritu Santo ha suscitado en la historia: «El Espíritu y la novia dicen: “¡Ven!”» (22,17). Ésta es la invitación final del Apocalipsis y del Nuevo Testamento: «Y el que oiga diga: “¡Ven!”. Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida (…). ¡Ven, Señor Jesús!» (Apc 22,17-20).

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