“RENUEVA EN SUS CORAZONES EL ESPÍRITU DE SANTIDAD”

Homilía en la ordenación presbiteral de los diáconos Gabriel Crespo, Humberto Figueroa, Luis García, Alejandro Keri, Mario Mardueño, Miguel Ángel Morales, y Jesús Sánchez.

Iglesia de La Chiquinquirá, 22 de julio de 2017,  +Jorge Urosa Savino, Cardenal Arzobispo de Caracas

Con gran alegría nos hemos congregado en esta Santa Iglesia de La Chiquinquirá para participar en una hermosísima celebración: esta fiesta de la Iglesia de Caracas que es la ordenación presbiteral de nuestros hermanos los diáconos  Gabriel Crespo, Humberto Figueroa, Luis García, Alejandro Keri, Mario Mardueño, Miguel Ángel Morales, y Jesús Sánchez. Le damos gracias a Dios por el don maravilloso de su sacerdocio a la Iglesia, para perpetuar a través de la historia la presencia y la acción de Cristo. Y por haber llamado a nuestros hermanos, y haberlos ayudado a acoger con un corazón decidido, con libertad y firmeza esa vocación y los compromisos que ella conlleva. ¡Bienvenidos todos! Para mí esta fiesta eclesial  es una ocasión propicia para recordar mi propia ordenación sacerdotal hace ya casi 50 años, de manos del Cardenal José Humberto Quintero, santo y preclaro Arzobispo de Caracas, para servir a nuestra querida Iglesia caraqueña. Y la del Cardenal Baltazar Porras, que nos acompaña en esta celebración, quien también cumplirá 50 años de sacerdocio muy pronto. Los invito a que nos  ayuden a dar gracias a Dios por todos los dones recibidos.

En esta solemne y antiquísima ceremonia, nuestros diáconos  recibirán la inmensa gracia divina  de configuración a Cristo, sumo sacerdote y buen pastor, para la salvación espiritual, plena  y eterna de sus hermanos. Y por ello, en la plegaria de ordenación, el Obispo ordenante implora al Señor que les comunique el Espíritu de santidad, el Espíritu Santo, que los consagre y los identifique a Cristo, y los lleve por el camino de la santidad. Pide a Dios  el Obispo: “Renueva en sus corazones el espíritu de santidad”.

SANTOS E INMACULADOS ANTE EL SEÑOR

En la primera lectura de esta sagrada liturgia  escuchamos las hermosas palabras de San Pablo en la carta a los Efesios, alabando al Señor, que nos ha llamado a todos los fieles sin distinción, a “ser santos e inmaculados ante Dios por el amor”. Pues bien: de manera particular, por su cercanía a Cristo, por su consagración, por su identificación y configuración a Jesús, los sacerdotes, presbíteros y obispos, estamos llamados especialmente a ser santos, es decir, a vivir como Cristo, teniendo sus mismos sentimientos (Fil 2, 5-11). Estamos llamados a vivir en Cristo o más bien a que Cristo viva en nosotros, como decía San Pablo en esa bellísima expresión “Vivo yo, mas no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”  (Ga 2,20).

Como San Pablo, el sacerdote debe siempre ir por el camino de la santidad, el camino de la escucha y cumplimiento de la palabra de Dios, el camino de la perfección. Hemos de recordar las exigencias que nos hace Jesús en el Sermón e la montaña: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5,  48).

Por la acción del Espíritu Santo en la sagrada ordenación, el sacerdote  es configurado a Jesucristo,  sumo sacerdote y buen pastor. Por lo tanto,  debe imitarlo en la actitud de oblación, de amor intenso al Padre celestial, de búsqueda permanente de  cumplir la voluntad de Dios. El sacerdote, como Jesucristo, está llamado a entregar su vida, es decir, su existencia, sus energías, su corazón, totalmente a Dios en entrega sacrificial, amorosa, alegre, por la salvación de las almas. Debe ser un testigo fiel de Jesús.

EJEMPLO DE SANTIDAD

El sacerdote debe ser, pues,  un dechado de santidad. Y lo primero que debe hacer es tener un corazón lleno de amor a Dios y al prójimo.  En esta línea, la gente espera, con sobrado derecho y razón, que el sacerdote sea “un hombre de Dios”  y por ello, debe ser  una persona amable, buena, generosa, educada, cortés, caritativo y servicial que acoja con bondad y afecto a todos, especialmente a los pobres y necesitados.

En el camino de la santidad el sacerdote ha de ser también un hombre virtuoso y practicar la virtud cardinal de la  templanza, específicamente en el campo de la castidad. Estamos consagrados al Señor a imitación de Cristo  en el celibato, es decir en la ofrenda de nuestro corazón, de nuestra afectividad a Dios, y en la observancia de la castidad perfecta. El celibato nos identifica con Jesús, y es parte de nuestra ofrenda sacrificial y sacerdotal. Y estamos llamados a vivirlo plenamente y para siempre.

La identificación con Jesús nos lleva también a tener una actitud de pobreza evangélica. Sí, mis queridos hermanos. Aunque no tengamos el voto de pobreza, los sacerdotes diocesanos estamos llamados a imitar al Señor, “quien siendo rico se hizo pobre” (Cfr. 2 Co  8,9). Hemos de tener nuestro tesoro no en las bóvedas de un banco, sino en el cielo, porque donde está nuestro tesoro allí  estará nuestro corazón ((Cfr. Lc 12, 34). La generosidad, el desinterés, el desprendimiento, la indiferencia ante las cosas materiales, nos asemejan a Jesús, y nos liberan de la esclavitud del dinero, de la tentación el becerro de oro. Nos liberan de la ambición y la codicia, para tener un corazón libre para servir a los pobres. Y en este sentido hemos de recordar que nuestra Iglesia de Caracas está constituida mayormente por hermanos poco pudientes, por gente necesitada, por comunidades muy pobres, en nuestras barriadas populares, Y a ellos debemos atenderlos con cariño, con gran ardor apostólico, con generosidad, para llevarles el anuncio del Evangelio, como lo hizo el Señor, el Mesías, que evangelizó a los pobres (Cfr.  Lc 4, 16-22). Y por eso, estar dispuestos a ir a cualquier Parroquia, sin importar la situación económica de la misma.

Estamos llamados, en fin,  a la perfección cristiana (Cfr. Mt 5, 48) es decir, a ser cada vez más virtuosos, a ser siempre mejores, a poner nuestro corazón en Jesús. Buscar la mayor  perfección, que consiste en la plenitud del amor a Dios y al prójimo.

VELAD Y ORAD PARA NO CAER EN TENTACIÓN

Sin duda, mis queridos hermanos el ideal de la vida sacerdotal es alto, excelso y exigente. Es bellísimo, y nosotros hemos de dar gracias a Dios por esta vocación tan hermosa. Pero, para ser fieles,  reconociendo nuestras limitaciones, nuestra debilidad y fragilidad, hemos de recurrir permanentemente a  la oración: “Velad y orad para no caer en la tentación”, nos dice el Señor (Mt 26,42). Por eso el sacerdote, más aún todos los fieles, hemos de orar insistentemente a Dios que nos libre del mal, que no nos deje caer en la tentación, como decimos en el Padre Nuestro. El  sacerdote debe tener una piedad seria, sólida, consistente, basada en el amor a Dios y manifestada en la oración frecuente, permanente, en los ejercicios de piedad a lo largo de todo el día: la meditación, el Rosario, el rezo del Oficio divino, la visita a al Santísimo, la Misa diaria celebrada con devoción e intensa fe, con seriedad y atención a lo que realizamos. Ese es el camino de la santidad, que es también el camino de la felicidad. Recordemos las palabas del Señor: “Felices serán los que escuchen la palabra de Dios y la cumplan” (Lc 11, 28)

CONCLUSIÓN

Mis queridos ordenandos: He querido insistir en la búsqueda de la santidad pues es algo muy importante. De la búsqueda de la santidad, de la observancia de los mandamientos, de la práctica de las virtudes y consejos evangélicos dependerá su felicidad, su realización personal, su éxito pastoral, su alegría en el ministerio, ahora y hasta el final de sus días. Y quiero recordar esto a mis hermanos sacerdotes aquí presentes. El camino de Jesús, el vivir según el espíritu de santidad es la clave de nuestra alegría y de nuestra realización personal. Vayamos confiados por ese camino, que fue el camino de María y de todos los santos obispos y sacerdotes.

Mis queridos hermanos todos:

Oremos intensamente por los ordenandos, para que vivan con entusiasmo y alegría durante todas sus vidas el propósito de ir por el camino de la santidad, de ser “perfectos como nuestro Padre celestial”, de ser mensajeros  de Cristo, instrumentos de misericordia de Dios y modelos de santidad, de ser santos sacerdotes para nuestra Iglesia de Caracas. Encomendemos a la Santísima Virgen de Coromoto,  mis queridos hermanos, estos diáconos que hoy se consagran definitivamente al servicio de Dios y de la Iglesia como presbíteros,  ministros personales, testigos y amigos de Cristo sumo sacerdote y buen pastor.

Oremos hoy también especialmente por nuestra patria, sumida en una profunda crisis política, económica y social. Para que cese la represión, para que los corazones se muevan hacia la práctica de la justicia y el cumplimiento de la Constitución; para que los presos políticos sean liberados; para que el Señor conceda el eterno descanso a las víctimas de la violencia política, y  consuelo a sus familiares. ¡Oremos para que los venezolanos podamos resolver estos conflictos de manera pacífica!

Pongamos todos  nuestras vidas en las manos del Señor, y vayamos por su camino, que es el camino de la santidad y de la plenitud humana y religiosa. Es, lo repito conscientemente,  el camino de la felicidad. Amén.

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