(III) Renovación en el Espíritu y servicio del hombre

DOCUMENTOS DE MALINAS
Cardenal L. J. Suenens
Dom Helder Camara

RENOVACIÓN EN EL ESPÍRITU Y SERVICIO DEL HOMBRE

“En efecto, la renovación en el Espíritu será auténtica y tendrá una verdadera fecundidad en la Iglesia, no tanto en la medida en que suscite carismas extraordinarios, cuanto si conduce al mayor número posible de fieles, en su vida cotidiana, a un esfuerzo humilde, paciente y perseverante para conocer siempre mejor el misterio de Cristo y dar testimonio de Él” (JUAN PABLO II. Exhortación Apostólica Cathechesi tradendae n° 72).

PRÓLOGO

Me permito recordar mi encuentro con Dom Helder Cámara, en octubre de 1962, durante los primeros días del Concilio Vaticano ll. Yo no conocía personalmente a Dom Helder, pese a que había escrito el prefacio de la traducción portuguesa de mi libro La Iglesia en estado de misión.(1) Vino a verme a mi residencia, en la casa de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en Via Aurelia, y, de entrada, me dijo, con la viva imaginación del poeta y el ardor fogoso del apóstol, cómo veía él …el final del Concilio. Venía a decirme, con precisión, cómo concebir el escenario de la clausura. Anticipación brillante en colorido, para transmitir por televisión al mundo entero. Sugería que no se limitase a promulgar textos sino a presentar las conclusiones de la renovación conciliar en una serie de imágenes con garra como, por ejemplo, gestos simbólicos de reconciliación ecuménica espectacular, en los que se nos mostrase al Papa dando el beso de paz a Atenágoras, a Visser’t Hooft, secretario general del Consejo Ecuménico de las Iglesias, al Gran Rabino… Todo estaba previsto, incluso las composiciones musicales que habrían de servir de fondo a las imágenes y, para terminar, reservaba la Sinfonía incompleta de Schubert. El poeta Helder había programado todo, hasta los detalles.

A partir de este primer encuentro, pintoresco y profético, hemos hablado con frecuencia de la Iglesia de nuestros sueños y a veces hemos hecho converger nuestros esfuerzos en ciertas iniciativas.

El Papa Juan XXIII había distribuido personalmente entre los siete miembros del Comité Central del Concilio los esquemas preparatorios. Me había encargado que fuera el relator de los dos esquemas clave, que se iban a convertir en su fase final en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, y la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes.

Desde el comienzo de los trabajos, la imagen de la América Latina me obsesionaba, como laboratorio de una pastoral a revisar, una Iglesia por así decirlo, de talla humana en este continente en que vivía un tercio de los católicos del mundo. La América Latina me obsesionaba también por sus problemas de población y de pobreza y, en consecuencia, por el problema subyacente de la natalidad. Todo esto lo compartíamos en común, y para nadie es un secreto que la influencia discreta y eficaz de Helder Cámara entre los miembros del CELAM (del cual fue secretario general) en más de una ocasión a lo largo del Concilio nos proporcionó el apoyo de numerosos obispos de la América Latina, que votaron lo mismo que nosotros, obispos de Europa Septentrional, que intentamos salir de ciertos atolladeros del pasado.

El “querer y no querer las mismas cosas” (idem velle et idem nolle) es, según los antiguos, la base de toda la amistad. Hemos creído que expresándonos juntos, en estas páginas, respecto a dos acentuaciones que hoy determinan un distanciamiento entre cristianos -los “comprometidos” y los “carismáticos”-, quizá pudiéramos ayudar a superar ciertos exclusivismos empobrecedores y a integrar “lo que Dios ha unido”: el primero y el segundo mandamiento.

En nuestra opinión, un cristiano que no fuera carismático, -en el sentido más amplio de la palabra, es decir, disponible al Espíritu y dócil a sus mociones- sería un cristiano que olvida su bautismo; un cristiano que no fuera social sería un cristiano truncado, desconocedor de los imperativos del Evangelio.

Hemos pensado que la manera más sencilla de trabajar juntos -en términos musicales diríamos tocar a cuatro manos- sería exponer por turno cómo vemos al cristiano de hoy, en una total apertura a Dios y en un servicio integral a los hombres.

Cada uno lo dirá con lo que ha sido su pasado, su vida, su sufrimiento propio, que consiste a veces en ser interpretado al revés.

Helder Cámara es conocido en el mundo como “la voz de los que no tienen voz”. Esto le da derecho a hablar claro, con estilo personal y vibrante, asumiendo, como es sabido, los riesgos que esto comporta. Un día, en Bruselas, al comenzar una conferencia, le oí decir: “Perdonadme, yo no hablo francés, yo no hablo flamenco; yo hablo “Cámara”, es decir, -añadió con humor-, yo hablo con mis brazos, mis manos, mi cuerpo… y todo mi corazón”.

Es el obispo de los pobres el que en estas páginas habla de nuestros deberes sociales; pero también es el obispo que pasa largas horas nocturnas en oración y une fuertemente su acción a la influencia de Dios.

Ojalá podamos ayudar, juntos, a hacer comprender que la oración y la acción evangelizadora, social y política, no son más que una sola cosa en la vida del cristiano que quisiera ser fiel a todas las páginas del Evangelio versículo por versículo.

Yo presentaré el problema que palpita en estas páginas; a continuación expondremos los dos sucesivamente cada uno de los aspectos que definen al cristiano completo en su compromiso religioso, social y apostólico. Lo expresamos de acuerdo con nuestros propios puntos de vista, pero siguiendo una total unidad de criterio.

El último capítulo sobre la dimensión política fue redactado por mí; pero traduce un pensamiento común. Éste es, claro está, el mismo de la Iglesia, tal como está expresado en sus documentos más oficiales, que van desde la Constitución Pastoral, Gaudium et Spes, pasando por Medellín y el Sínodo de los Obispos en Roma en 1971, hasta la Declaración de Puebla, en México, en febrero de 1979.

Tal es el contenido de estas páginas, que se presentan como el Documento de Malinas n° 3, en la serie consagrada a estudiar la Renovación en el Espíritu y sus implicaciones humanas en el corazón del mundo.
Pentecostés 1979

L.J. Cardenal Suenens
Arzobispo de Malinas – Bruselas.

INTRODUCCIÓN

Por el Cardenal Suenens

1. UN DOBLE ENFOQUE

En principio, se ofrecen dos centros de perspectiva al cristiano que quiere vivir y expresar su fe en el corazón del mundo.

En primer lugar, puede fijar su mirada en Dios, abrirse a su Palabra, a su acogida, a su gracia, y esforzarse después por llevar a su vida cotidiana la lógica de su fe, en todas sus dimensiones y consecuencias. El camino va de Dios a los hombres.

Por el contrario, otro tipo de cristiano se sentirá interesado primeramente por todo lo que pertenece al hombre y a la comunidad humana. Se sentirá, prioritariamente parte interesada del mundo en sus angustias y alegrías. El camino va de los hombres a Dios.

De esta opción nacen dos tipos de cristiano, según se ponga el acento en lo espiritual o en el compromiso temporal. Esta diversidad está en el origen de las dos tendencias más importantes que frecuentemente oponen a los cristianos de hoy, y figura en la base de una polarización dolorosa que, necesariamente, hay que superar.

2. SEPARACIÓN Y TENSIONES

La tensión entre el cristiano “espiritual” y el cristiano “comprometido” es particularmente sensible en el mundo de los jóvenes. La misma elección de uno de los temas del Concilio de los jóvenes de Taizé: “Lucha y contemplación”, indica que el problema constituye realmente el núcleo de sus preocupaciones.

Todos los que están en contacto con los jóvenes dan testimonio de su difícil búsqueda de equilibrio en este campo. Para muchos jóvenes que optan por el servicio social, la adhesión religiosa, y sobre todo eclesial, es como una alienación, una deserción.

La misma tensión se encuentra también en múltiples sectores. Han surgido interrogantes nuevos, poniendo en tela de juicio el sentido de la evangelización en un país de misión.

Algunos se preguntan: ¿Tiene sentido todavía evangelizar cuando el subdesarrollo de la población indígena reclama con toda urgencia reformas sociales, económicas y políticas? ¿Se puede anunciar a Jesucristo a pueblos que mueren de hambre?

¿En qué sentido es el Evangelio mensaje de salvación y de liberación? ¿Se trata, prioritariamente, de una revelación religiosa o de una revolución política?

Se sabe que una tensión análoga amenaza la cohesión del Consejo Ecuménico de las Iglesias. En él se dividen los cristianos según se ponga en primer plano la ortodoxia (reflexión teológica sobre los problemas doctrinales de la Unidad) o la ortopraxis (que quiere encarnar la fe en Cristo en comportamientos sociopolíticos). El enfrentamiento de las tendencias se acentuó debido a que las Iglesias situadas en el hemisferio norte (y rico) del planeta se enfrentan con las Iglesias del hemisferio sur, donde la opresión social es un problema de cada día. El Comité Central del Consejo Ecuménico de las Iglesias, reunido en Kingston (Jamaica) del 1 al 12 de enero de 1979, resultó una sesión movida, buscando una síntesis difícil.

Esta misma tensión se encuentra también cuando se trata de apreciar las corrientes espirituales que atraviesan actualmente las Iglesias, en particular la Renovación en el Espíritu o Renovación Carismática.

¿Hay que rechazarla como un peligro de alienación, un factor de estancamiento social, o hay que acogerla como una gracia poderosa de resurgimiento, capaz de revivificar la existencia cristiana y de unir profundamente a los cristianos?

La oración, que esta renovación ha rehabilitado tan vigorosamente, ¿es deserción o, por el contrario, impulso para Dios en el corazón del mundo? Dar de nuevo a los hombres el sentido del Dios vivo, ¿no será el compromiso social por excelencia que necesita la humanidad para reencontrar su eje y su equilibrio fundamental?

Éstas son otras tantas preguntas que no se pueden eludir, e interpelaciones que nos invitan a buscar respuestas que tengan en cuenta toda la complejidad de lo real, y las múltiples facetas de un mismo Evangelio.

Monseñor Dondeyne, eminente pensador del Instituto Filosófico de Lovaina llamaba la atención sobre el peligro de las exclusiones en estos términos:

“Para subrayar mejor que la fe no es una coartada y que el creyente moderno debe aprender a encontrar a Dios en la vida de todos los días (lo que, manifiestamente, es algo magnífico), algunos pretenden que hay que centrar la predicación y la catequesis ante todo en el segundo mandamiento, (“Amarás al prójimo como a ti mismo”). “No entrarán en el cielo los que dicen Señor, Señor, sino los que hacen la voluntad de mi Padre” (Mt 7, 21). De estas palabras de Cristo se deduce que ser cristiano consiste, sobre todo, en trabajar por la liberación del hombre y la instauración de un mundo más justo”.

“Ciertamente, se habla mucho del hombre Jesús, pero es para ver en él el modelo del amor a los hermanos y la piedra angular de la Historia. Se olvida añadir que él es también el Verbo de Dios que, viviendo en el seno del Padre, nos comunica a Dios. Creer en el reino futuro es estar convencido que, porque existe Dios, el advenimiento de una sociedad más justa no es una utopía, pese a todos los fracasos del pasado”.

“La primera tarea de la Iglesia, como el pueblo testigo y portador del mensaje, sería ayudar al mundo a hacerse adulto, pero parece que se olvida que la misión propia de la Iglesia es también ayudar al mundo a encontrar a Dios. En cuanto a la catequesis, su tarea principal sería promover en los jóvenes el espacio de interpelación indispensable para que el problema de Dios pueda surgir algún día y la palabra “Dios” tenga un sentido. Se subestima la importancia del anuncio explícito de Dios y de la enseñanza religiosa propiamente dicha.” (2)

3. LA COMPLEMENTARIEDAD NECESARIA

El conflicto de las tendencias, del cual hemos señalado algunos puntos destacados y sobresalientes, sólo se comprende bien a la luz de la historia. Como suele ocurrir, un unilateralismo provoca otro. Una acentuación demasiado fuerte da origen a una reacción a ultranza en sentido opuesto. No se encuentra de golpe el punto de equilibrio. Lo mismo ocurre con el conflicto, hoy particularmente sensible, entre el “verticalismo” y el “horizontalismo”. La llamada tendencia “horizontalista” nació, en parte, como reacción legítima frente a un cristianismo “desencarnado”, de tipo “pietista”, demasiado olvidado de las implicaciones sociales del Evangelio. En cambio, asistimos hoy a la acentuación inversa que corre el riesgo, si no se equilibra, de poner en entredicho la especificidad misma del cristianismo.

Lo señaló bien Etienne Borne (La Croix, 13 de noviembre de 1976): “Lo grave es que el debate enfrenta no sólo cristianos a cristianos, sino un cristianismo a otro cristianismo”.

Hay que evitar un doble escollo: el de un cristianismo desencarnado y el de un cristianismo sin Cristo resucitado y viviente.

Ser cristiano es estar “injertado” en Jesucristo y al mismo tiempo en los acontecimientos del mundo. Es estar abierto a Dios en la apertura al mundo. Es ser a un tiempo hombre de oración y hombre de acción, fiel a Jesucristo, Hijo unigénito de Dios y hermano de los hombres.

Cada bautizado es por definición miembro del Cuerpo de Cristo, llamado a vivir en comunión con sus hermanos en la fe y también con sus hermanos en humanidad.

Instaurar la justicia es un deber fundamental del hombre. Pero esta justicia concierne a la vez a Dios y al prójimo.

Para ser justo, hay que respetar todos los derechos y dar a cada uno lo que se debe. Dios tiene derecho a nuestra adoración, a nuestra alabanza. “Realmente es justo y necesario, Padre santo, -decimos nosotros en el prefacio eucarístico-, darte gracias siempre y en todo lugar, por tu Hijo amado Jesucristo”. Y el Salvador mismo, al que recurrimos como mediador nuestro ante el Padre, ¿no se ha convertido en “nuestra justicia”, igual que se ha hecho “nuestra sabiduría” y “nuestra liberación”?

Hay que respetar la justicia tanto en lo que atañe a Dios como en lo que concierne a los hombres, indisolublemente. El pobre igual que el rico tienen derecho, en justicia cristiana, a ser alimentados con la Palabra de Dios. La orden de “buscad primero el reino de Dios y su justicia” abarca el cielo y la tierra.

Acusar a la ligera a los cristianos espirituales de pietismo y a los cristianos “sociales” de secularismo, es desconocer a los unos y a los otros. Ni verticalismo ni horizontalismo son términos adecuados. El Cristo crucificado tiene la mirada fija en el Padre que está en los cielos, y el corazón traspasado por el amor a los hombres. La cruz es vertical y horizontal, simultáneamente.
Estamos destinados a acoger íntegramente este misterio en nuestras vidas. El servicio de los hombres y la contemplación de Dios están unidos. No podemos aceptar la deserción del mundo en nombre de Dios, ni el abandono de Dios en nombre de los compromisos temporales. El falso misticismo desencarnado sólo puede dar lugar a una fe política sin referencia cristiana alguna. Nos jugamos nuestra verdadera identidad.

El ex arzobispo primado de la iglesia anglicana, Doctor M. Ramsey, después de haber descrito estos dos tipos de cristianos que a veces tienden a oponerse, les dirige una llamada patética para que superen esta oposición falaz, abriéndose los unos a los otros:

“El testimonio del cristiano activamente comprometido en lo social y en lo político, exige desesperadamente su complemento, que es el testimonio del cristiano en estado de oración y de contemplación”.

Nosotros no podemos menos de hacer nuestra esta enérgica llamada. Todo el objetivo de estas páginas está ahí. Cuando se está abriendo un túnel -yo pienso en el de San Gotardo que une Suiza e Italia- se comienzan los trabajos de aproximación por cada uno de los lados. Lo importante es que los dos grupos de trabajo se encuentren en un preciso punto de confluencia que, sólo él, une los dos países: Sucede lo mismo aquí. Tanto si se parte de Dios hacia los hombres, como si se parte de los hombres hacia Dios, lo importante es que el encuentro sea en un mismo lugar de comunicación. Se trata de abrir el camino de los hombres a Dios y el acceso de Dios a los hombres. Con esta diferencia: que la iniciativa viene de Dios y que es Él quien nos invita a la colaboración humana. Con este espíritu es como Dom Helder Cámara y yo hemos concebido este libro. El orden de los capítulos muestra claramente la unidad que lo ha inspirado: De Cara a Dios. Al servicio de los hombres. Apóstoles de Cristo. En el Corazón de la Ciudad.

CAPÍTULO I. DE CARA A DIOS

Dom Helder Cámara

EL DIOS DE LA CREACIÓN

La criatura humana, en proporciones distintas y con resultados muy diversificados, descubre habitualmente al Creador en el corazón de la creación. El cielo, el sol y las estrellas; el mar y los ríos; los montes y los valles hablan de una manera particular del Creador y del Maestro… Generalmente, la criatura humana se siente pequeña frente a la naturaleza, impresionante por su grandeza y su Fuerza. La selva, los animales -sobre todo los más fuertes-, la tempestad ayudan al hombre a pedir socorro y piedad al Ser Supremo, a quien no ve personalmente, pero cuya presencia y fuerza siguen siendo indiscutibles.

Cuando el cielo se cierra y la lluvia no cae; cuando los animales y las plantas se rarifican allí donde habitualmente encuentran su subsistencia, el hombre pide protección al Todopoderoso, a quien supone viviendo más allá de las nubes o de los montes más altos. Llega incluso el hombre, y solamente él, a la idea de matar, y de inmolar criaturas vivas, como si él mismo estuviese en ellas, ofreciendo su vida para granjearse la buena voluntad del Señor del universo.

El trueno y los relámpagos le parecen las manifestaciones de la cólera de su señor. Trata de interpretar el silencio, los vientos, y la marcha de los astros.
Casi siempre, en las agrupaciones humanas, algunos, hombres asumen el papel de lo sagrado y se presentan como los intérpretes privilegiados de parte del Altísimo, cuya voluntad tratan de discernir.

Por debajo del ser supremo, en diversas religiones del mundo, grupos humanos imploran a otros dioses menos poderosos, encargados, de manera particular, de ciertos campos o fuerzas de la creación. Ésta no es la visión cristiana, ni la del pueblo de Israel, cuya creencia en Dios prolonga y profundiza el cristianismo.

DIOS REVELA SU DESIGNIO DE SALVACIÓN

Entre los diversos pueblos, en virtud de una alianza especial querida por Dios, el pueblo judío fue elegido para ser un pueblo testigo, sobre todo en lo que respecta a la unicidad de Dios. Reconoce y proclama a un solo Señor y Maestro, a un Dios santísimo.

El Dios creador del mundo, en el que nosotros creemos, ha querido al hombre como “con-creador”. Encargó al hombre el sometimiento de la naturaleza y la terminación de la creación.

No contento con tener al hombre sumergido en Él –como la creación entera-, el Señor está en todas partes, en Él respiramos, actuamos y vivimos. El Señor, omnipresente en virtud de la creación, ha querido una alianza íntima y particular con el hombre.

No sólo ha querido dar al hombre el ser y la vida, sino también hacerlo entrar en la intimidad misma de su propia vida. Hizo con él una alianza nueva y definitiva.

EL DIOS DE LA ENCARNACIÓN

Para mantener al Pueblo testigo en su fe en el Dios único, Dios envió en otros tiempos patriarcas y profetas. Pero, en la plenitud y en el momento culminante de los tiempos, envió a su mismo Hijo, que se encarnó tomando en la Virgen María una naturaleza humana por obra del Espíritu Santo.

Dios se hizo hombre en Jesucristo.

Al venir así a nosotros, a vivir en nuestra tierra, Cristo nos trajo una revelación prodigiosa. Nos reveló que el Dios Todopoderoso y Altísimo, Padre de los hombres, ha querido que nos hiciésemos en Jesucristo -el Unigénito- hijos adoptivos, llamados a participar la misma vida de Dios.

El Hombre Dios, nuestro Hermano, ha querido -como su Padre por la creación- que terminásemos la redención lograda por Él. Nos quiere “correndentores” para acabar en nosotros y con nosotros la liberación del pecado y de sus consecuencias. El Espíritu Santo, finalmente, a imitación del Padre en relación a la creación y del Hijo respecto a la redención, quiere que colaboremos en su obra permanente de santificación. Desea que seamos, en cierto modo, instrumentos de “co-santificación”.

A nosotros, criaturas humanas, incumbe el deber de corresponder a estas iniciativas divinas que superan nuestros sueños más audaces.

En la medida en que somos conscientes de las riquezas de que estamos colmados, debemos hacer lo posible y lo imposible para servir, con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, como intérpretes de la naturaleza y como servidores de Dios.

El salmista nos enseña a prestar nuestra voz a la creación entera. A imitación de San Francisco de Asís, estamos invitados a cantar el Himno de las Criaturas y a aceptar nuestra vocación de “con-creadores”.

Sin juzgarnos mejores que nadie, pero actuando según las larguezas de Dios, debemos:

• Presentar al Señor nuestras angustias y nuestras necesidades en la hora de la aflicción, y abrirnos también a la alegría de adorar al Señor, gozosos de que El existe y de que es Dios.

• Esforzarnos, de una manera permanente por ensanchar nuestro corazón, por superar nuestro egoísmo, por extender nuestra comprensión, nuestro perdón y nuestra apertura al amor.

• Vivir de una manera muy concreta, el hoy del Señor en el lugar y en las circunstancias que Dios ha elegido para nosotros, tratar de ser, cada vez más peregrinos del Absoluto y ciudadanos de lo Eterno.

• Mirar con respeto y amor a cualquier criatura humana. Cualquiera que sea su lengua, su raza, su religión, el cristiano puede y debe pensar: “He aquí a un hermano o a una hermana”. Él puede y debe añadir: “Hermano o hermana de sangre”, dado que la misma sangre de Cristo ha sido derramada por nosotros dos como por todos los hombres.

LA ORACIÓN, LLAVE DE CONTACTO CON DIOS

Esta apertura y responsabilidad ante Dios se vive y se realiza en la oración, que nos pone en contacto directo con Dios, y nos une a Él. Sin oración, no hay corriente. No hay respiración cristiana.

Permítaseme añadir mi experiencia personal sobre el papel de la oración en la vida humana.

Fui ordenado sacerdote a la edad de veintidós años y medio, en 1931. Me encontraba en Fortaleza, una pequeña capital al nordeste del Brasil.

Desde esta época comprendí que, ante mi decisión de darme sin reserva a Dios y a mi prójimo, me sería absolutamente necesario consagrar espacio y tiempo a escuchar al Señor y a expresarle mis problemas. Sin esto, en poco tiempo me quedaría vacío, sin tener nada que ofrecer a mis hermanos y al Señor.

Desde entonces, me aprovecho de una facilidad que Dios me da: despertarme y poder dormirme después sin esfuerzo. Así, cada noche me despierto a las dos de la mañana y oro durante dos horas.

¡Que nadie se imagine que soy un gran penitente! No es un sacrificio para mí “velar y orar”. He descubierto que cometemos una enorme injusticia con nuestra alma si no le damos la ocasión de rehacerse, del mismo modo que, llegada la noche, concedemos reposo a nuestro cuerpo.

Hay reposos específicos para el espíritu: el contacto con la naturaleza, la música, la conversación con los amigos y, para quienes tienen el gozo de tener, fe, escuchar al Señor y hablarle.

Cuando me despierto, mi primer cuidado es rehacer en mí la unidad. Durante la jornada me disperso: mis ojos, mis brazos, mis piernas siguen direcciones distintas.

En estos momentos privilegiados de la noche trato de rehacer la unidad en mi vida, esta unidad que desde nuestro bautismo está en Cristo.

Una oración que acude a mi mente en estos momentos, con mucha frecuencia, es la del Cardenal Newman. Le gustaba decir (me refiero más al espíritu que a las palabras de esta oración): “¡Señor Jesús, no te quedes tan escondido dentro de mí! Mira por mis ojos; escucha por mis oídos; habla por mis labios; entrégate por mis manos; anda por mis pies… ¡Que mi pobre presencia humana recuerde al menos de lejos tu presencia divina!”

Una vez uno con Cristo, ¡qué alegría hablar a nuestro Padre en nombre de todos los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos…! Los dos hechos uno, adoramos a nuestro Padre (y me gusta recordar todo lo que mis ojos han visto de más bello en mi vida). Damos gracias a nuestro Padre. Pedimos perdón (y entonces me gusta decir: Señor, yo soy verdaderamente un embajador cualificado de la debilidad humana, porque todos los pecados que se han cometido, o bien los he cometido yo o podría cometerlos). Presentamos las peticiones de los hombres, nuestros hermanos…

En el momento de las peticiones, me gusta hacer ante Dios un balance de la jornada de ayer:

– Encontré a un trabajador en paro… Pienso en él, concretamente. Pero, aparte de él, pienso (pensamos) en todos los parados de hoy…

– Encontré a esta joven que se abre a la vida… Pienso en ella, pero, aparte de ella, están todos los jóvenes, sus problemas, sus esperanzas o sus penas.

Evidentemente, no olvido mi Breviario, (La Oración de las Horas). Y siempre la belleza y la plenitud de estos momentos vienen de la unidad con Cristo.

Esta vigilia, consagrada a la oración, me prepara para la celebración de la Eucaristía, cumbre de la jornada.

Y, por gracia del Señor, la Eucaristía abarca la jornada entera, porque todo, en mi simplicidad, se hace Ofertorio, Consagración, Comunión…

¡Os aseguro que, de esta manera, el Señor me da mil razones para vivir!

Permítaseme, además, evocar la alegría y la belleza de la oración comunitaria en nuestras comunidades de base.

Un bautismo celebrado en una comunidad de base es algo muy distinto de un acontecimiento social y familiar, que se reduce a veces a la elección de un padrino que pueda proteger al niño. En aquél está implicada toda la comunidad eclesial.

La comunidad entera se ha preparado para festejar la integración oficial de un nuevo miembro a la Iglesia y a la comunidad, que es la imagen viva de la Madre Iglesia.

Lo mismo sucede con los demás sacramentos. ¡Qué belleza y qué fuerza tiene una confirmación comunitaria, un matrimonio, una ordenación sacerdotal y hasta la ordenación de un obispo, celebradas en tales condiciones!

Para obtener celebraciones de este género hay que pagar un precio. Esto no se improvisa ni se reduce a formalidades. Pero, cuando se está ante verdaderas celebraciones comunitarias, se reviven verdaderamente los primeros tiempos de la Iglesia, y uno se acerca al ideal que se nos escapaba: ser un solo corazón y una sola alma en Cristo.

El cristiano, según su dimensión religiosa, es el cristiano en su puesto, uno con Cristo, abierto en Él y por Él a toda la vida humana; es el cristiano hermano universal de los hombres que gusta dar a la oración, visiblemente y en grupo, la dimensión comunitaria.

He tratado de expresar esto, a través de unas pobres y sencillas palabras, bajo la forma de esta oración:

“Muy pobre permanecerás en tanto no hayas descubierto que no es con los ojos abiertos como ves mejor. Seguirás siendo muy ingenuo mientras no aprendas que, cerrados los labios, hay silencios mucho más ricos que la profusión de las palabras. Muy torpe seguirás siendo hasta que no comprendas que, juntas las manos, puedes actuar mucho mejor que agitándolas pues, sin querer puedes herir.”

Cardenal Suenens

“Formar un solo ser con Cristo”: tal es -Dom Helder nos lo acaba de recordar- la aspiración que suscita la vocación contemplativa del cristiano.

Quisiera decir, por mi parte, lo que esto implica hoy para el que desea ser discípulo auténtico del Señor.

1. EL CRISTIANISMO ES JESUCRISTO

El drama religioso de nuestro tiempo no consiste ante todo en la escasez de las vocaciones religiosas o sacerdotales, ni en el retroceso de la práctica dominical. El verdadero drama está en que el rostro de Jesús se ha desdibujado en el alma de los cristianos.

Con mucha frecuencia, el cristianismo es presentado al mundo como una ideología, una sabiduría de vida, una opción de valores. El cristianismo aparece como un “ismo” privilegiado, entre otros. Urge decir de nuevo a los cristianos que el cristianismo es Jesucristo. Persona única e inefable, de naturaleza divina y humana a la vez, que está en el corazón del pasado, del presente y del futuro, de la creación y del mundo.

“En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis” (Jn 1, 26): esta proclamación de Juan el Bautista vale tanto para nuestros contemporáneos, como para los discípulos del Precursor. Nuestra generación debe reencontrar a Jesucristo en persona, como los discípulos de Emaús la tarde de Pascua, y reconocer su presencia, sus múltiples modos de presencia entre nosotros.

La situación sociológica del cristianismo ha cambiado. Ya no es una herencia que se trasmite de padre a hijo; ya no está integrado en el ambiente de la vida cotidiana, pues aquí se le niega o se le pone en entredicho. Ya no está de moda el ser cristiano.

En lo sucesivo, más aún que en el pasado, el niño bautizado en las primeras semanas debe asumir un día, con plena conciencia, los compromisos cristianos que, en su primera edad, se contrajeron en su nombre. En el umbral de la edad adulta tendrá que descubrir a Jesús personalmente. Tendrá que pasar por una actualización bautismal “en el Espíritu y en el fuego”. En plena lucidez, tendrá que dejarse transformar por el Espíritu en un cristiano viviente, responsable de su fe, que sabe traducirla en la propia vida y en el corazón del mundo.

Situación nueva, que exige que se defina, de distinta forma, nuestra singularidad cristiana.

2. LA ESPECIFIDAD CRISTIANA

Hoy se intenta responder claramente a estas preguntas: ¿qué añade realmente el cristianismo a una vida humana honesta y generosa? ¿En qué se diferencia un cristiano de un hombre que ame verdaderamente a su prójimo? ¿Qué significan frases como las que acabamos de decir: “ser uno en Cristo”, “rehacer la unidad en Cristo?” Y ¿qué quería decir San Pablo cuando exclamaba: “Para mí, vivir es Jesucristo’?” (Flp 1,2 1) ¿Es puro lirismo o es la expresión de una fe vivida?

No habrá renovación espiritual en la Iglesia mientras que el bautizado no comprenda y acepte las exigencias de su bautismo: mientras no haya adaptado su vida a él. Es Jesucristo quien define nuestra especificidad y no nosotros: La norma no es una honradez media, que se obtiene estadísticamente viendo cómo vive la mayoría de los cristianos. Para definir esta norma, hay que responder a la pregunta: ¿Qué espera el Señor de aquellos a quienes llama en su seguimiento, y cómo comprendieron su vocación los primeros cristianos?

Los Hechos de los Apóstoles nos dan la respuesta.

3. EL CRISTIANISMO NORMATIVO

Los Hechos nos describen algunos rasgos del comportamiento “normal” de los primeros cristianos. “Los discípulos, -se lee-, eran asiduos a la enseñanza de los Apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a la oración” (Hch 2, 42). La imagen la tenemos en las comunidades apostólicas, fraternales, eucarísticas, espirituales.

Se ve aquí al cristiano viviendo una relación filial con Dios expresada por la oración común y, especialmente, por la celebración eucarística dominical. Vive también en comunión fraterna con sus hermanos; comunión fundada a la vez en el acuerdo de los espíritus y en la solicitud por los más pobres, que llega hasta poner los bienes en común.

La línea relacional vertical le orienta hacia Dios-Padre en un impulso de adoración, de reconocimiento y de imploración. La línea relacional horizontal le abre a los demás y a sus necesidades. El compartir fraternal que reina entre ellos asombra a los observadores por la intensidad de la caridad: “¡Mirad cómo se aman!”

El resurgimiento de nuestra autenticidad cristiana comprende también estas dos dimensiones.

Para medir el alejamiento de la vida cristiana “normal” -en sentido de “normativa”- es preciso, digámoslo otra vez, hacerse la pregunta inicial: ¿qué espera Jesús de sus discípulos? Tenemos tendencia a definir el cristiano en función de ritos, de prácticas, o de ciertas actividades morales. Pero, ¿es eso todo el cristianismo? ¿Es incluso su primera señal? La imagen que nos ofrecen el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles es muy diferente: El mismo nombre de “cristianos”, que por primera vez se dio a los discípulos en Antioquía, revela una relación fundamental y particular con Jesucristo, el Resucitado.

No es posible engañarse sobre su identidad:

• el cristiano es alguien que entró en relación personal y viviente con Jesús, reconocido como su Salvador y como su Señor;

• no está aislado: se comporta como miembro del Cuerpo de Cristo por su inserción en una comunidad eclesial local;

• se sabe llamado, por orden del Maestro, a dar frutos, tanto por la evangelización como por el servicio a los hombres.

Tal es el cristiano “normal”, original, adulto. Habiendo decidido seguir al Maestro, ha aceptado pagar el precio de la Fidelidad hasta el testimonio supremo, incluso el martirio.

4. PARA Mí, VIVIR ES JESUCRISTO

Hablando en rigor, se debe reconocer que sólo hay un cristiano completo: Cristo mismo. Pero tenemos que dejarle y transformar nuestras vidas, recibiendo de su plenitud.

“Para mí, vivir es Jesucristo”. ¿Qué es esto, sino que el cristiano es un hombre desposeído de sí mismo y poseído por Cristo en su vida concreta, a todos los niveles?

Vivir es ver, amar, hablar, moverse.

Vivir en Jesucristo es ver con sus ojos, amar con su corazón, hablar con sus labios y poner nuestros pasos en sus huellas.

No tenemos que detallar las exigencias religiosas del cristianismo. Señalaremos aquí sencillamente lo que caracteriza la singularidad cristiana en el servicio de nuestros hermanos.

El cristiano reconoce la nobleza del servicio, de la solidaridad, de la filantropía humana; pero se sabe y se siente llamado a vivirlos en comunión con Aquél que nos amó y se entregó por nosotros. La exigencia cristiana pide que vayamos a nuestros hermanos con el amor mismo de Jesucristo. Periódicamente, la Iglesia nos vuelve a poner ante los ojos, en la liturgia, las palabras del profeta Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo, y pondré en vosotros un espíritu nuevo; os arrancaré ese corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi Espíritu” (Ez 36,26-27).

5. AMAR CON EL CORAZÓN DE CRISTO

Dios cambiará nuestro corazón de piedra, para hacernos amar a los demás con su corazón. ¡Revolución fundamental y cambio radical! Humanamente hablando, yo no soy capaz de amar a muchas personas fuera del estrecho círculo de mi familia y de mis amigos. El corazón humano es demasiado débil para palpitar al unísono de las angustias humanas. Se sofoca enseguida, sobre todo cuando se trata de amar verdaderamente a personas poco simpáticas, y con mayor razón a gentes que nos son hostiles. Nuestro impulso se detiene en seco, al primer obstáculo.

Sin embargo, el cristianismo se vive verdaderamente, en toda su belleza, cuando amamos a nuestros hermanos, no sólo con nuestro pobre corazón, sino con el corazón mismo de Dios. Los hombres, con justo título, no han de ser amados por amor a Dios, como de soslayo, indirectamente, de cualquier forma.

Se trata de amarlos con el mismo amor de Dios. Ahí se opera la metamorfosis, que va más allá de la estrechez, de la reticencia y de la discriminación.

Haciéndome eco de las palabras de Newman, que Dom Helder evocaba, quisiera terminar esta página sobre nuestra identificación con Jesucristo con estas emocionantes líneas de Annie Johnson Flint;

Cristo sólo tiene nuestras manos
para hacer su trabajo de hoy;
sólo tiene nuestros pies
para hacer que los hombres vayan por su camino;
sólo dispone de nuestra lengua
para contar a los hombres cómo murió,
y no tiene más ayuda que la nuestra para llevarlos a su corazón.

Somos la única Biblia
que leerá un mundo despreocupado.
Somos el evangelio del pecador, el credo del burlón,
el supremo mensaje del Señor,
que se expresa en obras y en palabras.

Pero ¿qué ocurrirá si nuestro camino es tortuoso,
si nuestra imagen está enturbiada,
si nuestras manos están ocupadas
por tareas que no son las suyas,
si nuestros pies nos conducen
al atractivo del pecado,
si nuestras lenguas hablan
cosas indignas de sus labios?
¿Cómo hemos de esperar poder ayudarle
si no entramos en su escuela? (3)

CAPÍTULO II. AL SERVICIO DEL HOMBRE

Cardenal Suenens

1. EL CRISTIANO Y SU SOLIDARIDAD HUMANA

No se puede ser cristiano en una estancia cerrada, a título personal. Todo bautizado debe asumir las consecuencias sociales de su fe cristiana. Ésta le compromete en una red de relaciones y deberes que se van extendiendo, por círculos concéntricos, imponiéndole opciones y rechazos en el plano familiar, profesional, económico, civil y político.

Incluso, la vida contemplativa, bajo las formas más radicales, no puede ser una fuga, sino, por el contrario, un caminar que quiere unir las profundidades de la existencia humana y cristiana.

El cristiano no puede aislarse del mundo ni huir al desierto. Cada uno debe tomar parte activa, según su vocación personal, en el trabajo de la humanización del mundo, por muy exigente que sea.

No se trata para él de elegir entre la fe y las obras, ni de yuxtaponer la fe y las obras. Se trata de poner la fe en acción. Cuando se subraya la importancia del deber social, bueno es señalar que todo lo que favorezca las mejores relaciones entre los hombres, todo lo que ponga en práctica su fraternidad, ya es acción social, aún cuando no se encarne en proyectos determinados.

Para tomar mejor conciencia de lo que representa la irradiación social de los cristianos, en grupos o individualmente, es indispensable extender la mirada a todo el campo abarcado por el término “social”, y no restringir éste a una de sus manifestaciones o expresiones.

Jorge Gurvitch propuso una clasificación sencilla, que ayuda a poner un poco de orden en esta materia. Distingue:

a) el plano de las sociedades globales, es decir, el de los conjuntos sociales bastante completos para cubrir todas las necesidades de sus miembros, por ejemplo, un país o un grupo de países;

b) el plano de las agrupaciones parciales, como la familia, los grupos de parentesco, las asociaciones voluntarias, las clases sociales;

c) y finalmente, las múltiples formas de lazos sociales, a saber, las diversas relaciones que se establecen entre los miembros de una comunidad humana. (4)

Son numerosos, en efecto, los valores de la sociabilidad que son útiles, incluso necesarios, para una viabilidad real de los grupos menores, y hasta de las colectividades más importantes. El “problema de la incomunicación” es uno de los más graves de nuestra época. Se le estudia en todos los ambientes y se procura ponerle remedio en todos los grupos humanos: parejas, familias, comercios, fábricas, órganos directivos, etc. Y no es un cambio de estructura global lo único que podría dar una solución concreta a las dificultades de cada grupo.

Sucede que se reserva la etiqueta “social” únicamente para proyectos determinados, para reformas que tienen por objeto la transformación de las estructuras de la sociedad. El término “social” tiene una extensión más amplia y desborda de hecho este sentido restringido.

Hablando del impacto social de la vida teologal, monseñor A. Dondeyne escribía:

“A este respecto, el lenguaje paulino es de una fuerza reveladora impresionante. Para describir lo que la fe en Cristo realiza en el mundo, San Pablo habla de “una nueva creación”; de la aparición de un “hombre nuevo creado según Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad”; y también de una participación en la manera de ser de Cristo resucitado por la acción del Espíritu. Los frutos del Espíritu son, escribe: amor, alegría, paz; longanimidad, benignidad, bondad; confianza en los demás… (Ga 5, 22-23).

Como se ve, lo que la fe vivida realiza no es una huída del mundo. Tampoco hace del cristianismo un superhombre, un ser excepcional, sustraído a la condición humana del común de los mortales. Lo que ella engendra es una cualidad existencial que transfigura la existencia humana de cada día -subrayamos- en el sentido de una mayor apertura, de una mayor verdad y veracidad, de bondad y de justicia, de libertad y de responsabilidad.” (5)

Estos valores de sociabilidad aparecen claramente dentro de una celebración litúrgica verdaderamente auténtica, o de un grupo de oración, que fundamentan un espacio de libertad, de confianza mutua, de gratuidad. Las relaciones interpersonales alcanzan allí un nivel más profundo de comunión gracias a una apertura común al Espíritu del Dios vivo. El hecho de que cada miembro del grupo esté llamado a contribuir por su parte a la oración y a la edificación del conjunto -en el sentido paulino de la palabra- tiende a crear una comunidad de intensa participación. Es ésta una experiencia social de gran significación que no puede dejar de producir impacto sobre las demás relaciones humanas, por ejemplo, en el plano económico. La primera comunidad cristiana ofrece un notable ejemplo de ello. La Escritura nos dice:

“Y todos los que habían abrazado la fe vivían unidos, y tenían todas las cosas en común; y vendían las posesiones y los bienes, y lo repartían entre todos, según que cada cual tenía necesidad.” (Hch 2, 44-45…)

Se podrían señalar otros ejemplos a lo largo de la historia de la Iglesia donde las experiencias carismáticas desembocan en el terreno sociopolítico. Recordemos, en nuestro siglo, los nombres de Teresa de Calcuta, Martín Lutero King, César Chávez, Jean Vanier -y en el mundo no cristiano, a Gandhi- para testimoniar que la oración privada y colectiva puede ser una poderosa inspiración e impulso a la acción, exorcizando y purificando a ésta de todo resabio de odio, de orgullo y de violencia.

La Renovación Carismática, que apela al radicalismo evangélico, a la complementariedad de los carismas y al servicio mutuo, es ya, por esta razón, agente de transformación de la vida social. Pero la fe vivida conducirá con toda espontaneidad también a asumir iniciativas sociales tan variadas como los infortunios humanos.

Un libro reciente (6) ofrece una amplia gama de acciones sociales concretas, al alcance de la mano, en favor de los minusválidos, presos, drogadictos, ancianos, enfermos mentales y marginados de todo tipo, hasta las grandes acciones colectivas en pro de una sociedad más justa, una libertad mejor asegurada y un ambiente más sano.

En esta misma perspectiva, hay que subrayar el papel social que juegan, dentro de la Renovación y en otros sectores, las comunidades de vida en las que el compartir total o parcialmente los bienes resucita ante nuestros ojos la imagen de las comunidades primitivas. Lo social anclado en lo religioso, era el modo como nuestros monasterios eran en otros tiempos los lugares en que el trabajo y la oración se asociaban estrechamente, en perfecto maridaje entre la liturgia y el trabajo del campo.

El compromiso social, hay que decirlo, no es simplemente un deber moral añadido, pues forma cuerpo con la evangelización. Justamente en nombre de su conciencia evangélica la Iglesia se compromete con todo lo que hace al hombre más humano, con lo que le libera para su plenitud verdadera. El Sínodo de los obispos de 1971 lo ha vuelto a decir con esta frase clave:

“El combate por la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presentan plenamente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, que es la misión de la Iglesia, para la redención de la humanidad y su liberación de toda situación opresiva”.

2. EVANGELIZACIÓN Y “HUMANIZACIÓN”

Si es importante unir evangelización y humanización, hay que evitar, sin embargo, el plantear la humanización en cuanto tal, como exigencia previa a la evangelización bajo la cobertura del falso principio: “Primero hay que humanizar, después evangelizar”. Lo cual vendría a significar que primero hay que salvar al hombre de sus alienaciones para, después -solamente después- anunciarle la Buena Nueva del Evangelio. La fórmula es peligrosa porque implica la suspensión -¿provisional?- del deber de anunciar a Cristo al mundo.

Incluso cuestiona el sentido mismo de la vida apostólica o misionera de la Iglesia, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Lo rechazable en la fórmula: “Humanizar primero y evangelizar después”, es la palabra “primero”, es decir, el orden de sucesión y de prioridad.

Hay que ocuparse simultáneamente de los dos deberes. Afirmar: esto “primero” y esto “después—, implicaría un divorcio entre la evangelización y la humanización, siendo así, por el contrario, que se implican mutuamente.

Hay que dar a los hombres a la vez medios y razones para vivir. Uno de estos deberes no exime del otro. Como escribiría muy acertadamente el Padre Chenu O.P.: “La evangelización es de un orden distinto al de la civilización. Alimentar a los hombres no es, de suyo salvarlos, incluso si mi salvación me impone alimentarlos. Promover la cultura no es, en modo alguno, convertir a la fe”.

Por otra parte, Cristo no es solamente “vida del alma”. Él quiere dar vida al hombre integral. Nada cae fuera de su dominio, ya sea la vida familiar o profesional, cívica o económica, nacional o internacional, o las diversiones, la prensa, la radio, la televisión o el empleo de la energía nuclear.

Restringir el cristianismo a unas cuantas prácticas de piedad, por importantes que sean, es destruirlo, Se comprende que, al contemplar ciertas vidas cristianas atrofiadas y esclerotizadas, el incrédulo nos acuse de despreciar o de minimizar el esfuerzo humano o la justicia social. No es al cristianismo al que debe atacar, sino al cristiano que traiciona su fe y pregona abusivamente su vinculación a ella.

No se es cristiano solamente los domingos, en la iglesia. Hay que serlo a lo largo de la semana y de la jornada, mediante la práctica de todos los mandamientos, que no se reducen ni al primero ni al sexto. Hay que incluirlos todos e introducirlo todo el Evangelio en toda la vida.

3. EL PECADO DE OMISIÓN

También se desconoce el cristianismo verdadero cuando se le reduce al aspecto negativo de la ley: “no mentirás, no maldecirás, no robarás…” Porque, aparte del mal que hay que evitar, existe el inmenso bien que hay que hacer. No basta con una buena conciencia negativa. Hay omisiones culpables y delitos por falta de amor.

Si, en el momento del triunfo de la economía los cristianos hubiesen tenido una conciencia viva de sus deberes sociales positivos ante la “miseria inmerecida” (la expresión es de León XIII), la cuestión no se hubiera planteado de manera tan dramática.

Y si, todavía ayer, el comunismo naciente hubiese hallado ante sí a cristianos consecuentes, la historia contemporánea hubiera tomado indudablemente otro rumbo. El escritor ortodoxo N. Berdiaev escribía hace algún tiempo estas líneas punzantes: “El bolchevismo tomó cuerpo en Rusia y venció allí porque yo soy lo que soy, porque no había en mí una verdadera fuerza espiritual, esa fuerza de la fe capaz de trasladar montañas. El bolchevismo es mi pecado, mi culpa. Es una prueba que se me ha inflingido. Los sufrimientos que me ha causado el bolchevismo son la expiación de mi culpa, de mi pecado, de nuestra culpa común y de nuestro pecado común. Todos son responsables de todos.” (7)

Lejos de invitar a desertar del mundo, el cristianismo impone a cada bautizado el deber de participar, según su capacidad, en las iniciativas del progreso. Por respeto a su bautismo, debe luchar, en la medida de sus fuerzas y de su competencia, contra la miseria y la pobreza, el desempleo y la enfermedad, las injusticias sociales o radicales, y trabajar para que se alcance una sociedad que favorezca la plenitud de la persona humana.

4. OTRO MUNDO Y UN MUNDO DISTINTO

Pero el compromiso del cristiano en lo temporal e histórico, no es solamente un deber impuesto por las urgencias y las tribulaciones del mundo, sino que forma parte integrante de su relación con Dios, es decir, del objetivo teológico y escatológico de su fe y de su oración.

Como escribía el P. Tillard, O, P.: “En el Evangelio une Jesús el anuncio del Reino al cumplimento de signos que son gestos en contra de lo que oprime al hombre y ensombrece existencia en este mundo. Correr la cortina de los sufrimientos, derribar las murallas del odio, hacer posible en este mundo un poco más de justicia y de paz, en una palabra, trabajar por el “auténtico crecimiento del hombre”, en el sentido de su dignidad, es objetivamente servir a Dios, instaurar el Reino en el que ahora -hasta el día en que “lo entregue a Dios su padre”- Jesús es el Señor. Incluso si en este servicio no se ha pronunciado aún el nombre del Dios Jesucristo.

Porque esta acción se cumple ante Dios, en comunión con su voluntad de que el mundo sea distinto. Con ella no se busca primordialmente la reacción de los hombres, aunque ellos sean sus beneficiarios. En efecto, el objetivo no es ganar en primer lugar al otro haciéndole caer en la sospecha de Dios o del Reino. Lo que se pretende en primer término es obedecer la voluntad del Señor sobre este mundo Y lo mismo que la voluntad de Dios en relación con este mundo distinto está intrínsicamente unida a su voluntad en relación con el otro mundo, así también la acción del cristiano respecto a este mundo quiere abrirse a un testimonio que da de Cristo y de su Padre.

Sin embargo, aquella acción en su intención primera trata de ser una colaboración en la transformación de esta tierra para ponerla en armonía con el ya del Reino que en ella está sembrado. Es, repitámoslo, un compromiso ante Dios”. (8)

Un emocionante testimonio de cristianismo, a la vez religioso y social, lo dio en su día William Booth, el fundador del Ejército de Salvación. Estas palabras fueron en cierto sentido su testamento espiritual: Helas aquí:

“Mientras haya mujeres que lloren, como ocurre hoy, yo combatiré. Mientras haya niños pequeños con hambre, como sucede hoy, yo combatiré. Mientras vaya el hombre a la cárcel,yo combatiré. Mientas quede un solo borracho, yo combatiré. Mientras por las calles quede una sola muchacha pobre, yo combatiré. Mientras haya un alma privada de la luz de Dios, yo combatiré. ¡Y combatiré hasta el fin!” (9)

5. ESPÍRITU SANTO Y COMPROMISO SOCIAL

La Escritura y la Tradición de la Iglesia dan testimonio de ello. La acción del Espíritu Santo en nosotros es lo que garantiza la autenticidad de nuestra relación con Dios. Poder de comunión, es Él el que asegura la unidad de la obra de Dios, a la vez Creador y Padre.

Tal es el significado de esta invocación que la liturgia de la Iglesia pone frecuentemente en nuestro labios: “Envía tu Espíritu y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra”. Estas palabras son profundas y deben sopesarse. Cuando miramos la faz de la tierra, ¿cómo no sentirnos sobrecogidos de temor y hasta de desesperación? ¿Adónde vamos? ¿Qué le pasará mañana a esta humanidad si algún irresponsable aunque sea por inadvertencia, pulsa un botón que podría sumir al mundo en una explosión nuclear apocalíptica? ¿Qué ocurrirá cuando la ciencia pueda manipular al hombre a su antojo desde antes de su nacimiento y en todas sus etapas, hasta la muerte? ¿Cómo se comportará el hombre cuando el poder político disponga de medios excepcionalmente eficaces para influir en la opinión y en el comportamiento de las poblaciones?

Hoy más que nunca, los cristianos deben aprender la verdadera libertad, mediante una disponibilidad renovada al Espíritu Santo. Deben estar presentes de manera activa para afrontar los problemas que ponen en juego la vida de los hombres y de la civilización. Tienen que entrar en el Cenáculo para dejarse cubrir –en la oración- por su sombra vivificante, después tendrán que salir, llegar hasta la plaza pública, y dar testimonio con seguridad humilde y fraterna.

6. EL ESPÍRITU Y SUS CARISMAS

El cristiano tiene necesidad del Espíritu, de sus dones, de sus carismas, no sólo para su vida espiritual privada, sino también para contribuir a la curación de los males de la sociedad. Estos también han de ser discernidos por el don de sabiduría y sometidos al poder de sanación del Único Salvador del mundo. El cristiano “social”, lo mismo que el cristiano “carismático”, necesita entregarse a la acción del Espíritu Santo para que a través de su colaboración humana y técnica pueda realizarse en profundidad la renovación del mundo.

El Espíritu santificador es el mismo que el Espíritu creador. Por eso, el Espíritu respeta nuestra condición humana, la valora y la refuerza. No invalida el juego de los factores humanos, al contrario, acentúa su autonomía. Pero los “sobredetermina” y hace de ellos signos eficaces del poder y de la bondad de Dios.

Estamos destinados a ser hijos de Dios por adopción. El Espíritu Santo quiere al hombre en su integridad humana; incluso lo lleva más allá no sólo de sus capacidades nativas, sino también más allá de sus sueños audaces. Nos llama y nos introduce en el misterio trinitario. Ni más ni menos. “Nuestro programa social es la Trinidad”, decía en el siglo pasado N. Fedorov. (10)

Tenemos que ampliar el horizonte y la audacia de nuestra fe en el Espíritu Santo.

“El Espíritu Santo, se ha dicho, alcanza la articulación de lo que, en nosotros, es interior y exterior, espíritu y carne, palabra y silencio, antiguo y nuevo, muerte y vida, ordinario y extraordinario, carisma e institución, individual y colectivo, etc. Ordena constantemente los dos términos, el uno al otro, en una reciprocidad que confiere a la criatura el ser imagen, semejante a su Creador. El Espíritu actúa en el hombre en la conexión unificante de su complejidad viviente” (11)

Se desbloquearía igualmente, creo yo, la tensión entre lo “carismático” y lo “social” si se comprendiese la profundidad y la amplitud de la acción del Espíritu Santo, y si la teología de los carismas desbordase y corrigiese interpretaciones exegéticas, demasiado estrechas y restrictivas.

Sin el Espíritu Santo y sus carismas no hay Iglesia. Los carismas pertenecen a su misma naturaleza de “Sacramento universal de la salvación” (12), y son igualmente constitutivos de la vida cristiana en su expresión tanto individual como comunitaria.

Ningún grupo de movimiento en la Iglesia puede pretender, por consiguiente, monopolizar para sí el Espíritu y sus carismas.

Los “carismas” de los que trata san Pablo, sin que, por lo demás, pretenda dar una lista exhaustiva, no se reducen a manifestaciones “extraordinarias”, pues se manifiestan en toda la vida de la Iglesia. El Apóstol habla de ellos como de experiencias importantes de la vida eclesial; pero no por ello constituyen el fundamento de su teología sobre el Espíritu Santo.

Los carismas del Espíritu son innumerables. Gracias a ellos cada miembro de la Iglesia está al servicio del Cuerpo entero. Los carismas son esencialmente funciones ministeriales orientadas a la edificación del Cuerpo y al servicio del mundo. En cada cristiano, el Espíritu se manifiesta mediante una función ministerial de servicio. Ningún cristiano carece de algún ministerio en y para la Iglesia y el mundo.

7. LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO

La acción del Espíritu, por interior que sea, tiende a la fecundidad exterior.

El Espíritu da frutos. ¿Qué significa esto? “La noción etimológica de fruto, en la Escritura, -escribe M. Ledrus-, responde a la de producto más bien que a la de fruición y de gozo. El concepto de fruto procede, de hecho, de la unión apostólica fructuosa más bien que de unión contemplativa, fruitiva… El fruto del Espíritu Santo es un fruto de carácter espiritual más que un fruto simplemente gustado.” (13)

En este sentido, el “fruto” comporta, en primer lugar, una fructificación interior abundante de vida teologal, pero también una repercusión un brillo social, una fructificación visible a nuestro alrededor, en el mundo: Esta fructificación es como una “epifanía divina en la sociedad cristiana”. Aquí, como en todas partes, la existencia cristiana aparece, cuando es auténtica, sobreabundante en interioridad, y floreciendo siempre en la sociedad humana.

8. LA MlSERIA DEL MUNDO A LA LUZ DEL ESPÍRITU

Todo cristiano debe saber que las miserias del mundo no sólo se explican por el juego de los hombres, por el enfrentamiento de los intereses opuestos, sino también porque las fuerzas del mal toman en ello una parte misteriosamente activa y el poder del Príncipe de las tinieblas no es una frase vacía. Tampoco puede ignorar, so pena de irrealismo, la herida que el pecado original inflingió a la humanidad. Es preciso luchar por un mundo mejor, utilizando las armas del Espíritu enumeradas ya por san Pablo, y analizando los males de la sociedad a la luz del Espíritu Santo, el cual conducirá al cristiano a las fuentes mismas del mal, es decir, a la influencia» del pecado. Porque el mal último que nosotros sufrimos, hay que atreverse a decirlo, no está en las instituciones, ni en las cosas; está en nosotros, en nuestra voluntad, en nuestra alma. Este mal interior y profundo engendra los abusos sociales que renacen sin cesar bajo todos los regímenes. Si no se ataca, podrán desplazarse las injusticias, cambiarse de campo, pero no se suprimirán.

Jamás se dirá suficientemente hasta qué punto el pecado es, por sí mismo, antisocial. Quebranta disimuladamente los lazos fraternos y compromete la humanización del mundo. La fe nos dice, además, que quebranta el Cuerpo místico de Cristo en toda su entidad, y que todo el pecado refuerza misteriosamente la influencia de Satanás en el mundo. El drama del mundo tiene raíces en su drama espiritual cuyo teatro no es otro que la conciencia de los hombres. Este drama termina siempre escribiéndose en los hechos. El pecado, que se describe como ausencia de ser, sacude al mundo hasta sus cimientos, mientras que la gracia de Dios lo regenera y lo lleva a su mayor perfección individual y comunitaria.

Gracias a la fe, sabemos que solamente el nombre de Jesús puede, en última instancia ser verdaderamente portador de salvación. Sin él, quedamos en la superficie de las cosas. Existe una manera cristiana de trabajar por la promoción humana, trátese de educación, de salud o de desarrollo del tercer mundo. Esto no excluye en nada la colaboración que el cristiano debe, hacer con sus hermanos los hombres, especialmente en una sociedad pluralista como la nuestra. No se trata de encerrar al cristiano en ghetos, sino que debe saber que se halla siempre y en todas partes, por el hecho de su bautismo, bajo el impulso del Espíritu. Cualquiera que sea el problema con que se enfrente, debe optar por creer que la sabiduría y el poder del Espíritu pueden iluminarlo y guiarlo.

El Espíritu Santo en nosotros es semejante a un faro que, en nuestra noche, proyecta su luz sobre la costa y nos revela los peligros secretos, los arrecifes ocultos. Nos ayuda a discernir mejor todo lo que es inhumano en la sociedad que nos rodea. Nos fuerza a comprender que el conformismo social oculta abismos de cobardía, de respeto humano y de miedo. Nos revela los falsos dioses de nuestro tiempo y denuncia nuestras idolatrías sucesivas. Los ídolos de hoy no se llaman Baal o Astarté; se llaman la sociedad de lucro y de consumo, o también, la sociedad permisiva, entregada a las fluctuaciones de cada día. Se les rinde culto cada vez que se acepta, “para evitar lo peor”, dictaduras inhumanas, guerras injustas, discriminaciones raciales. En otro tiempo, morían los cristianos por haber negado algunos granos de incienso a los ídolos. El César de hoy no lleva generalmente un nombre propio; su nombre es el ambiente general de nuestro tiempo, el ambiente contaminado que nos envuelve…

Es necesario, a la vez, conservar en el corazón una viva esperanza que nos lleve a la gloria de Dios y a trabajar en este mundo con todas nuestras energías, para hacer más habitable la tierra de los hombres. La visión del futuro debe hacernos valorar el presente, sin rebajarlo. Cada esfuerzo de promoción humana tiene su precio, y es ya como una anticipación “de esos cielos nuevos y de esa tierra nueva” que se preparan. Hay que estar, a la vez, con la mirada puesta en el más allá, que rebasa todos nuestros sueños, y sinceramente comprometidos en el hoy de Dios, en el corazón del mundo.
Porque es “creador de vida” y poder de comunión, el Espíritu Santo nos orienta hacia lo concreto y lo vivencial, hacia nuestra relación filial con Dios, y hacia nuestra relación fraternal con todos los hombres.

Es esta realidad concreta, a la vez grandiosa y dramática, la que Dom Helder Cámara nos invita a encontrar en las páginas que siguen.

NOTAS:

(1) L. J. Cardenal SUENENS. La Iglesia en estado de misión. Desclée de Br. Bilbao, 1955.
(2) A. DONDEYNE – R. GUELLUY – A. LEONARD, Comment s’articulent amour de Die et amour des hommes?, Revue Théologique de Louvain 4 (1973) 4
(3) Citado en Vocation et Victoire. Recueil d’hommage et de reconnaissance à Erick Wickberg, edit. Brunnen et Cie., Basilea
(4) cf. G. GURVITCH. La vocation actuelle de la sociologie. Vol I
(5) A. DONDEYNE – R. GUELLUY – A. LEONARD, Comment s’articulent amour de Dieu et amour des homes. Revue Theologique de Louvain 4 (1973).
(6) cf. Sh. MACMANUS FAHEY, Charismatic social action. Paulist Press. Nueva York, 1977
(7) N. BERDIAEFF, Un nouveau Moyen Age, Paris. 1930, pp. 186-187
(8) J. M. TILLARD, Vie religieuse “active” et insertion dans le monde du travail, en Vie Consacrée 49 (1977) 266. Una obra reciente del mismo autor lleva este título significativo, Devant Dieu et pour le monde, du Cerf. París, 1974.
(9) W. BOOTH, Soldats san fusils, p 47
(10) Citado por Oliver Clement en Le Monde, 16-17 de Julio, 1978.
(11) A. DEMOUSTIER, S.J. , L’intervention de l’Esprit Saint. Christus nº 93 (1977) 114
(12) cf. Lumen Gentium, nº 1
(13) M. LEDRUS. Fruits du Saint-Esprit, La Vie Spirituelle (1947) 717.