Los Frutos del Espíritu en la Familia – María Sangiovanni

” Aquel día aprendí la gran lección: yo había esperado que los míos cambiaran, pero no había comprendido que antes que ellos debía cambiar yo”. María Sangiovanni.

 Yo quisiera exponer lo que pasa en una familia cuando alguna o varias de las personas de esa familia deciden dejar que Jesús sea el centro del hogar; lo que pasa en una familia cuando hay alguien que decide comenzar a vivir lo que llamamos la vida en el Espíritu. Y ¿qué es la vida en el Espíritu? La vida en el Espíritu es la vida de unión con Dios, una vida que va progresando a medida que vamos creciendo en esta unión con Dios.

Muchos conocen mi testimonio y los que no lo han conocido con detalle han podido vislumbrar que hace unos años, mi vida no era lo que es ahora. Si pudiera describirles mi vida de familia, les diría que era un infierno y que debido a ese infierno en el que yo vivía, comprendí que no podía seguir manteniendo esa situación.

 Entonces empezó todo aquello de considerar el divorcio, de desechar el divorcio pensando que iba a ser un dolor muy grande para mis padres y, después, empecé a considerar la muerte como solución única para mi familia, y fue precisamente ese día que nunca olvidaré y por el que siempre daré gracias al Señor -el día en que quise suicidarme- el día en que llegó el Señor a mi vida y me recogió en el momento justo en que iba a caer al abismo.

 En ese momento en que comienza la vida en el Espíritu para mí, tuve el primer fruto que fue un gran arrepentimiento, arrepentimiento por mi vida; fue como si de repente yo me detuviera y dijera: “María, pero ¡qué vas a hacer con tu vida! ¡que vas hacer con tu alma!. Y el segundo gran fruto fue que, desde ese mismo momento, yo supe que tenía una esperanza. Cuando, unos momentos antes, había estado totalmente desesperada, en ese momento la gracia de Dios llegó a mi vida y yo supe que tenía una esperanza, que mi familia podría tener alguna solución. Ya era Dios el que empezaba a obrar en mi familia; de repente, yo había abierto las puertas de mi vida y de mi hogar a Jesús.

 “Dios no era el centro”

 Poco a poco Él se fue haciendo el centro de nuestro hogar. Jesús vivía en nuestra familia, nosotros éramos cristianos, nosotros éramos personas que asistíamos a misa, aunque, dos años antes de ese momento tan terrible que yo tuve, había dejado de asistir a la Iglesia, porque yo acusaba a Dios y creía que Dios quería esa situación.

 Tampoco conocía a Dios como Padre… Realmente Dios estaba presente en nuestra familia, pero Dios no era el centro de nuestra familia, el centro de nuestra familia tratábamos de serlo cada uno de nosotros. Yo trataba de ser el centro, mi esposo trataba de ser el centro, cada niño trataba de ser el centro, todo el mundo luchando a ver quien ganaba el primer puesto. Y, claro, todo eso nos empujaba a una guerra constante por ver quién era el más fuerte. Recuerdo que, al principio de mi conversión, cuando empecé a asistir a los grupos de oración, las cosas en mi casa se pusieron peor. Y me gusta decir, estas cosas porque encuentro a mucha gente que me dice. “No entiendo, por qué ahora que me he acercado a Jesús, las cosas en casa se han puesto peor”. Doy testimonio de que eso mismo pasó en mi casa.

 Cuando yo conocí al Señor la situación en mi hogar empeoró considerablemente. Las discusiones, la guerra… eran insostenibles pero yo era diferente. Ya todas esas discusiones, aunque me entristecían, no me desesperaban y siempre, en lo profundo de mi corazón, tenía una esperanza y encontraba la fuerza en Jesús.

 Al principio de mi conversión, de haber tenido esa experiencia personal con el Señor, fui donde el sacerdote que me había ayudado en ese momento -estoy hablando de los principios de la Renovación en la República Dominicana- y le dije: “Padre, ¿qué puedo hacer yo para ayudar a que esta Renovación crezca?” Y él me dijo que me reuniera con dos o tres personas que habían sentido lo mismo y que juntos tratáramos de propagar la Renovación, o sea, que desde el mismo instante de mi conversión el Señor me puso de lleno a trabajar por la Renovación.

“Creía que tenía que hacerlo yo todo”

 Así que mis dos primeros años en la Renovación fueron dos años de mucho trabajo. Cuando se habla de esa personas que van a un grupo y a otro y a otro grupo, creo que yo era una de esas, de las que hoy decimos que hacen turismo carismático , que no se pierden una, que tienen la maleta preparada para saltar de un grupo a otro, y muchas veces buscan en los grupos una evasión a su propia realidad, a lo que está pasando en sus hogares. Puedo hablar de esto porque yo lo hice. Y, claro, un día comprendí mi error después de mucho tiempo. Iba de un grupo en otro. Creía que era una necesidad, que si no lo hacía yo quién lo iba a hacer, fíjense qué orgullo tan grande; no me había dado cuenta de que la obra de Dios no se hace porque yo tenga que hacerla sino porgue Él ha determinado que se haga y El buscará quien, si no estoy yo.

 Y mientras tanto predicaba el amor de Dios y mientras tanto predicaba el nacer de nuevo. Éste era uno de los temas que más me gustaba a mí: predicar el nacer de nuevo. Me había impresionado mucho aquella palabra del Señor a Nicodemo, cómo aquel hombre, fue donde Jesús y Jesús le dijo que tenía que nacer de nuevo y Nicodemo le dijo: “¡Pero, cómo yo que soy un hombre mayor voy a nacer de nuevo! ¿Tengo que entrar otra vez dentro del vientre de mi madre y nacer?” Entonces, Jesús le dijo cómo tenía que nacer del agua y del Espíritu, y a mí me gustaba mucho predicar sobre ese tema, de cómo teníamos que nacer de nuevo y yo me creía que había nacido de nuevo,

 Creía que nacer de nuevo era hacer lo que yo estaba haciendo, quizá cambiar algunas cosas erróneas que iba descubriendo hasta que un día tuve una experiencia que marcó toda mi vida.

“Quiero que nazcas de nuevo”

 Hacía como dos años que estaba en la Renovación, cuando un día al levantarme me pareció escuchar la voz del Señor que me llamó por mi nombre. “María”. Cuando yo escuché eso, atenta, dije: ¿Qué quieres, Señor? . Y en lo profundo de mi corazón oí estas palabras: “María, quiero que nazcas de nuevo”.

Yo me confundí y como era tan orgullosa y me creía que sabía lo que era nacer de nuevo, le dije: “Pero Señor, ¿nacer de nuevo yo? y ¿qué he estado haciendo estos dos años predicando sobre el nacer de nuevo? ¡Si a tanta gente le he dicho mi experiencia personal de nacer de nuevo!”.

 El Señor me dejó decir mis tonterías y repitió: “María, quiero que nazcas de nuevo”. Entonces, bajé la cabeza comprendiendo qué tonta era y qué pequeña era y le dije: “¡Señor, parece que no sé lo que es nacer de nuevo! dímelo Tú”. Entonces, me dijo estas palabras: “Quiero que nazcas a MIS OJOS para que, de ahora en adelante, tú no veas las cosas como tú las ves, sino como Yo las veo, para que de ahora en adelante todo el que se mire en tus ojos no encuentre los tuyos, sino que encuentre los míos. Yo quiero que nazcas a MIS PENSAMIENTOS para que de ahora en adelante no pienses las cosas como Tú las piensas, sino como Yo las pienso. Yo quiero que nazcas a MIS SENTIMIENTOS, para que de ahora en adelante tú no sientas las cosas como tú las sientes, sino como Yo las siento. Yo quiero que nazcas a MI CORAZON para que de ahora en adelante tú no ames con la pobreza del tuyo, sino que ames con la riqueza del mío.

 Yo quiero que nazcas a mis brazos, para que de ahora en adelante tú no hagas tu propia obra, sino que hagas la mía. Yo quiero que nazcas a MIS PIES, para que de ahora en adelante tú no camines por tus caminos, sino que camines por los míos”.

 Cuando yo escuché aquello bajé la cabeza y lloré, porque comprendí verdaderamente lo que era nacer de nuevo. El nacer de nuevo no era cambiar unas cuantas cositas como yo creía, el nacer de nuevo era nacer al Cristo perfecto que había dentro de mí y que hay dentro de cada uno de nosotros, dentro de cada persona.

“Déjame a mí hacerlo por ti”

 Entonces, bajé la cabeza al ver aquel llamamiento tan hermoso al que el Señor me llamaba, pero junto a eso me puse triste porque vi la diferencia tan grande que había entre Jesús y yo, ví qué lejos estaba de ser una imagen de Jesús y entonces al ponerme triste le dije: “Señor, es muy hermoso a lo que me llamas, pero ¿cómo lo voy a hacer?” y el Señor me dijo: “Lo vas a hacer con la gracia que te voy a dar cada día”. Entonces, comprendí una realidad, que no iba a ser un cambio de un día para otro, sino que iba a ser un cambio de toda una vida; que iba a ser un cambio progresivo, en el que, poco a poco, el Señor me iba a ir transformando. Y después, me iluminó mucho una Palabra que encontré en la carta a los Efesios, en el cap. cuarto, vers. 22, en donde se dice: “Nosotros desde nuestra creación fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y dentro de cada uno de nosotros hay una imagen perfecta del Señor que quiere proyectarse al mundo”. Entonces, aquello me pareció maravilloso y después de aquel diálogo con el Señor y después de aquella esperanza tan grande de que Él me decía: “Te voy a dar la gracia cada día para hacerlo”, me levanté y, al levantarme, hice lo que hago todos los días.

 Cuando fui a cambiarme de ropa pasó lo que entonces pasaba todos los días: mi hijita que tenía cuatro años, cada vez que escuchaba que yo cerraba el aire acondicionado venía a mi habitación y tocaba la puerta para entrar y darme los buenos días. Así que cuando la puerta sonó sabía que era Mary Loli que entraba a mi habitación y le dije al Señor: “Señor, y ¿qué hago ahora? Estoy estrenando vida nueva”.

 Entonces, el Señor me dijo: “Haz lo que haces todos los días, pero hoy déjame a mí hacerlo por ti”.

 Cuando ella entró, yo me hice muy consciente de la presencia de Jesús en mí. Me detuve un momento a pensar cómo Jesús abrazaría a Mary Loli, cómo sería el amor de Jesús para mi pequeña hija, así que haciéndome consciente de esa presencia del Señor en mi, dejé que Mary Loli viniera y sin decirle una sola palabra, la abracé, pero dejé que todo el amor de Jesús pasara a través de mí hacia ella.

 Y pasó algo que ¡me enseñó tanto! Porque ella se quedó entre mis brazos y después de un ratito con sus manecitas me separó y mirándome a la cara, me dijo estas palabras: “Mami, yo sí te amo. Mami, yo sí te necesito”. Tenía cuatro añitos y ella ese día pudo captar en mí algo diferente: primero, que ella amaba y que ella necesitaba.

“No podía hablar de amor de Dios sin dar amor”

 Aquel día yo comprendí la gran lección, hasta ese día yo le había dado a mi familia más amor, pero no había comprendido que había un Jesús que había entrado a mi hogar, un Jesús que había entrado a mi corazón de una manera más profunda, que quería amar a mi familia con la perfección de su amor.

 Y eso empezó a cambiar toda mi vida, porque hasta ese momento yo había esperado, que los míos cambiaran, pero no había comprendido que antes de que ellos cambiaran quien tenía que cambiar era yo y que tenía que quedar a un lado y darle paso a Jesús.

 Todo eso empezó a transformar mi vida, porque de repente me dí cuenta de que yo ya no podía ser la que quería hablar del amor de Jesús, pero sin embargo no daba verdaderamente amor; ante una palabra dura, ¿qué hacía yo? Pues yo contestaba con una palabra todavía más dura y era “el ojo por el ojo, el diente por el diente” y era la venganza y era el querer herir, pero el Señor me hizo ver que Él no actuaría así. Y eso es lo que fue cambiando, poco a poco, todo nuestro hogar.

 Quisiera profundizar en lo que pasa cuando Jesús es realmente nuestro centro. Puedo decirles que el centro de mi vida quería serlo yo, y junto a ese centro tenía muy pegada a mi familia. Para mí, ellos eran verdaderos ídolos y toda mi vida rotaba alrededor de ellos y, claro, cuando ellos fallaban yo me iba al suelo; si ellos me decían una mala palabra, pues María se hundía, y toda mi vida rotaba alrededor de lo que ellos hacían o decían. Pero pasó el tiempo, conocí al Señor, me enamoré de El y, poco a poco, el Señor fue entrando en mi vida y llegó a ser el centro.

 Un día, veníamos en el coche -ya habían pasado dos años más de esta llamada de Jesús a nacer de nuevo, ya mi hijita Mary Loli tenía seis años- íbamos en el coche y de repente me pregunta de sopetón: “Mami, ¿a quién quieres más: a Jesús o a nosotros?” y yo asimismo de sopetón le contesto “Mary, yo quiero más a Jesús”, pero de repente me doy cuenta de lo que he dicho, imagínense lo que significa para un niño decirle que quieres a alguien más que a él! y cuando yo le he dicho eso, “yo quiero más a Jesús”, de repente me doy cuenta y le agarro su manecita y le dijo: “Ven acá, mi amor ¿no te importa? “Y ella me dijo algo que para mí ha sido una gran enseñanza, me dijo: “No, mami, así tiene que ser, porque ¿sabes de lo que yo me he dado cuenta? Que cuando tu amas más a Jesús, nos amas más a nosotros”.

 Aquel día a través de Mary Loli yo recibí una gran lección y es que cuando Jesús va siendo el centro de nuestra vida, Jesús va ordenando todos los amores, Jesús va perfeccionando todos los amores, porque a medida que ha ido pasando el tiempo, no es que he dejado de amar a mi familia, al revés, he ido amando de una manera mucho más perfecta, sin ese egoísmo, sin esa posesión con que yo quería antes amarlos, que todos tenían que estar a mi servicio y ¡ay del que se levantara en contra mía!

“El primer fruto es el amor”

 Entonces pudimos ver qué bendición tan grande es cuando Jesús llega a ser el centro de la vida de una persona. Yo siempre digo que la única persona que se mete entre un hombre y una mujer y no separa, es Jesús. Jesús es el único que entra en medio de una pareja no para separar sino para unir.

 Y cuanto más sea Jesús el centro de tu vida, más te va a acercar a tu familia, más va a perfeccionar tu amor en la familia, y verdaderamente, hermano, cuando empezamos a vivir esta vida en el Espíritu, cuando empezamos a unirnos con Dios, el primer fruto de ese Espíritu que se ve palpable en la familia es el fruto del amor; enseguida comienza ese amor que sana las relaciones. Y ¡cuánto lo necesitamos, en nuestras familias heridas, el amor!

 Qué sufrimiento tan grande hay en las familias por la falta de amor. Tenemos que pedirle al Señor que haya gente que esté dispuesta a dejarse llenar por este amor de Jesús y llevarlo después a las familias, ¡Cuánta soledad hay en algunos hogares!

 Sí, hermanos, así como esos que andan por el mundo mendigando unas monedas, así nuestros hogares están llenos de personas que andan mendigando el amor de sus familiares, y son personas que están tristes y apartadas, y ninguno de nosotros nos paramos delante de ellos a preguntarles “¿qué te pasa? , ¿qué sientes? y ¿en qué puedo ayudarte?” La soledad de tanta gente en nuestras familias, tiene que cambiar por obra del Espíritu de Amor. Una persona que se abra al Espíritu transformador del Señor, es una familia que necesariamente se tiene que abrir al amor.

 A veces queremos resolver las cosas a golpes, con palabras duras y reproches… Hermanos, yo con los años he aprendido que solo el amor transforma.

El dolor de nuestra juventud

 Conocí a una mujer joven, con un cáncer y con dos niños pequeños. Había sido una persona con muy mala experiencia en su vida matrimonial. Se habían llevado muy mal su esposo y ella, y, cuando vino esta enfermedad, se sintió muy triste, muy desesperada al ver a su dos hijitos pequeños y la inseguridad ante la vida y, sobre todo, por la amargura de toda la vida pasada… Cuando la operaron, fui al hospital y mi sorpresa fue que aquel hombre que realmente -por las cosas que ella me contaba- creía que no la quería, lo encontré en un rincón llorando. Entonces, me acerqué a él y lo consolé durante un rato. Le dije que me parecía que ella podía vivir y que el ánimo que podía encontrar para vivir era si ella experimentaba el amor de él. Entonces, me abrazó y me dijo: “María, te prometo que mientras ella tenga vida va a recibir mi amor”. Lo que pasó allí era realmente un milagro. Puedo decirles que el amor de ese hombre ha sobrepasado todo el dolor, ha sobrepasado todas las molestias, ha sobrepasado toda la angustia y ella aún me dice a veces: “Mira, María, a veces digo: y ¡cómo quejarme del cáncer que tengo, si a través de esto he encontrado el amor de mi marido y no puedo ser más feliz! Cuando por efectos de la medicación se le cayó todo el pelo, me llamó llorando, porque era joven, bonita, y le costaba mucho verse así. “¡Se me está cayendo todo el pelo!”. Y a los dos días ya no lloraba, sino que estaba riendo: ¿sabes que ahora me dice que me ve más hermosa sin cabello y que ahora le gusto más? Hermanos, es que solo el amor consuela, solo el amor transforma, y este amor hay que llevarlo a nuestras familias, porque hay tantos corazones heridos…

Cuando veo tantos jóvenes siento el dolor de nuestra juventud. Cada día le hablo al Señor sobre mis propios hijos: “Señor, dame un corazón compasivo, dame un corazón como el tuyo, lleno de misericordia, para que pueda entender a mis hijos, para que pueda entender la época tan terrible que les ha tocado a nuestros hijos vivir”. Yo veo tantos jóvenes desanimados, desanimados por lo que pasa en los hogares, tantos padres que se quejan de sus hijos, pero realmente: padres, pensemos si nosotros con nuestras actitudes no hemos exasperado a nuestros hijos. Veo a tantos hijos tristes y marginados, sin ilusiones, tantos jóvenes que se me acercan y que me dicen: “Lo que quiero es morir, no quiero vivir”. Y veo este problema tan grave que hay entre padres e hijos por falta de amor.

 “Padres, hagan un esfuerzo”

 Pero también los jóvenes, tienen que ayudarnos a nosotros los padres, porque no se imaginan también cómo los necesitamos. Veo a tantos padres mendigando el amor de sus hijos y no se imaginan los hijos, cómo nos sentimos celosos cuando los vemos sonreír a los demás y a nosotros no nos sonríen. Muchos padres quisieran dar amor, pero, a la vez, tantos hombres y mujeres hemos sido arrastrados por la vida y simplemente no somos capaces de dar lo que no tenemos. Yo he visto padres llorando que te dicen: “María, quiero amar a mi hijo pero no puedo, porque nunca me enseñaron a amar”. Comprendan esto, muchachos, que a veces queremos, pero no podemos; comprendan nuestras preocupaciones, comprendan nuestras tristezas, y ¡cómo necesitamos de su alegría, y cómo necesitamos de su optimismo y de su fuerza! porque ya a veces nuestra fuerza se nos acaba… Quizá no comprenden cuánto los necesitamos ¡hijos!

 Y ustedes, padres, hagan un esfuerzo, aunque sea un esfuerzo de la voluntad, aunque su corazón esté seco, propónganse amar, propónganse abrazar, propónganse dar cariño, propónganse acoger. Cuando hay amor en un hogar surge el perdón, surge la paz como fruto; creo que el perdón es una de las bases de la paz en los hogares, porque ¡cuánta guerra! Y es un mentiroso el que está en la Renovación y dice: “Estoy renovado” y en su casa está con las armas en pie de guerra. Es un mentiroso “el que dice que ama a Dios y no ama a su hermano”, es un mentiroso y la Verdad no está con él… El que está en la luz, ama; el que está en la luz, perdona, el amor todo lo perdona, todo lo comprende, todo lo espera…

 Una familia que se abre a la obra transformadora del Espíritu de Dios es una familia donde surge el perdón, el perdón de los padres hacia los hijos, de los hijos a los padres… Yo he visto cosas hermosas, familias enteras transformadas cuando el perdón ha entrado en la familia, cuando el hijo ha reconocido su error…

 “El perdón transforma “

 Recuerdo que una vez me llamaron desde Panamá para decirme que había una joven que acababa de tratar de suicidarse y que estaba en la cama llorando, porque habían evitado que se suicidase. Era la tía quien llamaba y la tragedia era que no paraba de gritar que “por qué no le dejaban morir, que ella quería terminar con el dolor de su vida”. Aquella mujer me hablaba y pedía oración y el Señor, con su amor y su misericordia, me dio un poquito de conocimiento de la vida de esa muchacha. Se lo manifestó a aquella mujer que me llamaba y le dije: “Mira, el Señor me está diciendo que ella es la hija segunda y que cuando fue concebida, la madre inconscientemente la rechazó y toda la vida ha sido un rechazo constante hacia esa muchacha que lo que necesita es recibir el perdón de la madre, necesita que su madre le pida perdón”. Y aquella mujer me dijo: “María, creo que te has equivocado. Ella es la segunda hija como tú bien dices, pero no creo que eso exista entre la madre y ella, porque, ¡imagínate, la madre es la servidora de un grupo de oración!” Cuando me dijo eso, el Señor me llenó de fuerza y le dije: “A mí no me importa que sea la servidora de un grupo de oración. Mire, lo que va a hacer: va a ir donde esa madre y le va a decir lo que yo le digo y, para edificación de su fe, usted me va a llamar aquí dentro de tres días y me va a decir lo que pasó”. y colgué el teléfono. Y pensé: “María ¡pero que has hecho!” Pero el Señor nos auxilia… y efectivamente, al tercer día me llegó la llamada, la llamada con la alegría de la hija que había resucitado, que aquella madre reconoció que era pecadora y que necesitaba pedirle perdón a su hija y fue y le pidió perdón. Y cuál fue nuestra alegría que al año siguiente cuando volvimos a dar un Retiro en Panamá encontramos a la madre y a la hija que se abrazaban y juntas daban gracias al Señor.

 Y es que verdaderamente uno ve cómo el perdón transforma en las casas los corazones. y cuando vivíamos la Vida en el Espíritu yo sé que el Espíritu les irá hablando a sus corazones. Léanse Gálatas 5, miren cuales son los frutos de la carne y cuales son los frutos del Espíritu. Estén atentos a esos frutos de la carne y quítenlos de la vida de ustedes, y estén atentos a los frutos del Espíritu y ábranse cada vez más.

“Como matas con la lengua”

 Un fruto del Espíritu que vemos en la familia es el dominio propio. Cuando una familia se abre a esta Vida. A esta unión con Dios, el dominio propio es muy importante.

Cuánta gente está herida por hombres y mujeres que no tienen dominio propio, hombres que se van a la calle a la bebida, mujeres que se van al juego y a tantas otras cosas, y el Señor nos ayuda a dominarnos, a tener dominio de la propia persona. y algo que hay que arrancar de cuajo de nuestras familias es la tortura, el látigo, el fuego ardiente, que es la lengua.

 Cuando Jesús entra en un corazón una de las cosas que empieza a dominar es nuestra lengua. Cuando uno encuentra una familia y hay una mujer o un hombre que va de un grupo de oración a otro y canta las alabanzas del Señor y cuando llega a la casa lo que hace es maldecir, lo que hace es con su lengua arrasar, como esas bombas que oímos que tiraban en la guerra, con esos lanzallamas que todo lo arrasaban, así es la lengua, hermanos.

 Y hay gente que dice: “Bueno, la verdad es que hay un pecado que yo nunca cometeré y ese pecado es el no matar, porque mira yo soy una persona que yo no mato ni un mosquito”. ¡Ay, ay! Tú no matas un mosquito, pero cómo matas con la lengua.

 Leemos en el capítulo 5,6 y 7 de San Mateo, cómo Jesús nos habla de cómo tenemos que actuar y ser entre los hermanos y una de las cosas que nos enseña es esto de la lengua. Jesús nos dice: ” S e dijo: no matarás” -el hacía referencia a la Ley dada por Dios a Moisés- pero Yo os digo que el que llame tonto a su hermano ya es reo de condenación”.

 ¡Cuántas palabras decimos nosotros a nuestros hermanos! y ¡cómo con nuestra lengua no matamos sus cuerpos, no, pero matamos su personalidad! Me encuentro a veces con personas totalmente aplastadas, destruidas, desanimadas, por la lengua que como víbora venenosa han tenido constantemente alrededor en sus vidas.

 Esto tiene que cambiar, porque cuando Jesús entra en un hogar, cuando Jesús entra en una comunidad, cuando Jesús entra en una persona, una misma fuente no puede dar agua dulce y agua amarga, no podemos seguir usando nuestra lengua para cantar las alabanzas de Dios y estar maldiciendo al hermano.

Otra cosa que les recomiendo que se lean, es la carta de Santiago, capítulo 3, los pecados de la lengua. “Si alguien no peca con su lengua es un hombre perfecto”, nos dice Santiago. “Un bosque inmenso se quema con una pequeña llamita, así comienza un fuego inmenso”, y ¡cuántos problemas en nuestras familias surgen por una palabra!

 “Que ellos vean lo que tú tienes”

 Termino con una palabra de ánimo. “El fruto del Espíritu es PACIENCIA”. ¿Cómo surge la paciencia en una persona que se abre a esta unión con Dios? La paciencia, sobre todo, es la virtud que nos ayuda a esperar la victoria a largo plazo. Y realmente, nosotros que vivimos esta vida, que hemos empezado a experimentar esta riqueza, este tesoro, ¡cómo no querer que nuestras familias gocen de esto! y a veces nos ponemos impacientes y a veces les pasa a la gente como me pasó a mí, que un día quieren convertir al marido. Quieren convertir a la esposa, y con su forma de hablar y predicándole el Evangelio todo el día quieren transformar toda la casa! y no es así. No es tanto con la palabra, sino con la vida, con el ejemplo. Que ellos vean que tú tienes una vida de Jesús dentro de ti, que tienes un amor tan grande que ellos quieran tener eso que tú tienes… No puede ni siquiera aceptar a Jesús porque nosotros hemos sido un ejemplo tan malo… han conocido a Jesús a través de nosotros, lamentablemente. Pero el Señor nos va dando esa paciencia…

Una madre aguardó con paciencia a su hija, una hija muy traumatizada por efectos de un divorcio, una hija que toda la vida condenó a sus padres por haberse divorciado y cuando tenía catorce o quince años no podía soportar el peso de su tragedia. Empezó por beber y la bebida llegó a ser una cosa terrible en su vida; de la bebida pasó a la droga y aquella muchacha era una cosa tremenda; cada madrugada llegaba a la casa borracha, sucia, llegaba y hacía de todo en aquella casa… y la madre con esa paciencia esperando, orando, amando, sin un reproche, solamente esperando y confiando en Dios. Oró quince años seguidos, quince años en silencio, amando y orando. Esta madre tenía una amiga en la Renovación y estaba todo el día detrás de esta muchacha diciéndole:

 “Tienes que ir a un Retiro y tienes que ir a un Seminario”. La muchacha por librarse de esa persona que la molestaba tanto, decidió complacerla, yendo el día último, en el momento final de un Seminario de la Vida en el Espíritu donde se estaba orando por el Bautismo en el Espíritu. Varios servidores oraban delante por las personas y entre ellos estaba la madre de esa muchacha que se sentaba en la última fila. Ella gozaba, riéndose de la ridiculez de la madre orando con los ojos cerrados e imponiendo las manos a los demás, se burlaba de la madre allá en el último banco. Y de repente ella, que era muy gorda, dijo que se sintió como una pluma. Dos manos la agarraron, la levantaron y casi corriendo llegó al altar y cayó de rodillas delante de su madre. Su madre le impuso las manos y oró por ella y en un abrazo se confundieron y se perdonaron. Aquel día, Esperanza quedó sanada totalmente de la droga y del alcohol hasta el día de hoy, para gloria de Dios.

María SANGIOVANNI

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