El Carisma de la Adoración

adoracion_jmaEstamos palpando en estos últimos años que hay en la Iglesia una creciente necesidad de adoración. En muchas diócesis se ha establecido la adoración perpetua en capillas que se mantienen abiertas las 24 horas del día, en las que nunca faltan personas que buscan el silencio y el encuentro con Cristo. En muchas parroquias, igualmente, está el Santísimo expuesto algún día de la semana.Y en el corazón de muchos creyentes está creciendo también el deseo de orar junto al sagrario. Es como si el Espíritu Santo estuviese indicando el camino a seguir, un camino que necesita pasar por la experiencia viva de la presencia del Señor.

Es cierto que este fenómeno no es nuevo. Sin necesidad de remontarse mucho en la historia, se puede constatar cómo han surgido congregaciones religiosas que tenían en su carisma la adoración al Santísimo; cómo las hermandades y cofradías, en sus cultos, organizaban actos eucarísticos; cómo las parroquias tenían los jueves como días especiales para la adoración, cómo parece en la Iglesia el movimiento de la Adoración Nocturna… San Antonio María Claret en el siglo XIX, recibió del Señor la gracia mística de conservar en su interior las especies sacramentales de una comunión a otra y vivir por consiguiente en adoración perpetua. ¡Y quién no recuerda cada tarde de jueves Santo la visita a los Monumentos y los ratos de oración y adoración delante de Jesús Eucaristía!

 La adoración en la sagrada escritura Ante la grandeza de Dios, ya en el Antiguo Testamento, el hombre sólo tiene dos formas de reaccionar: la consideración de su pequeñez y la veneración agradecida. Es lo que hace Moisés cuando contempla la zarza ardiente en el Sinaí y descubre que es Dios mismo quien le está hablando. En esta reacción humana se entrelazan el agradecimiento y el homenaje, la veneración y el respeto.

Algunos textos de la Sagrada Escritura nos pueden ayudar a comprender esta realidad:

• […] me incliné en adoración al Señor, bendiciendo al Señor, Dios de Abrahán, que me ha guiado por el camino justo […] (Gn 24, 48).

• Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el re baño que Él guía (Sal 95,6-7).

• Rendiréis culto únicamente al Señor, que os trajo de la tierra de Egipto con gran fuerza y con su brazo extendido; os postraréis ante Él ya Él ofreceréis sacrificios. (2 R 17, 36).

• Entonces David […] entrando en el templo del Señor, se postró (2S 12,20).

• El pueblo creyó y, al oír que el Señor había visitado a los hijos de Israel y había visto su aflicción, se inclinaron y se postraron (Ex 4,31).

• Pondrás ante el Señor tu Dios las primicias de los frutos del suelo que el Señor te ha dado, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios (Dt 26,10).

• Ensalzad al Señor, Dios nuestro, postraos ante el estrado de sus pies: ¡Él es santo! (Sal

99,5).

Lo sabemos por experiencia. La adoración lleva también al canto, a expresar con música esa relación especial que se tiene con Dios cuando se está en actitud de adoración. He aquí algunos textos:

• “Toda la comunidad permaneció postrada hasta que se consumió el holocausto; se cantaban cánticos y sonaban las trompetas (2 Cr 29,28).

• Entonces los hijos de Aaron prorrumpian en gritos, tocaban las trompetas de metal batido, hacían oír su sonido imponente, como memorial delante del Altísimo. Entonces, de repente, todo el pueblo en masa caía rostro atierra, para adorar al Señor su Dios, el Todopoderoso, el Dios altísima Los salmistas también lo alababan con sus voces, y su canto formaba una dulce melodía (Si 50, 16-18)”.

Pero hay una cosa clara en la Sagrada Escritura: sólo el Señor puede y debe ser adorado. En el Nuevo Testamento, Jesucristo es reconocido por la fe como Hijo de Dios, y por consiguiente también Él es objeto de adoración:

• “Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron (Mt 2, 10-11)”.

• “De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: Alegraos. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante Él”.

• “Por eso Dios lo exaltó sobretodo, y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 2,9-11)”.

 ¿Qué es adorar?

De alguna manera, en el apartado anterior, está expresado lo que, desde la Palabra de Dios, se entien

de por adoración. En el Catecismo de la Iglesia Católica se nos dice:”La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso… Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos la nada de la criatura, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo” (nn. 2096-2097).

 Hay una serie de actitudes que son necesarias para la adoración: el reconocimiento de nuestra condición débil y pecadora, la aceptación de nuestra propia cruz, la humildad de reconocer que nosotros no tenemos todas las respuestas, la pequeñez que nos lleve a ser como niños confiados en las manos del Señor, el saber y el sentir que todo es gracia y que la gracia nos viene de Dios y no de nuestros méritos…

Como si en nuestra adoración expresáramos de nuevo el “Señor, no soy digno de que entres en mi casa,pero una palabra tuya bastará para sanarme”. El obispo Casaldáliga lo decía de alguna manera a través de sus versos:”No tener nada, no llevar nada, no poder nada, no pedir nada…”

 ¿Qué hay que hacer para adorar?

 Una vez que en el corazón están las actitudes para una verdadera adoración, tendríamos que buscar el lugar, más idóneo para que el alma pueda postrarse delante de su Señor. Es indudable que esto lo podemos realizar en nuestra casa, en la visita que se hace al sagrario…

Pero tal vez aquello que más nos puede ayudar de cara a la adoración es el Santísimo expuesto. Son muchas ya las parroquias que dedican algún día de la semana a la adoración eucarística y, en el seno de la Renovación, todos sabemos de su importancia cada vez que nos reunimos para un retiro o para una asamblea. Una vez que, desde nuestro sentimiento de pobreza, hemos postrado nuestra alma delante del Señor, deberíamos pedirle a Él que nos dé su Espíritu, para que sea el Espíritu Santo el que nos inspire, el que conduzca ese tiempo de oración. Una vez que hemos invocado el Espíritu, deberíamos pasar unos momentos contemplando el Cuerpo de Cristo, ese cuerpo que se nos ofrece lleno de amor para ser adorado. Después, podemos ir repitiendo de forma suave, lentamente, con el corazón, algunas palabras y fórmulas de fe:

Jesús, Señor, mi Dios, mi Salvador, mi Rey… En el silencio de nuestro interior estas expresiones irán resonando y nos irán transmitiendo paz y confianza. Y en este ambiente de serenidad, en el que sentimos que todo es gracia, podemos leer también algún texto breve de la Palabra de Dios que nos ayude a descubrir cómo Dios mismo es quien nos sale al encuentro y nos habla. La intercesión surgiría al final como un diálogo de amor. Adorar es como sumergirse en el lago profundo de la mirada de Cristo y descansar en él.

Es, en definitiva, “la cena que recrea y enamora…” Y si el tiempo de adoración lo vivimos en grupo, entonces podemos ir alternando momentos de silencio con cánticos que nos inspire el Espíritu, incluso a través del don de lenguas, momentos de pequeñas reflexiones que nos ayuden a orar con la lectura en voz alta de algún texto de la Palabra de Dios.

El carisma de la adoración

Todos estamos llamados a adorar al Señor, a todos se nos invita a adorar a Jesús Eucaristía. Sin embargo, hay personas que tienen tan dentro la llamada a la adoración, que esta no se puede interpretar de otro modo que como un don del Espíritu. Este carisma lo podemos comprobar en personas, órdenes religiosas, congregaciones, que hacen de la adoración al Santísimo algo constitutivo de la esencia de su vocación. Todos conocemos que en la Renovación hay muchos hermanos que se sienten especialmente llamados a estar a solas con el Señor en adoración, que no se dejan llevar por emociones pasajeras sino que hacen de la adoración un encuentro sereno y fructificante con el Señor .

Yo mismo he sido testigo de cómo la adoración eucarística frecuente ha cambiado actitudes, comportamientos y situaciones difíciles de la vida, cómo ha movido montañas, cómo ha derribado las murallas de esa Jericó que está impidiendo a veces que entre el Señor .Por todo ello, creo que es importante que, en nuestros grupos, se aliente la necesidad de buscar espacios y tiempos de adoración.

Tal vez algunas personas que, por su forma de ser o por la formación recibida no están abiertas a otros tipos de carismas, puedan descubrir esta llamada del Señor tan necesaria hoy en la Iglesia. Estamos viviendo momentos fuertes de crisis, la familia está siendo amenazada, los valores evangélicos no interesan a mucha gente, la Iglesia tiene poco crédito entre los jóvenes. Ante toda esta realidad, la oración de intercesión debe ser como el pulmón que oxigena nuestro mundo. Hay muchos consagrados que, desde sus conventos y monasterios, rezan y adoran al Señor presente en la Eucaristía; pero también está surgiendo potente el carisma de la adoración en los laicos, en los que viven en medio de la sociedad.

Cada vez que hay creyentes que se postran ante el Señor, se enciende una luz de esperanza para el mundo. Y esto por un doble motivo: porque ellos mismos quedan transformados y porque la intercesión que se hace en el Espíritu puede ser capaz de hacer nuevas todas las cosas. No digamos nunca que no podemos hacer nada ante los males que vemos a nuestro alrededor, porque siempre podremos rezar, siempre podremos adorar. El Espíritu Santo está dando hoy este don a la Iglesia y también de forma muy especial a la Renovación Carismática. Está en nosotros que se convierta en carisma y lo pongamos al servicio de los demás, de nuestros hermanos y hermanas que necesitan encontrar la luz y la vida.

Quiero terminar con una cita sacada de la Autobiografía de San Antonio María Claret que expresa muy bien lo que él sentía cuando estaba ante el Señor.”Delante del Santísimo Sacramento siento una fe tan viva, que no lo puedo explicar. Casi se me hace sensible, y estoy continuamente besando sus llagas y quedo, finalmente, abrazado con él. Siempre tengo que separarme y arrancarme con violencia de su divina presencia cuando llega la hora”. Quien tiene este carisma vive necesariamente una experiencia similar.

 
Pepe Marquez
Revista Nuevo Pentecostés
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